El idealismo concreto de Octavio Paz

El siguiente ensayo propone una lectura de las ideas políticas y religiosas del Nobel de literatura a partir de la creación poética.
Octavio Paz, secretario de una escuela secundaria.
Octavio Paz, secretario de una escuela secundaria. (Milenio Archivo/Fotoarte de Luis Morales)

México


La dialéctica o la unción

El pensamiento de Octavio Paz acerca de la muerte está esparcido a lo largo de toda su obra: desde sus ensayos donde hurga el sentido mexicano del culto a los muertos hasta sus Vislumbres de la India; desde las nostalgias de Villaurrutia hasta la Muerte sin fin de Gorostiza; desde el ser–para–la–muerte de Heidegger hasta el dolor místico y gozoso de Juana de Asbaje; desde el Cementerio marino de Valéry hasta la incomprensión ante la Amada inmóvil de Amado Nervo. La muerte —como el tiempo, la fugacidad, el amor, la intermitencia del ser o la libertad— es uno de los temas esenciales que animaron su voz y su reflexión.

Pero la actitud de Paz ante su propia muerte puede constituir una piedra de toque que ilumine con nueva luz el último matiz de su búsqueda espiritual, a veces tan mal apreciada debido a la vastedad de sus inquietudes e interrogantes filosóficas, inherentes a su espíritu liberal y a su sensibilidad siempre alerta. Las preocupaciones religiosas para él fueron siempre, eminentemente, intelectuales —juzgadas por su altura moral o por su compromiso ético, pero compulsadas por la idea de la libertad opuesta a cualquier discurso totalitario e ideocrático— y parecía contextualizarlas bajo el devenir histórico de los pueblos e insertarlas en la problemática naturaleza de las sociedades actuales. Era Paz un hombre temeroso de que los absolutos conculcaran cualquier libertad individual congénita. De allí su reticencia ante el Estado y la Iglesia.

Su acercamiento con las ideas y las creencias religiosas se encuadraba más bien en los paradigmas antropológicos y psicológicos. Jamás partió de premisas como la enajenación, el opio turiferario o las superestructuras ideológicas de dominación para explicar los comportamientos religiosos. Tampoco se valió del instrumental hermenéutico de la historia comparada de las religiones para escudriñar los símbolos sagrados. Desde luego leyó la obra de Unamuno, quien sostuvo que era la unción, y no la dialéctica, la única que salvaría al hombre. Y aunque denunció los excesos totalitarios de los regímenes del socialismo realmente existente, mantuvo igualmente una distancia pública respecto de las prácticas y de las instituciones religiosas.

Uno de sus libros más polémicos, Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe —aparecido en 1982— lo confrontó acremente con estudiosos que argumentaron con certidumbre algunos de los errores y equívocos que se deslizan en las 673 páginas del texto. El historiador Elías Trabulse y el filólogo y escritor Antonio Alatorre sostuvieron con Paz un intercambio epistolar muy enriquecedor, que pudo conocerse casi íntegramente en las páginas de la revista Vuelta. Pero sabemos que también provocó animosidad entre algunos dignatarios de la Iglesia, lo que tal vez amplió su distancia para asumir cualquier compromiso de fe.

Su natural vocación poética lo habilitó para sumergirse en la naturaleza de los signos y los símbolos religiosos. Sin embargo, a muchos lectores y estudiosos siempre nos preció extraño que Mircea Eliade (1907–1986) jamás apareciera en las páginas de las revistas que Paz dirigió, especialmente en Plural y Vuelta. Tampoco es citado en sus ensayos, aunque desde luego conocía suficientemente su obra como historiador de las religiones y, acaso también, parte de su obra narrativa publicada en francés. El recientemente fallecido Tomás Segovia fue el traductor del Tratado de Historia de las Religiones —publicado en 1972 bajo el sello editorial mexicano Era— y, según me contó el propio Segovia, Paz conocía ya la edición francesa de tiempo atrás. Siendo Paz un lector avezado y con una admirable capacidad de síntesis, el legado del pensador rumano emerge en textos tan emblemáticos como en el prólogo que escribió al libro de Jacques Lafaye, Quetzalcóatl y Guadalupe, publicado por el Fondo de Cultura Económica en 1974. Lo mismo puede decirse de otros textos —como Corriente alterna— en donde afirma que el hombre es una metáfora del universo, y lo vincula tanto a la poética como a su correlato cósmico. El hombre siempre tiene capacidad de redención.

La herejía del silencio

Paz también conoció la obra de otros pensadores que reivindicaban una vuelta a la metafísica tradicional y a las raíces de lo sagrado para contrarrestar los devastadores efectos de la civilización del consumo y el confort. Yo mismo le obsequié, en 1984, La metafísica del sexo del italiano Julius Evola, que le habrá parecido más la obra de un erudito que de un contestatario. Y por esos años se integró también, en El Colegio de México, un pequeño grupo informal de traductores y estudiosos —entre los que sobresalían el filósofo Humberto Martínez y los hermanos Arturo y Enrique Ponce Guadián— quienes le hicieron llegar una serie de textos —los cuadernos Axis— dedicados a la difusión del pensamiento tradicional: René Guénon, Frithjof Schuon, Martin Lings, Marco Pallis, Titus Burckhardt, etcétera. Asimismo, Paz sostuvo diálogos o polémicas con Ramón Xirau, Álvaro Mutis o Raimon Panikkar sobre temas religiosos. Es muy recordado el diálogo con este último, pues fue una de las pocas veces en que, con claridad, un interlocutor le señaló limitaciones e insuficiencias derivadas del desconocimiento de Paz del alemán y, consecuentemente, de su lectura de Heidegger.

Sin embargo, Paz siempre prefirió habitar el laberinto intelectual de su soledad a pesar de los atisbos de absoluto que se columbran en sus poemas y en su visión de artista. Al evocar poéticamente la muerte de su padre en Pasado en claro, nos dice:

Una tarde juntamos sus pedazos.

Yo nunca pude hablar con él.

Lo encuentro ahora en sueños,

Esa borrosa patria de los muertos.

Hablamos siempre de otras cosas.

Es en uno de sus poemas más desgarradores, Elegía interrumpida, donde parece decretar su descreimiento de la escatología católica:

Es un desierto circular el mundo,

el cielo está cerrado y el infierno vacío.

Y, aunque la fascinación de las palabras siempre fundó su decir poético, palabras que crean palabras y que nos crean, su acercamiento a la estética oriental, y especialmente al desapego zen, lo condujo a dar una valoración peculiar a la página en blanco y al silencio. Tal vez el silencio sea la herejía del poeta.

La última luz

Tal vez poco antes de morir el 19 de abril de 1998 en la Casa de Alvarado —situada en la calle de Francisco Sosa 383, en el barrio de Santa Catarina, en Coyoacán— Octavio Paz realizó un examen vital del sentido último de su existencia. No es imposible imaginar que hubiera solicitado el auxilio espiritual de algún sacerdote católico (aunque debemos respetar el ámbito de su privacidad), pues fue bautizado en esa fe y, aunque siempre mantuvo su ideario laico y liberal, no pienso que lo hubiera hecho como un trámite para cubrir las vicisitudes imprevistas de un librepensador ante su ineluctable final. Habría sido una decisión que partió de una reflexión sincera sobre su propia trascendencia.

Aunque creía en la inanidad de la materia (unos meses antes de morir le restaba importancia a su propia muerte, y, con desprendimiento, afirmaba el sinsentido de su propia finitud: "seré como este vaso de agua"), la muerte y lo efímero de la vida fueron un motivo persistente dentro de su creación poética:

En el centro de un ojo me descubro;

no me mira, me miro en su mirada.

Se disipa el instante. Sin moverme,

yo me quedo y me voy: soy una pausa.

El momento de la muerte puede ser el contrapunto necesario para juzgar las razones de toda una vida. Nuestra última voluntad, la última frase o el gesto postrero antes de morir pueden asumir un significado totalizador que, evidentemente, contrasta cualquier visión del mundo que haya guiado nuestros pasos. Es la rúbrica inobjetable con la que damos legitimidad a nuestra posición en el mundo, y es la manera en que nuestra voluntad afirma o niega su propia trascendencia del tiempo, del cuerpo y de su inherente condición terrenal. Solicitar la expiación de las propias culpas, el perdón de los pecados para que el alma retorne impoluta a su origen primordial o al paraíso de los justos convalida la existencia de una escatología y de una doctrina, no de un abanico de creencias y posibilidades.

Hoy sabemos, por ejemplo, que Ernst Jünger (1895–1998) se convirtió al catolicismo pocos años antes de morir, en una ceremonia discreta pero plena de convicción, producto de una búsqueda interior iniciada desde su juventud y ya visible en 1939, en su novela Los acantilados de mármol. El párroco de Wilflingen, Roland Niebel, fue quien le administró el sacramento en la parroquia de San Nepomuceno, donde Jünger comprometió su fe con la Iglesia de Roma.

La congruencia y la riqueza interior afloran en el momento de confrontarnos con nuestro último instante. Es en la muerte donde cobra sentido lo absoluto, el anhelo de salvación y la idea de la eternidad, creencias constantes en muchas formas de culto y en los rituales religiosos más arcaicos del hombre, a pesar de que el cristianismo los dotó de un sentido definitivo e inapelable.

Otros dos grandes conversos, Gilbert K. Chesterton y Giovanni Papini, vivieron también su aceptación del catolicismo con una hondura que unificó perpetuamente su vida con su pensamiento y con su cosmovisión estética.

Y qué decir de los mexicanos José Vasconcelos y Juan José Arreola, quienes recibieron el último sacramento que da cumplimiento a toda una vida espiritual de humildad y esperanza; el primero después de haberse saciado de los áridos remolinos de arena del escepticismo —y al socaire de una tempestuosa vida pública y de una febril vocación seductora— aunque alimentado por la nutricia fe maternal desde la cuna, y el segundo después de una zigzagueante existencia hecha de voliciones sensuales y contemplaciones absolutas. En ambos hay una reconversión interior después del marasmo de una vida desapacible vinculada a la exuberancia de los sentidos.

Amado Nervo fue uno de los poetas que Paz asimiló en su juventud. Quizá la entraña mística del escritor de Tepic, al clamar por la muerte al ángel Azrael, pueda servirnos de referencia para considerar la forma en que Paz pudo haber pensado la muerte como vaciamiento de la memoria y del espíritu:

Azrael, ángel bíblico, ángel fuerte,

ángel de redención, ángel sombrío

ya es tiempo que consagres a la muerte

mi cerebro sin luz: altar vacío...

El surrealismo fue una influencia decisiva en la escritura de Octavio Paz. Pero es bastante discernible la huella del idealismo filosófico en su pensamiento. En mucha de su poesía existen reminiscencias del romanticismo alemán:

En ese olvido sin edad ni fondo,

labios, besos, amor, todo renace:

las estrellas son hijas de la noche.

Pero creo que el idealismo de Paz no es abstracto, inasible, metafísico. El suyo es un idealismo concreto que nace de su imaginación poética, de su nostalgia, de su pasión, y cobra su dimensión absoluta en el lenguaje que, a su vez, lo recrea. Es la idea que queda atrapada en la realidad del lenguaje y, de allí, funda su propia realidad que comparte su estatuto ontológico con el mundo. El deseo es la idea y la carne su concreción, enlazadas por argamasa del tiempo que las hace suspenderse en la volatilidad del instante que es, paradójicamente, la semilla de la eternidad.

En el erotismo y en la muerte se manifiesta la visión octaviana de la idealización concreta. En ambos brota el impulso del ser desde un pretérito que se proyecta como devenir, pero se topa no con un futuro abstracto e inexistente por definición, sino con la nostalgia o la contemplación. Por eso, encontramos evocaciones permanentes de la naturaleza como signos constantes de sus imágenes poéticas, que concilian la idea con su realidad que se funda en nuestro interior: la conciencia sería la cuarta dimensión de esa visión estética, y es la que nos inquiere con su palabra y a la que apela el acto poético. El árbol, el mar, la piedra son, entonces, no solo eso, sino elementos de un lenguaje críptico que desvelamos al descubrir su milenaria presencia concreta en nosotros:

De la suma de instantes en que creces,

del círculo de imágenes del año,

retengo un mes de espumas y de peces,

y bajo cielos líquidos de estaño

tu cuerpo que en la luz abre bahías

al oscuro oleaje de los días.

Poeta de la sensualidad y del erotismo, Octavio Paz fue también un sutil constructor de visiones en las que su voz interior anuncia la posibilidad de encontrar más vida fuera de este tiempo, más ser en una dimensión sagrada, más luz a través de la contemplación poética. Es lo que podríamos denominar el idealismo concreto de su filosofía, que coincide plenamente con su deseo de, al morir, formar parte de una luz que se extinga en su propia irradiación.

Y eso lo establece sin duda cuando nos habla del misterioso destino del poeta, de su propio destino:

¿Palabras? Sí, de aire,

y en el aire perdidas.

Déjame que me pierda entre palabras,

déjame ser el aire en unos labios,

un soplo vagabundo sin contornos

que el aire desvanece.


También la luz en sí misma se pierde.