“Una carta de Octavio Paz equivalía a un memorándum del Espíritu Santo”

Fernando Savater.
El poeta por uno de los senderos del Parque Hundido.  Fotografía de Ricardo Salazar.
El poeta por uno de los senderos del Parque Hundido. Fotografía de Ricardo Salazar. (Tomada de ‘Octavio Paz, entre la imagen y el nombre’, de Rafael Vargas. (Conaculta, 2010))

Ciudad de México

Fernando Savater era un muchacho de 25 años cuando recibió una carta de Octavio Paz. Tenía ya dos libros publicados (“libritos, más bien”) y  en uno de ellos (La filosofía tachada) el joven autor destacaba la importancia literaria de El arco y la lira del escritor mexicano. “No sé quién pudo comentarle esa referencia. El caso es que Paz leyó el libro con inmerecida seriedad y me envió una larga carta, afectuosa y perspicaz, como siempre supe luego que acostumbraba a hacerlas. Ponderaba generosamente mi texto primerizo y me señalaba con discreción varios deslices. Para mí, a aquella edad, una carta de Octavio Paz comentando algo que yo había escrito equivalía a un memorándum del Espíritu Santo”, comenta el filósofo español.

Amigos desde entonces, Paz y Savater comenzaron “a cartearse” con frecuencia. “¡Qué bonitas y amables eran las cartas de Octavio! Y de todas ellas creo que solo guardo la última, en la que me daba su opinión sobre mi Diccionario filosófico personal”, lamenta el autor de Ética para Amador.

Poco tiempo después de haber recibido aquella primera carta, Savater hizo su primer viaje trasatlántico. Llegó a México y, al instante, llamó a Octavio Paz. “Supuse que él estaría tan deseoso de verme como yo de verle a él. ¡Y lo estaba! Me citó para cenar en su casa al día siguiente. Me dijo: ‘supongo que no le importará compartir la velada con un señor francés y una pintora amiga mía.’ Desde luego que no. Bueno, pues el señor francés resultó ser Claude Lévi–Strauss y la pintora no llegó pero se trataba de Leonora Carrington.

En fin, que lo más importante de la noche fue conocer personalmente a Octavio y a Marie Jo, su cordialidad confirmada, lo llano y elegante de la acogida a aquel joven que era yo. Nos tuteamos desde el primer momento. Ya sabes que los vascos tuteamos a todo el mundo.”

Fernando Savater recuerda a su amigo con el cariño en la mirada y con el orgullo, dice, de haber tenido la fortuna de conocer “a uno de los grandes.” Por eso su admiración se desborda: “de su pasión por la literatura francesa, Octavio tenía la magia de la fórmula precisa y preciosa: las cuatro palabras que condensaban inmejorablemente la característica de un autor, de un movimiento poético, de una osadía científica o erótica. Su arte de la condensación lo demostraba a veces especialmente: 'A Fernando Savater, la centella y la sonrisa'.”


Paz, convertido en tótem cultural, opinaba sobre el contexto nacional e internacional con gran soltura. Dice Savater: “recuerdo que me dijo en una ocasión: ‘nada le gana a uno más animadversiones que haber tenido razón antes que los demás.’ Y efectivamente, a él muchos no le perdonaron que apoyara tempranamente las denuncias de los campos de concentración soviéticos del estalinismo, así como algo después las pervivencias tropicales de la dictadura comunista. Sobre todo, no se lo perdonaron quienes no tuvieron más tarde otro remedio que suscribir sus tesis.”

Sin quitarle importancia a la obra poética del autor de El laberinto de la soledad, Savater destaca la contundencia de los ensayos de Paz. “A él le gustaba la prosa clara como a Ortega y Gasset, a quien tuvo como modelo, como a los buenos franceses anteriores a Derrida. A pesar de que escribía claro, Paz tenía un acento surrealista y contracultural importante. Tenía vocación por el lado oscuro de la vida y eso le vincula a los surrealistas y a otras tradiciones que están muy presentes en su obra, como el yin y el yang.”

Un año después de aquel primer encuentro, Savater le propuso a los editores del suplemento cultural de El País una entrevista en profundidad con Octavio Paz. Le dijeron que sí y el filósofo viajó de nuevo al DF. “Durante dos o tres días fui a su casa y, ante una decreciente botella de whisky, charlamos de cualquier cosa. De lo sublime a lo cotidiano, con abundantes risas. Yo acababa de comprar una grabadora, que apenas sabía manejar.

De vez en cuando, Octavio me preguntaba: ‘eso estará grabando bien, ¿verdad?’ Y yo le respondía que seguro que sí. Regresé a Madrid y resulta que el maldito cacharro no había grabado absolutamente nada. El diablo sabrá por qué. Bueno, pues decidí inventarme de pe a pa la entrevista, a partir de los recuerdos que guardaba de nuestras conversaciones. La entrevista gustó al público y, lo que era más difícil, gustó al entrevistado. Hasta el punto de que, años después, la incluyó en un volumen que recogía las mejores entrevistas que le habían hecho.”

Una semana antes de la muerte del Nobel, Savater hizo una escala en México, en medio de sus múltiples viajes. Era abril de 1998 y para entonces el escritor y su esposa vivían en la Casa de Alvarado del colonial barrio de Coyoacán, pues su casa del Paseo de la Reforma había sufrido un incendio. “Octavio perdió parte de su biblioteca y recuerdos de inapreciable valor. Seguramente esa desdicha aceleró su rendición al cáncer.” Savater entró temblando al inmueble que hoy alberga la Fonoteca Nacional, en la empedrada calle de Francisco Sosa. “Un enfermero trajo en su silla de ruedas a Octavio, que ya apenas se levantaba del lecho una o dos horas al día. Estaba disminuido.

Reducido al respiro carnal de lo que había sido. Llevaba barba, con la que nunca le había visto antes. No habló. Me saludó con una sonrisa que le iluminó la cara devastada. Le entregué mi libro recién publicado entonces, Despierta y lee, en donde hay un artículo sobre él. Él ya no lo podía leer, pero lo hojeó, como para ser amable con su amigo escritor. Salí de la casa inmensamente conmovido, porque sabía que no volvería a verle.”


*Víctor Núñez, periodista. Su más reciente libro es Los que llegan (Debate, 2012).