“Una novela no está para educar”: Pérez-Reverte

El escritor publica una historia detectivesca ambientada en los años cuarenta, en un mundo en el que era directo el enfrentamiento ideológico-político.
“En los tiempos que describo había tintas invisibles, mujeres que llevaban en el liguero una daga...”.
“En los tiempos que describo había tintas invisibles, mujeres que llevaban en el liguero una daga...”. (Cortesía Alfaguara)

Madrid

Dignidad, lealtad, valor, solidaridad y amor son los elementos fundamentales con los que Arturo Pérez-Reverte ha escrito su obra narrativa. “Es el aire de familia de mis novelas”, afirma, “los elementos con los que yo trabajo. Y virtudes que no se pueden comprar”.

El escritor español dice a

MILENIO que con eso ha tejido su nueva novela, Falcó, historia protagonizada por un ex contrabandista de armas, un hombre “amoral sin patria ni principios, un torturador, un asesino, un mujeriego y un tipo sin escrúpulos”, que se mueve en una geografía de intereses cruzados: la Europa de los años treinta y cuarenta del siglo pasado, donde se enfrentaban ideologías y bloques geopolíticos. Allí Pérez-Reverte introduce a un espía sui géneris: Lorenzo Falcó, un hombre que, dice, “no sigue ese juego; no tiene ideología y se mueve transversalmente en ese mundo”.

El desafío era, por tanto, “conseguir que los lectores quieran seguir al personaje en sus aventuras por ese mundo, algo que trato de que ocurra mediante el contrapunto de él, que es también simpático, encantador, guapo, elegante, con un sonrisa devastadora”, porque hacer un espía con una ideología sólida, agrega, “es algo que ya se ha hecho mucho en la literatura. Ésta es una novela lúdica, que no pretende debatir ni intelectualizar la escena histórica, sino pasear al personaje por un escenario de fondo convulso para que el lector viva una aventura apasionante donde haya emociones, suspense, intrigas y lances”.

El literato explica: “Una novela no está para educar, debatir ni tomar compromisos morales, aunque hay autores que lo hacen perfectamente si quieren, y yo los respeto. Yo tengo compromisos morales en algunas de mis novelas, como en Hombres buenos, pero en Falcó no ocurre lo mismo y no suscribo lo que dicen mis personajes, aunque sí comparto una mirada escéptica sobre el mundo y la condición humana, sobre el mundo como lugar cruel, la vida como lugar hostil, y la muerte y la violencia como cosas naturales al hombre”.

Dice el literato: “Yo he conocido gente de muchos tipos, encantadora y malvada, y la que es las dos cosas a la vez. He visto torturar, matar y ese tipo de cosas. En mi álbum de fotos personal existen esas memorias. Y a eso he recurrido, así como a la literatura, porque no escribo solo con documentación, sino también con experiencia personal. Y hay otro factor: yo nací en 1951, y llegué al final de esa fiesta trágica y luminosa que fue la Europa que desapareció con la Segunda Guerra Mundial. Esta novela se nutre de esas fuentes primarias”.

El autor revela que, tras la escritura de El tango de la guardia vieja, se dio cuenta de que había aún muchas cosas que narrar sobre aquellos años. “Y un día, viendo una película de los años treinta titulada Tonight or Never, Gloria Swanson dice: ‘Es un caballero, pero no es un caballero’, y sonríe. Y de pronto, al oír esa frase, se me apareció Falcó y empecé a pensar en un espía que encajase en esa definición”.

Por esa razón, el detalle que define a Falcó en esta novela, señala Pérez-Reverte, “tiene lugar cuando el jefe de los servicios de información le dice: ‘Se han sublevado los militares’. Y Falcó dice: ‘¿Estamos a favor o en contra?’. Eso define perfectamente al personaje, porque a él no le importa la idea que mueve la aventura, sino la propia aventura que está por venir”.

Hay un personaje que equilibra la presencia de Falcó: Eva Rangel. “Es una mujer capaz de pelear como los hombres, de medirse en igualdad con ellos. Falcó la reconoce y, por tanto, la respeta. Es muy característica de algunas de mis novelas, porque yo parto del principio de que donde los hombres se derrumban las mujeres aguantan. Y es que para mí la mujer, por razones biológicas, sociales e históricas, tiene un coraje, una inteligencia y una tenacidad frente al desastre, muy superiores a las de los hombres”.

El escritor comenta que se ha atenido al canon de la novela de espías, aunque “modifica, manipula y trafica con otros elementos fuera de él. Pero en cuanto a la extensión, el ritmo narrativo, los diálogos cortantes, las disquisiciones breves y precisas, era necesario atenerme a las normas del canon, pensando en autores como Dashiell Hammett, Eric Ambler, Somerset Maugham o Graham Green, y dejando de lado a otros como Ian Fleming, John Le Carré o Frederik Forsyth, más que nada por el ambiente que se respira en mis autores canónicos”.

El ambiente de esa época es lo que más ha disfrutado, pues “hacer una novela de espías de hoy es una vulgaridad, y para eso es mejor ver una película de Tom Cruise porque ahora todo se hace con la mierda de los telefonitos móviles, los drones, las computadoras, los satélites, etc. Pero en los tiempos que describo había tintas invisibles, mujeres que llevaban en el liguero una daga, sombreros con cuchillas de afeitar para degollar al enemigo, falsos pasaportes, y encontrar un teléfono era una aventura en sí. Ese ambiente era el que quería proponer al lector y en el que quise vivir los doce meses durante los que la escribí”, concluye.