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Jueves , 18.10.2018 / 16:31 Hoy

Ocho veces centenaria

Café Madrid


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Anoche la nieve le dio un nuevo retoque blanco a los tejados y a los callejones y hoy hace un frío que pela. Una ola gélida e insolente lleva casi tres semanas instalada aquí a sus anchas, pero a los viejos de Castilla no les parece extraño vivir días y días a temperaturas bajo cero. “Ahora hay calefacción y dentro de casa se está bien. En mis tiempos, hijo mío, sí la pasábamos canutas”, me suelta don Silvestre, un hombre de 86 años empecinado en no dejar de atender a los clientes de su taberna, ubicada en pleno centro de Salamanca. Dicen que este hombre de pelo ralo y bastón inseparable repite esa frase todos los años a los muchos extranjeros que vienen a estudiar a esta ciudad y se quejan de los estragos invernales.

La verdad es que pocas ciudades en el mundo están tan imbricadas con su universidad como esta añeja villa. Porque si no fuera por su población estudiantil, daría la sensación de que no está viva y porque, en consecuencia, quien habla de Salamanca habla de su universidad que, este año, por cierto, cumple ocho siglos de existencia. Sus principales edificios se construyeron en el siglo XV en torno, cómo no, a sus dos iglesias más importantes e imponentes. Quien la visita por primera vez suele detenerse frente a un tal Edificio de Escuelas Mayores para hurgar con la vista en su fachada barroca hasta encontrar una rana. Y si el que busca es estudiante y no la encuentra, lo más seguro es que repruebe el año. Al ingresar al centro científico, ya lo ven, la superstición marca el camino.

Cuentan que, en sus inicios, esta corporación educativa (la más antigua del mundo hispano y la tercera más antigua de Europa) se organizó con autonomía del Estado. El rector, por ejemplo, podía ser uno de los estudiantes (cuyo mandato duraba un año) y los catedráticos eran elegidos tras un debate público lleno de aplausos, abucheos y trifulcas. Las clases se impartían en latín y los alumnos eran hombres (vestidos de traje y birrete y no con los pantalones caídos, como ahora) procedentes de familias adineradas que, en sus ratos libres, contaban con un burdel. En cuaresma, eso sí, la casa del desfogue se cerraba. Y de ahí viene aquello de “como puta en cuaresma” (si a alguien en la región le preguntan que cómo está y resulta que no tiene trabajo ni algún ingreso, suele responder “como puta en cuaresma”).

Mucho después de destacarse en Derecho y Teología, la fama de su formación en Literatura y Lingüística traspasó fronteras y muchos escritores contemporáneos han pasado por aquí. De hecho, su rector más célebre fue un literato: Miguel de Unamuno. Pero en esta mañana helada, en la que uno recorre sus entrañas como quien transita por una cápsula del tiempo, es imposible dejar de hacerse una pregunta divinamente cursi: ¿cómo se puede estudiar en medio de tanta belleza, cultura e historia? Mientras encuentro la cursi respuesta, esta tarde iré a un viejo palacio gótico, llamado Casa de las Conchas, a escuchar a mi maestra Nélida Piñón reflexionar sobre literatura brasileña. Lo que me tiene muy achicopalado es no haber alcanzado un boleto para entrar a ver al Premio Nobel de Literatura que, dentro de unos días, echará a andar los festejos de los 800 años de la universidad. No dará una conferencia magistral, sino un concierto. Porque se trata de Bob Dylan.

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