Arte escénico penitenciario, a la libertad por el teatro

El actor Jorge Correa acumula 37 años de representar obras en los reclusorios federales y estatales del país; "trabajando 12 horas diarias ha sido larga la condena y eso que todavía no la concluyo".

Ciudad de México

Reconocido por el International Theater Institute de la Unesco como Padre del teatro penitenciario en México, Jorge Correa encontró en la cárcel la oportunidad para reivindicar su camino como actor. Lo hizo a través de lo que él llama "teatro de la oscuridad", con el que brinda a los internos de diversos centros penitenciarios del país un poco de libertad y la posibilidad de enfrentarse con sus propios demonios.

Primer acto

Correa nació en Salvatierra, Guanajuato. Fue en una escuela católica donde surgió su interés por las artes escénicas, pues "allí se presentaban obras cortas con temas religiosos, de santos", lo que, aunado a la influencia de su tío abuelo, Alfonso Reyes, le llevó a una inagotable necesidad de expresión a través de la piel de intrincados personajes.

"Luego tuve la oportunidad de venir a la Ciudad de México a estudiar secundaria y preparatoria. Aquí me dediqué informalmente a estudiar en diferentes academias de teatro como Bellas Artes, donde participaba como oyente, y el Instituto Andrés Soler, donde estuve con Óscar Ledezma, Héctor Gómez y Roberto Rivero. Mis compañeros fueron Beatriz Moreno, José Elías Moreno, Verónica Castro y César Bono", recuerda Correa.

Desde joven tuvo el sueño de volverse actor: "Como todos los imberbes estudiantes de teatro, siempre esperas llegar a ser reconocido como el gran actor que México esperaba", dice al recordar el ideal adolescente.

Pero el talento no es nada sin la disciplina, en especial en el teatro. Lección que Correa aprendió tras un error por el cual fue expulsado de los escenarios y tratado como "apestado" por quienes antes aplaudieron sus dones teatrales y su capacidad histriónica.

Era 1975 y Correa había logrado un papel principal en la obra El traje, de Édgar Ceballos, basado en un cuento de Ray Bradbury. Ante el cierre de la temporada, adelantó el festejo y se emborrachó a tal grado que no llegó a la última función. Debido a esta falta, su maestro, Héctor Azar, lo congeló. Aunque siguió sus estudios en el Centro de Arte Dramático AC, del propio Azar, durante dos años permaneció vetado.

"El hecho de haber fallado me dejó marcado, porque además el castigo fue muy duro por parte del maestro Azar, quien me dijo que era un actor "valemadrista" y que lo que había hecho era un atentado al sagrado arte del teatro", rememora.

Segundo acto

El error cometido en su juventud "desenfrenada" lo relegó al papel de espectador; lo convirtió en un "delincuente teatral" y lo cargó de una culpa que aprendió a expiar en un lugar insospechado.

Dos años después, Juan Pablo de Tavira, el célebre primer director del penal de máxima seguridad de Almoloya de Juárez, y hermano de Luis de Tavira, director de la Compañía Nacional de Teatro, llamó a Jorge para que colaborara como bibliotecario en la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal.

Ese acercamiento al ámbito judicial marcó la vida de Correa, quien descubrió que ahí, tras las rejas, estaba "la esencia de la tragedia humana: el hombre contra su destino y las circunstancias". Cuando Juan Pablo de Tavira fue designado subdirector en la Dirección General de Reclusorios, Correa obtuvo una plaza como maestro de teatro.

Trabajar directamente con grandes penalistas, quienes le enseñaron a mirar el fenómeno de la reclusión, revisar la literatura carcelaria y aproximarse a la "truculencia" de los criminales, lo convenció de que en los propios internos había materia para encarnar los personajes creados por Shakespeare y los griegos. Sin saberlo, su trabajo en la biblioteca lo preparó para su siguiente misión.

Fue en 1983, en el Reclusorio Oriente, donde se montó la primera obra protagonizada por un recluso, Gilberto Flores Alavez, "que había matado a sus abuelos (el político Gilberto Flores Muñoz y su esposa, Asunción Izquierdo) a machetazos. Uno de los casos criminológicos más fuertes". En carne viva, de Raúl Carrancá y Rivas, fue el primer montaje de la entonces naciente Compañía de Teatro Penitenciario.

A partir de entonces han sido muchas las obras que ha preparado en este "amplio crisol" y muchas "las vidas que ha tocado mediante el teatro", destaca este singular prisionero del teatro, quien enfatiza que no trata "de formar actores sino de recuperar hombres".

Tercer acto

Como guanajuatense y como actor, El Padre del teatro penitenciario soñó desde joven con presentarse en los escenarios del Festival Internacional Cervantino (FIC). Fue a través de 50 internos del Centro Federal de Readaptación Social (Cefereso) 12, ubicado en Ocampo, Guanajuato, que materializó su ilusión. En 2014 la obra Hamlet, actuada por los reclusos y bajo la dirección de Correa, formó parte de la programación del FIC.

Aquella presentación ha sido apenas uno de los logros de Jorge Correa, quien destaca que, paradójicamente, ha sido ahí, en la oscuridad del teatro penitenciario, donde ha aprendido "el arte de tocar el alma".

El histrión también ha sido testigo de la conformación del sistema penitenciario: ingresó como maestro al primer Cefereso, inaugurado en 1991, y desde entonces ha pisado todas las prisiones de máxima seguridad y ha montado obras en casi 400 centros de reclusión, tanto federales como locales.

"Luego de trabajar en los reclusorios del DF y en los tutelares con los menores infractores —que es una experiencia muy diferente a la que había tenido con los adultos—, se me dio la oportunidad de ingresar a la Dirección General de Prevención y Readaptación Social de Gobernación. Fue cuando ingresé al Centro Federal número 1, en Almoloya de Juárez, comandado entonces por Juan Pablo de Tavira, el primero que se abrió, y desde ahí ya pasé a las grandes ligas y me quedé en los centros federales".

"Si hacemos cuenta de las horas trabajadas: 12 horas diarias por 37 años, ha sido larga la condena y eso que todavía no la concluyo", declara este "delincuente teatral", quien está seguro de que no pudo encontrar mejor lugar para "enderezar el camino".

El final es el principio

A Jorge Correa le bastan 15 días para preparar una obra de teatro con 50 internos. En ocasiones sus inmersiones en los ceferesos toman el doble de tiempo, pero el final se vive siempre en un escenario. Al cerrarse el telón, el maestro emprende el viaje a un nuevo reto y comienza desde el kilómetro cero el camino que lleva al escenario.

En vísperas de dejar la cárcel tras más de tres décadas de trabajo, Correa ve en ese final laboral un nuevo comienzo. Para él, como director, el siguiente paso sería "conformar una compañía con ex internos de toda la República, como una oportunidad de perdón, de que se les quite el estigma de los antecedentes penales que les cierra las puertas. Tengo 37 años de servicio y estoy tendiendo mi camita para una jubilación porque ya empiezo a resentir los embates del tiempo. Mi propósito es conformar una compañía que se llame Expresarte... Que en la mañana se vayan a trabajar en alguna empresa y en la tarde regresen a hacer laboratorios de teatro preventivo".

"Es triste esta realidad. La sociedad nunca te va a perdonar que seas un "mataperros", pero creo que los presos son seres humanos y también que afuera en la sociedad hay más maldad de la que está adentro. Yo a veces me pregunto dónde está realmente la escoria, sí libre o dentro. Porque en prisión hay de todo, culpables, inocentes, chivos expiatorios y gente arrepentida", dice quien también se asume como un buzo de aguas negras.

Legado en libro

Durante años Jorge Correa ha desarrollado su propio método de enseñanza para llegar al interno y relacionarlo con el teatro, no con teorías sino con ejercicios, "que el interno absorbe de volada. Lo hace suyo porque es muy dinámico, muy alegre, muy jovial".

Se trata del Sistema Teatral de Readaptación y Asistencia Preventiva (Strap). Con él, va directamente "a la conformación, a la sensibilización de un grupo, a la integración y a la puesta en escena con lo que tengan, porque actor es cada uno de nosotros que se atreve a reflejarse, como decía el maestro Azar".

Como un legado para quienes decidan seguir sus pasos y hacer teatro desde la prisión, Correa ha registrado el Strap en un libro con el mismo nombre. Además, prepara otro volumen sobre su vida y sus anécdotas en el sistema penitenciario, que llevará por título Buzo de aguas negras. Ambos libros serán publicados por Editorial Plataforma.