El reto de generar nuevos lectores

José Carreño Carlón. (Asumió la dirección del FCE en 2013).
José Carreño Carlón.
José Carreño Carlón. (Especial)

Ciudad de México

Para José Carreño Carlón, dirigir el Fondo de Cultura Económica es una continuación de su trayectoria profesional en los medios de comunicación impresa y, sobre todo, un constante desafío con una serie de retos, de los que habla en la siguiente charla.

 

¿Qué representa el Fondo de Cultura Económica en la historia de México?

Desde que nace, en 1934, el Fondo empieza a conectarse con las fuentes de producción del conocimiento de todo el mundo, ya sea traduciendo y poniendo a circular en español las obras fundamentales del pensamiento o bien las obras que se producían en las entonces nuevas disciplinas como la Economía, que es su vocación inicial.

El Fondo conecta a México con todos los países de habla hispana en la difusión del conocimiento universal. Durante el franquismo y las dictaduras militares en América del Sur, el Fondo representa la presencia del México más libre en el pensamiento, en la expresión y la difusión del conocimiento y la cultura, porque sus libros llegan a muchos de esos países —comenzando por la España de Franco— de contrabando, para vencer la censura. El Fondo significa entonces la presencia de México en todas las universidades de habla hispana. Era la editorial que les aportaba obras de las disciplinas más importantes, pero también textos de vanguardia que con frecuencia eran proscritos por las dictaduras. Por eso, casi no hay lugar en América Latina y en España al que uno llegue sin que profesionales que han sido presidentes, miembros de gabinete, que son académicos o escritores le digan: “Sin los libros del Fondo no podría haberme formado”.


¿Qué significa para usted dirigir el FCE?

Es un reto muy importante tratar de estar a la altura de la historia del Fondo. Es un reto también enlazar su tradición de excelencia en el campo editorial con las nuevas formas de distribución del conocimiento. Hemos hecho grandes esfuerzos para aprovechar las nuevas plataformas digitales para relacionarnos con los lectores más jóvenes, incluyendo, por supuesto, a los niños y a los adolescentes. Los jóvenes son parte esencial en nuestra preocupación de utilizar todas las herramientas para generar nuevos lectores.


¿Qué otros desafíos encuentra en estos momentos?

El principal es terminar la tarea que iniciaron el grupo de visionarios fundadores encabezados por Daniel Cosío Villegas: hacer que los libros de América Latina circulen en América Latina. Esto lo planteó él, describiendo la condición insular de nuestros países, resultado de la prolongación de la cultura colonial o poscolonial, como también se dice. Te pongo un ejemplo: para leer el libro de un autor publicado por una editorial chilena, hay que comprarlo en Chile porque a las trasnacionales no les interesan los autores que solo son conocidos o que solo circulan en sus países; no los llevan al resto del continente. Contra esto, en una época en que las comunicaciones eran escasas, luchó don Daniel. Ahora, con la posibilidad de transmitir textos e imágenes por la vía digital, tenemos la oportunidad de vencer las grandes distancias y hacer posible la circulación del pensamiento latinoamericano, de los libros latinoamericanos de una manera horizontal, sin esas taras de las herencias coloniales y poscoloniales. Ese reto, creo, estamos a punto de cumplirlo.


¿Cómo?

Entre otras cosas, con nuevas filiales no solo en los países sino en las regiones de habla hispana, porque el mundo del libro en español ya trasciende las fronteras tradicionales. En Estados Unidos hay alrededor de 12 millones de mexicanos —si fuera un estado de la República sería el segundo más grande, después del Estado de México—. Entonces tenemos que impulsar una mayor presencia del Fondo en el mundo de habla hispana, manteniendo o recuperando el liderazgo de los tiempos fundacionales.

En este sentido, este mismo año tendremos la filial de Ecuador, con lo cual cubriremos toda la costa del Pacífico de América del Sur —tenemos ya filiales en Bogotá, Lima y Santiago de Chile—. También estamos presentes en la costa del Atlántico, en Venezuela, Brasil y Argentina, donde se creó la primera filial del Fondo. En Centroamérica estamos en Guatemala y estamos también en España y Estados Unidos.


¿Qué otras cosas quedan por hacer en el Fondo?

Quienes han participado en la consulta (el Fondo planteó a sus lectores la pregunta “¿Qué esperar del FCE al inicio de sus 90 años?”) nos han dicho que hay que trabajar mucho en redes de bibliotecas. Debemos digitalizar la oferta de todo nuestro catálogo, tanto en la plataforma impresa como en la digital —este año se van a completar los primeros mil títulos en la plataforma digital, con lo que estaríamos llegando a la quinta parte del objetivo, porque el catálogo vivo del Fondo en el mercado tiene poco más de 5 mil—. También tenemos que poner en esta plataforma los libros que están fuera de circulación, algunos clásicos del catálogo histórico que resultan difíciles de consultar en las bibliotecas porque hay muy pocos ejemplares o están en condiciones de conservación que dificultan su manejo. Ese es un reto que nos hemos propuesto vencer en los próximos años.


¿Cómo se inserta el FCE en una época en la que los grandes consorcios editoriales acaparan el mercado del libro en español?

Ahí hay una historia que vale la pena resumir. El Fondo de Cultura Económica fue líder en la producción de libros en el mundo hispano, por las buenas razones de que era una iniciativa muy visionaria de México y por las malas razones, como decía hace un momento, de las dictaduras. El Fondo mantuvo su liderazgo por décadas, mientras la censura afectaba a las industrias editoriales de España y Argentina.

Cuando termina el franquismo y resurge la democracia en España, resurge también la producción editorial. Pero con el tiempo ha perdido las virtudes que la distinguieron —los grandes editores, el cuidado de las traducciones, etcétera—. Las antiguas editoriales españolas pasan a manos de trasnacionales alemanas e inglesas y se impone el factor comercial. Estas trasnacionales, a partir de los años ochenta, comienzan a desplazar a la competencia, compran sellos locales y absorben los derechos de sus autores, pero no necesariamente para bien de la circulación de los libros y la difusión de sus autores, porque —salvo quizá Anagrama— la política de esos consorcios ha sido comprar las editoriales nacionales, secarlas, sacar a los autores con más ventas y hacerlos circular solo en sus países y acaso en la metrópoli española, sea Barcelona o Madrid.

Esta situación es otro de los retos a vencer por todas las editoriales nacionales de habla hispana, muchas de las cuales han acudido al Fondo para que tracemos una estrategia común, quizás a través de coediciones, para asegurar su permanencia, para blindarse frente a los grandes consorcios trasnacionales.

Por lo demás, creo que hay nuevas condiciones tecnológicas y de comunicación, para que todos, incluidas las trasnacionales, podamos concurrir de una manera más creativa y más productiva en beneficio del interés común de tener más lectores y, en nuestro caso, lectores más exigentes.