La noche señalada

Susana Iglesias (México, 1978), su más reciente libro es Un hombre no patea perros heridos
La noche señalada
(Especial)

Ciudad de México

Cuando encuentre todas las razones para estar solo no necesitaré del amor. Los asesinos a sueldo no tenemos otro motivo que el dinero. El asesino a sueldo pregunta ¿cuándo?, ¿a qué hora?, ¿a quién? La pregunta ¿por qué? no va incluida en la tarifa, no se puede preguntar por qué, es como cuando tomas una puta en la esquina, pendejo se vería uno explicándole por qué. ¿A quién le incumben los motivos? Al que paga. El que paga es el macizo, a los macizos nunca se les debe preguntar gran cosa (a ver, se graba bien la cara, estos son sus horarios, se presenta, dispara, después me llama, cobra, se me larga lejos, a la chingada). No quiero irme, tengo que hacerlo. El tambor estaba bien cuidado, ¿de quién es el fierro? Pocas veces usé algo tan bien cuidado, esa pasión de mantener brillando algo turbio, la soledad de una bala estaba girando cuando me lo entregaron, puse las otras, lo cerré. Cuando estás frente a un cadáver te sientes mal, cuando barajas el dinero no. Me detuve. Apuntar, jalarle. La sangre se deslizaba rápidamente, me alejé, carajo, no comprobé si había muerto. Aquí estoy tres horas más tarde (le dieron bala, le dieron bala, un tipo en bicicleta, nadie quiere decir nada, como siempre: nadie pudo verlo). Lo he pensado, si me agarran: me disparo. Si me agarran me refunden, si canto jamás me soltarían, si los patrones me sacan sería peor. ¿Para qué querrían a un muerto de hambre que después pueda andar diciendo mierda? Pa’nada, barrerían conmigo, un disparo en medio de los ojos.

—¿Hasta cuándo vas a seguir así?

—Déjame dormir

—¿Dónde estuviste?

Rincones de odio en sus palabras. Las mujeres nunca se dejan engañar, saben en dónde, con quién, por qué. Todas esas veces no había estado con nadie, ¿qué le puedo decir? Ella imagina cosas, le miento. Las mentiras no puedes detenerlas una vez dichas. Vicios repulsivos. Las muertes ajenas no me entristecen, tampoco las cercanas, he aprendido que nada se apaga, deja incendios, todo se incendia tras la muerte, la locura de una esposa sola, los hijos huérfanos, los rencores, el recuerdo, la sombra, el miedo. Tranquiliza sentirse víctima, no es sencillo disculparse; cuando nos quedamos solos no podemos disculparnos de los errores. Tú no me quieres, así que tengo justificación de todos mis actos. No tengo ilusiones, ni de niño las tuve, no las tendré de viejo. El desamor acaba con todo, lo arrastra hasta dejar un pedazo de carne podrida, irreconocible… en donde alguna vez existió un hombre. En ningún sitio te enseñan a arrepentirte, ni en la iglesia, ahí te perdonan todo. Pederastas, asesinos, malparidos, todos se hincan con fe y con lágrimas falsas. La piedad es para los hombres blandos.

—Dame un beso, acuéstate

—¿Dónde estuviste?

—Caminando, anduve en Garibaldi echando caguama

—Mentiroso, ¡lárgate, no quiero que regreses!

¿De quién es el fierro?, tan bien cuidado, desearía tener así la cabeza, sentirme amado. Estoy enfermo de vivir. Me sueño golpeando caballos muertos e imaginarios. Salgo de la cama, me pongo los zapatos. Un arañazo en la cara, quiere sacarme los ojos, sus manos golpeando mi cara. Pequeña perra, ella es peor que el suicidio. Mientras más me rechaza, más duele. La aparto, huyo. En cinco horas voy a cobrar, regresaré con varios pares de zapatos nuevos, su perfume, algunos billetes de mil pesos, curará las heridas de mi cara, se enroscará en mi cuerpo, podré oler su pelo. Antes me pasaré por la iglesia, dejaré un billete en el último nicho de la iglesia, bajo la figura del ángel domando al diablo.


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Susana Iglesias (México, 1978), su más reciente libro es Un hombre no patea perros heridos