Jordi Soler presenta su tesoro: 'Ese príncipe que fui'

El escritor afirma que una novela, no es "un tratado sociológico acerca de la aristocracia" en el que se defiende la responsabilidad histórica ante sus orígenes.

México

La novela más reciente de Jordi Soler, Ese príncipe que fui, tuvo su germen en dos historias que resultan un tanto inverosímiles: una placa en los Pirineos catalanes en donde se leía que ahí había muerto la Princesa Xipaguazin, hija de Moctezuma; y la irrupción de otro descendiente de Moctezuma, que en pleno siglo XX hasta vendía títulos nobiliarios.

Quizá por eso su convencimiento de que, contra lo que pudiera pensarse, la literatura sirve para poner en orden a la realidad: "En las novelas no se trata de escribir una historia que sea verdad, sino que parezca verdad: si tu lector cree en la historia que estás contando, la novela funciona. Y si no cree en lo que estás contando, aun cuando sea verdad, no funciona".

Palabras pronunciadas durante la presentación de la novela, en el Foro Tejedor de la Librería El Péndulo, de la colonia Roma, que resultó insuficiente para albergar a las decenas de lectores que acudieron a presenciar el diálogo que sostuvo el escritor con la periodista Mariana H.

Ese príncipe que fui (Alfaguara, 2015) se concibió como una especie de crónica de la estirpe del último emperador azteca. O bien es el relato de un monumental engaño urdido por un pícaro del siglo XXI. Tal vez es las dos cosas al mismo tiempo, ya que la Historia ofrece a menudo las suficientes grietas como para que por ellas se filtre la invención.

"En esta novela hay dos hechos de la realidad constatables que son la llegada de la princesa y la irrupción del príncipe Moctezuma en Barcelona, en los años 60. Son dos elementos de la realidad son muy ásperos si no tienen un vehículo que los conduzcan, que es lo que te permite la ficción", explicó el colaborador de MILENIO ante un auditorio al que no le importó quedarse de pie ni ver a través de una especie de ventana, tras cumplirse la capacidad del foro.

En la novela gravita todo el tiempo esta idea de que la nobleza es un invento, una invención histriónica: la nobleza sería impensable sin su parte teatral, representan un papel, como se refleja en el que fue confeccionado por el príncipe Moctezuma, el personaje de la novela, Kiko Grau: un histrión, un bufón de lo que son los estratos inferiores de la nobleza, a decir de Jordi Soler.

"Hay también una mirada crítica sobre la seducción que ejerce el poder en la sociedad. Mi personaje, cuando era un hombre muy bien tratado por el dictador Franco, era muy famoso en Barcelona, le rendían pleitesía. Iba por los bares en los años 60 con unas gafas oscuras y una capa de aves tropicales que se hizo con una modista muy famosa en Barcelona, porque él suponía que el emperador Moctezuma se vestía así."

Pero más allá de lo esperpéntico de la historia o de la crítica que Jordi Soler quiso dejar plasmado en Ese príncipe que fui, el escritor la defendió como una novela, no es "un tratado sociológico acerca de la aristocracia", en el que se defiende la responsabilidad histórica ante sus orígenes, bajo la certeza de que el creador debe encargarse de jerarquizar esas historias "que la realidad no supo poner en orden".