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Sábado , 21.07.2018 / 14:57 Hoy

No juzguéis, para que no seáis juzgados

Toscanadas


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David Toscana

¿Quién soy yo para juzgarlos?, preguntó el papa refiriéndose a los homosexuales; pero el mero día en que el sacerdote Krzysztof Charamsa presentó a su novio, fue echado de su puesto vaticano. ¿Quién soy yo para juzgarlos?, pero se negó rotundamente a aceptar al embajador que Francia presentó en la Santa Sede, por la sencilla razón de que era gay. ¿Quién soy yo para juzgarlos?, pero deja que la jerarquía católica de Polonia los insulte en las homilías y a través de los medios, deja que esa iglesia auspicie a grupos racistas, antisemitas y homofóbicos. ¿Quién soy yo para juzgarlos?, pero le soltó la rienda a todas esas asociaciones católicas que andan viendo cómo dejar a los homosexuales sin derechos elementales, como el del matrimonio, y de paso sueltan discursos para dejar claro que son gente inferior, pues no los quiere ese fantasma imaginario que flota sobre nosotros y ve todo lo que hacemos.

Luego resulta que uno de tantos simplones que se creen el cuento del dios antigay se pone a dar de balazos hasta matar a medio centenar de personas, y entonces el papa Francisco se dice “horrorizado” y agrega que se deben “identificar y contrastar las causas de tan terrible y absurda violencia”, olvidándose por completo de que él es el vicario de esa deidad que hizo llover azufre hirviente sobre dos poblaciones, y que esa misma historia la cuenta el Corán y ha servido para que a lo largo de muchos siglos quienes siguen supersticiones monoteístas se pongan a apedrear, quemar, ahorcar, torturar, expulsar, ametrallar, descuartizar, defenestrar, golpear y linchar a quienes prefieren otra cosa en el amor.

Ahora la Iglesia mexicana pretende decir que los malos resultados del PRI se debieron a la iniciativa del matrimonio igualitario, haciendo suya una bandera que no le pertenece, o mejor dicho, lanzando sin escrúpulos una mentira. Aquí el lenguaraz mayor es el cardenal Rivera, muy bíblico en sus prejuicios, pero más juguetón cuando el asunto es la pederastia o la boda de un futuro presidente o el enriquecimiento ilícito.

En un templo pueden creer que un “sí” entre un hombre y una mujer establece un misterioso enlace en otra dimensión mediante el cual dos carnes se vuelven una sola y pasa a llamarse sacramento lo que era fornicación. Están en su derecho, aunque ningún ser humano haya visto la otra dimensión y las dos carnes sigan siendo, evidentemente, dos carnes. Pero nadie tiene derecho a declarar que ese mismo “sí” de dos hombres o dos mujeres ante un juez civil es una “perversión”. Hay que saber callarle la boca a la Iglesia oportunamente. Decirle que la Biblia es letra muerta en asuntos legales. Hacerle ver que en una institución tan antidemocrática suena mal que ahora pretendan hablar de “mayorías” de mexicanos que se oponen al matrimonio igualitario. Contarle los muchos granos de arena que ponen para que en tantos desorientados perviva un espíritu homofóbico.

Entonces volvamos a la pregunta retórica del papa: ¿Quién soy yo para juzgarlos? Nadie, Francisco, no eres nadie. ¿Y Norberto Rivera? Tampoco es nadie para juzgar. ¿Y los representantes de las dos mil iglesias cristianas que protestan contra los matrimonios de homosexuales? Tampoco son nadie. ¿Y Dios?, preguntará alguien. ¿Quién es Dios para juzgar? Ah, hijitos míos, Él más que nadie es menos que nadie.

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