La vida instantánea o la obsesión por la actualidad

Las nuevas tecnologías parecen acelerar nuestra existencia, pero esa desesperación implica también la pérdida de la memoria, fuente de toda narrativa humana.
El mundo obsesionado por la instantaneidad tiene su representación en Twitter.
El mundo obsesionado por la instantaneidad tiene su representación en Twitter. (Shutterstock)

México

Robert Plant, voz de Led Zeppelin y parte fundamental del olimpo del rock, declaró hace unos días, en el diario español El País, sobre la desconcertante normalidad de su vida cotidiana. Plant es una leyenda: su voz telúrica, su greña rubia, esa forma heroica de plantarse en el escenario y la destreza con la que sometía, como un domador de serpientes, el cable negro del micrófono, y aquella despampanante hebilla de plata y esa manera inolvidable de cantar descamisado.

Como de todas las leyendas de cierta edad en ese gremio, se espera que el cantante hable en las entrevistas de su redención, de todos esos excesos rigurosamente documentados que cometió en su juventud y en los que ahora no caería. Recordemos que Plant, en el clímax de sus fiestas después de los conciertos, rodeado de groupies y acelerado por toda suerte de estimulantes, arrojaba televisores por la ventana de su habitación de hotel.

Pero a Robert Plant en el siglo XXI lo que le preocupa es la velocidad con que suceden las cosas. “Los héroes modernos han de estar siempre activos”, dice, porque esa es la condición necesaria para seguir vigente en este mundo que se transforma constantemente. Hoy, quién se distrae ya no pierde el tren, sino una era geológica, y cuando Plant habla de “los héroes modernos” está hablando, con todo derecho, de él mismo. Faltaría más.

J.R. Moehringer, últimamente muy famoso por haber sido el negro, o el escritor fantasma que le hizo las memorias al tenista André Agassi, cuenta en La Vanguardia, otro diario español: “En los años 90, varios diarios y revistas pusieron el énfasis en competir con la televisión, solo se dedicaban a ofrecer noticias lo más rápidamente posible”, y más adelante propone: “el mejor medio de preservar el valor del periodismo es la lentitud, debemos ser más lentos cada vez”.

La propuesta de Moehringer es muy sensata, pero es aplicable solo a cierto tipo de periodismo, porque es verdad que hoy el valor fundamental es la velocidad, el carácter instantáneo de la noticia que desemboca, irremediablemente, en su fugacidad. La noticia instantánea tiene poco recorrido, apenas aparece cuando ya está siendo sustituida por otra noticia instantánea. Esa instantaneidad es, más que una deriva periodística, la forma en que las noticias se han adaptado a la vida, que es cada vez más instantánea.

“Un mundo obsesionado por la actualidad es un mundo obsesionado por el olvido”, decía Milan Kundera y parece que su sentencia, a estas alturas del siglo XXI, se ha quedado corta.

Una persona en el mundo de hoy ya no vive obsesionada solo por la actualidad, que es el tiempo presente, sino por el extremo de ese presente que es el instante que acontece ahora mismo en la pantalla del teléfono, y que será desterrado por el siguiente instante, que llegará cargado de fresca actualidad.

Estar en el tiempo presente, vivir plenamente el momento, es una práctica tradicional de los monjes budistas que no tiene nada que ver con la urgencia de los nuevos adictos al instante. El instante de este siglo es un presente volátil atiborrado de datos que dejaría muy insatisfecho al monje que busca el silencio para llegar al mindfulness; un silencio fundamentado, precisamente, en el vacío de información.

El olvido, la desmemoria no es, desde luego, cosa de este siglo; como también es cierto que hace, digamos, 40 años, la actualidad no estaba tan llena de novedades, había televisión, radio y periódicos de papel, el tiempo presente era más estable, cambiaba poco si pensamos en la cantidad de información, de mensajes, de apps que manejamos hoy. De manera que la actualidad de la que habla Kundera está hoy mucho más poblada y, de acuerdo con su inquietante máxima, nuestro olvido debe haberse agudizado.

Digamos que el mundo obsesionado por la instantaneidad tiene su representación en Twitter, ese foro público hiperveloz donde una pieza de información dura el instante que tarda en llegar la siguiente pieza, y luego la siguiente y así hasta el infinito. Pero no culpemos a Twitter que, igual que los periódicos, todo lo que hace es adecuarse a nuestras ansias de tenerlo todo al instante, de estar permanentemente actualizados con información de todo tipo y con los mensajes que emite sin tregua nuestro círculo social, pero también con las canciones, los libros o películas que nos urge consumir porque hoy, a diferencia de lo que sucedía en el siglo XX, ya no tenemos que esperar, todo está disponible en ese Aleph 4G que es nuestro teléfono.

Para que la vida no nos pase por encima hay que estar siempre activos, como esa legión de héroes modernos a la que pertenece Robert Plant. ¿Consultar compulsivamente nuestro teléfono es estar permanentemente activos? Quien se abandona a esa avalancha de información, ¿no está siendo más pasivo que activo? ¿Se han fijado que no contestar al instante un WhatsApp comienza a considerarse una descortesía?

Queremos estar permanentemente actualizados como, sintomáticamente, sucede con nuestros aparatos electrónicos, que todo el tiempo nos anuncian que hay una nueva e imprescindible actualización, aunque se acaben de actualizar hace un instante, y esto me lleva a pensar, de manera lírica claro está, que empezamos a parecernos a nuestros teléfonos, como si el doctor Frankenstein en lugar de perder el control de su criatura hubiera terminado comportándose como ella.

El problema de mirar solo el instante, el futuro inmediato, es que, como nos hace ver Kundera, no miramos hacia atrás, que es donde se encuentra la memoria, y perder la memoria es situarnos al margen de la poderosa narrativa de nuestra especie, es perder la perspectiva que nos permite ir más allá del instante tiránico y de la sobrevalorada actualidad.

Hace unas semanas nos enteramos de un descubrimiento que nos invita a reflexionar sobre la poca memoria que tenemos, sobre el olvido y lo poco que miramos hacia atrás, y sobre todo ilustra de manera muy clara cómo la vida instantánea del siglo XXI, más la agudización del olvido que esta instantaneidad produce, nos hacen descubrir cosas que nos parecen muy originales pero que ya otros en su tiempo habían descubierto y hasta puesto en práctica. Nos cuelan como nuevas ideas que no lo son, no porque ellos sean unos vivos, ni porque nosotros seamos muy ingenuos, sino porque todos somos unos desmemoriados.

Mientras hacía una investigación en la hemeroteca, un estudiante dio con una larga serie de artículos escritos por el poeta Walt Whitman, que llevaban 150 años perdidos. Los artículos están firmados con el seudónimo Mose Velsor, fueron publicados en 1858, en el periódico The New York Atlas y pueden leerse íntegramente en la versión online de la revista The Walt Whitman Quarterly Review, que publica la Universidad de Iowa.

Los artículos perdidos de Whitman son una especie de manifiesto, publicado por entregas, a favor de la vida sana; en ellos nos habla, con gran vehemencia, sobre diversas conductas de sus paisanos que él ha ido observando y que merecerían, desde su punto de vista, erradicarse. Critica, por ejemplo, que Estados Unidos sea el país que más medicamentos consume y recomienda hacer algún ejercicio físico como andar o trotar, o practicar algún deporte y, si es posible, hacerlo con ese calzado suave tan cómodo que usan los beisbolistas para no maltratarse los pies. Sobre la alimentación opina que la dieta vegetariana produce personas de aspecto infeliz y melancólico y mejor sugiere una dieta abundante en carne. Advierte sobre lo perjudicial que resulta esa costumbre de añadir saborizantes artificiales, colorantes y aditivos a los alimentos e invita a consumir productos naturales. A estos alimentos químicamente intervenidos los llama trash, literalmente “comida basura”, como seguimos llamándola nosotros siglo y medio después. Aun cuando toda la población hiciera caso de sus consejos, el poeta tiene la seguridad, según explica en uno de sus artículos, de que en el futuro vendrá una recaída general, un regreso a los viejos malos hábitos, a la vida sedentaria, a la alimentación descuidada, a la predilección por la comida basura y a la sobre medicación.

Estas filípicas que Walt Whitman lanzaba hace 150 años, podían haber sido escritas ayer. Salvo por su ensañamiento con los vegetarianos, sus recomendaciones son las mismas que hoy nos dan los nutriólogos y los expertos en la vida saludable en revistas, periódicos y estaciones de radio. Por otra parte la recaída general que vislumbraba el poeta efectivamente sucedió y ahora estamos nuevamente preocupados por esa vida sana con la que nos vienen atormentando cíclicamente desde los tiempos de la Grecia antigua.

Llegados a este punto conviene preguntarse por qué hoy vemos tanta gente ejercitándose en los gimnasios y por la calle, y por qué hay esa exaltada querencia por la vida saludable que no existía el siglo pasado. ¿Se debe a que nos hemos vuelto una especie más responsable? Puede ser, aunque también podría pensarse que a nuestra sociedad, que está concentrada en la vida instantánea, hay que recordarle todo el tiempo, un instante tras otro, lo que debe hacer y que, el día que dejen de decírnoslo, vendrá nuevamente esa recaída general que anunciaba Walt Whitman y regresaremos alegremente a los viejos hábitos.

Quizá la vida sana se ha convertido en un pasatiempo popular, no tanto por el deseo de estar en forma, sino porque es lo que toca hacer en estos tiempos, porque es la manera en que podemos ser parte de esa implacable sucesión de instantes.


VJCM