La novela es más pertinente que nunca: Juan Gabriel Vásquez

“He visto cómo trabaja nuestra conciencia y cómo tratamos de recuperar la verdad”, dice el autor.
Juan Gabriel Vásquez.
Juan Gabriel Vásquez. (Giuseppe Restrepo | El Mundo)

Madrid

La principal reflexión que el escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez ha hecho con su más reciente novela, La forma de las ruinas, tiene que ver con esos mecanismos de nuestra historia para ocultar la verdad, con esa reacción "fascinante" que tenemos los seres humanos cuando intuimos que nos han contado un relato mentiroso sobre nuestro propio pasado y cómo nos enfrentamos a eso. "Lo he visto al escribir esta novela", dice. "He visto cómo trabaja nuestra conciencia y cómo tratamos de recuperar la verdad. Y he aprendido que siempre vivimos como sociedades en una verdad relativa, en versiones contradictorias, pero también como individuos estamos constantemente en busca de un relato con el cual podamos sentirnos tranquilos. Y supongo que eso es parte de la razón por la cual escribimos y leemos novelas".

La forma de las ruinas (Alfaguara), explica su autor, tiene como eje a tres personajes: Carlos Carballo, obsesionado con una gran teoría de la conspiración que una y explique los dos crímenes que en el siglo XX marcaron la historia de Colombia: el de Rafael Uribe Uribe —en quien se inspiró Gabriel García Márquez para crear al coronel Aureliano Buendía de Cien años de soledad— en 1914, y el de Jorge Eliécer Gaitán —jurista y alcalde de Bogotá asesinado 1948.

A través de Carballo, la novela de Vásquez (Bogotá, 1973) —autor, entre otras, de las novelas Historia secreta de Costaguana, El ruido de las cosas al caer (Premio Alfaguara y Premio Roger Caillois) o Las reputaciones (Premio Real Academia Española)— reflexiona "sobre nuestra relación como seres humanos con la idea de las conspiraciones que implican toda una visión de la historia, la cual contrapone a otra visión: la del personaje autobiográfico que encarna el propio autor y que apuesta por una visión según la cual la historia es producto de azares, casualidades y pasiones humanas incontrolables e impredecibles".

Como organizador de una versión ficticia de hechos determinados para dar un poco de orden al caos de la experiencia que nos avasalla, Vásquez ha querido escribir esta novela intentando defenderse de las versiones monolíticas, interesadas y distorsionadas de la historia.

"Traté de explorar estos mecanismos en democracias como las que tenemos en América Latina", señala, y precisa que justamente hay en ellas una lucha constante por establecer una versión de su pasado, un relato común con el cual se pueda identificar la mayoría. "Y en esa lucha hay muchas versiones contrapuestas. Es lo que pasa en Colombia, donde estamos negociando el final de 50 años de guerra, y parte de esa negociación es ponernos de acuerdo sobre lo que ha pasado. Y es lo mismo que puede ocurrir en México con la llamada guerra contra el narco, donde el gobierno tiene un relato, los narcos otro y los distintos sectores democráticos tienen relatos que son igualmente válidos desde un punto de vista teórico; y justamente la vida en democracia consiste en negociar entre esos distintos relatos para encontrar uno en el cual nos reconozcamos todos, y para contradecir la versión oficial o reivindicar el derecho a tener otra versión que es la de nosotros los ciudadanos de a pie. Y en ese debate es donde las novelas son más pertinentes que nunca".

En La forma de las ruinas Vásquez habla también de magnicidios, de asesinatos de líderes políticos cuya muerte parte en dos la historia de un país. El asunto lleva a reflexionar sobre otros ejemplos, como el de Luis Donaldo Colosio en México, y hasta qué punto marcan a un país, algo que sigue preguntándose el escritor. "La novela se lo pregunta obsesivamente. En el caso colombiano el crimen de Uribe Uribe tomó por sorpresa a un país que no sabía que estas cosas sucedían, y años después, cuando asesinan a Gaitán, se transforma por completo al país porque es el detonante de una década de violencia que en Colombia se saldó con 300 mil muertes y marca nuestra vida hasta hoy. Así que los magnicidios son hechos que marcan a un país mucho más de lo que se suele aceptar".

Para abordar estos asuntos, Vásquez construyó un complejo edificio novelesco de 549 páginas dividido en tres partes, una de las cuales es una novela policial inserta en la gran novela, para lo cual dispuso de una abundante documentación, entre la que se cuentan incluso una vértebra y una parte del cráneo de los dos personajes centrales de su relato: de Jorge Eliécer Gaitán y de Rafael Uribe, respectivamente. "Eso implicó al escribir la novela desechar todas las máscaras de la ficción, no inventarme un personaje y tratar de preservar toda la potencia de lo que ese momento significó para mí y contar la novela desde mi propio personalidad, biografía y nombre, procedimientos de la llamada autoficción".

A partir de ese momento, la novela le reveló a su autor otros temas: "Mi relación como hombre del siglo XXI con ese pasado; la manera en que heredamos los hechos de violencia de nuestro pasado, y la pregunta sobre cómo heredarán esos hechos nuestros hijos".

Sobre la posible semejanza entre el narco colombiano Pablo Escobar y el mexicano Joaquín Guzmán, Vásquez expone que parece ser que finalmente El Chapo ha encarnado la guerra de un solo hombre contra todo un Estado, como ocurrió en su día con Escobar en Colombia. "Él es el enemigo público número uno, el hombre al cual están enfiladas todas las baterías del Estado. Y si ese es el caso, es una fortuna que lo hayan capturado antes de que llevara a cabo su propia guerra contra el Estado como lo hizo Escobar. Pero ese aspecto rocambolesco de su historia no debe dejarnos olvidar que la guerra contra las drogas es uno de los fenómenos más absurdos de nuestra historia reciente; con toda probabilidad, dentro de 20 o 30 años nos preguntaremos en qué momento dejamos que esto pasara, porque la guerra contra las drogas es la que ha producido las mafias y los cárteles, no al revés; el hecho de que la droga haya sido declarada ilegal y su consumo un delito es lo que provoca esos niveles de riqueza y poder que han tenido las mafias, justo porque el producto con el que comercian es ilegal. Es en ese sentido que defiendo la legalización como la única manera de salir de todo este asunto; de convertir la droga en lo que es: un problema de salud pública y de responsabilidad individual; pero definitivamente no un problema de criminales, porque los consumidores de droga no son criminales".