Niños sin cruzada

Semáforo.
Migrantes
(AP)

Ciudad de México

En La cruzada de los niños de Marcel Schwob hablan muchos personajes: un goliardo, un leproso, el Papa, un clérigo y algunos niños. Van en busca de Dios a Jerusalén, a ganar la Tierra Santa. Librito conmovedor, inteligente y triste. También dulce y tocado por la compasión. Mezcla de hechos reales y ficción. En 1212, entre 20 y 30 mil niños marcharon rumbo al sur de Italia; dos mil llegaron al final de la tierra firme y rezaron muchos días para que se abrieran las aguas y pasar andando. En vano; al fin se dejaron embarcar en siete naves; dos naufragaron y cinco llegaron al puerto de Alejandría; los niños terminaron vendidos como esclavos.

Aquellos niños viajaban por propia cuenta y en busca de su salvación. En eso son iguales que los que viajan a Estados Unidos desde Centroamérica y México. También su destino es parecido, aunque menos rudo que la esclavitud; quizá sea la servidumbre y el subempleo para los que tengan suerte. Y les queda la esperanza de sobrevivir, no de hallar a Dios, pero acaso logren una vida digna. Muchos otros están —qué: ¿detenidos, retenidos, guardados? Quién sabe qué clase de figura jurídica pueda definir su condición, pero son la cifra de un agujero negro en la civilización actual.

No me refiero al problema migratorio, que es cosa de burócratas y polizontes. Los niños están en un dilema de rara inexistencia: desde luego que existen como seres, pero nadie sabe cómo referirse a ellos: no pueden vivir, o sobrevivir, entre sus paisanos y el lugar a donde llegan los rechaza porque constituyen un peligro real: si los aceptan, muchos miles más intentarán llegar a Estados Unidos. Pero, si los deportan, es fácil suponer que los devuelven a vidas insoportables o a la violencia pánica. Y no se vuelve a hablar del asunto.

Y esto sucede en medio de un malestar cultural que no sabemos articular. En el corazón del Estado existe, y se incrementa, una necesidad institucionalizada (burocrática, legislativa) que llega al grado de desplazar las acciones de buena fe, llevadas a cabo por personas independientes, y ocupar ese lugar con instituciones hipertróficas y disfuncionales: despojar a Mamá Rosa para regresar a muchos niños a los ambientes de los que huían para sobrevivir, o entregarlos a un burocrático confinamiento.

Somos herederos de la ingenuidad de Rousseau y ejercemos una bondad equívoca. No podemos imaginar que los niños compartan la parte oscura de nuestra naturaleza humana. Con sobrada razón nos rebela hasta la violencia el maltrato abusivo, la pederastia, el crimen contra un ser inocente: producen muerte espiritual. Pero esta intuición se rehúsa a soportar ambages, y ¿cómo conciliar la bondad infantil con el bullying? Aún peor: ¿vamos a seguir borrando de nuestra percepción a los niños que acuden al crimen como forma de supervivencia, porque nuestra sociedad prefiere olvidarlos? ¿Cómo conciliar nuestra idea angelical con la brutal realidad de los niños sicarios que matan y descuartizan? No pretendo subvertir la belleza de la condición infantil, pero me rehúso a aceptar que los niños, hoy, terminen vendidos a la esclavitud de una existencia sin símbolos: como fieras, sin siquiera haber emprendido una cruzada.