La niña Frida

Anclada en la década de los 70, la nueva novela transita por una serie de sucesos característicos de una sociedad sostenida en la violencia, la corrupción y la hipocresía. Mucha hipocresía.
David Martín del Campo, "La niña Frida", Tusquets, México, 2017, 310 pp.
David Martín del Campo, "La niña Frida", Tusquets, México, 2017, 310 pp. (Especial)

México

¿Cuántas novelas habré leído de David Martín del Campo?

Desde Las rojas son las carreteras, opera prima que el autor entregara para su consideración, a mediados de los setenta, a Joaquín Díez-Canedo. La novela de un narrador de veinticuatro años que cuenta la aventura al mar de unos jóvenes sobrevivientes del 68, harto desencantados, más cercana a la narrativa del tipo Agustín, Sainz, García Saldaña.

Pasando por títulos como Esta tierra del amor, Alas de ángel, Dama de noche, Quemar los pozos, Las viudas de Blanco, Después de muertos, No desearás, Las siete heridas del mar, El último gladiador…, abanico de universos, algunas de ellas premiadas; además de otras dirigidas al lector infantil y juvenil.

Hasta La niña Frida, en mesas de novedades desde hace unos días, que derivado de las historias, personajes, fórmulas y guiños con las que se arma, resulta complicado recomendarle al lector sin advertir las sorpresas que encontrará en sus páginas.

Anclada en la década de los 70, la nueva novela transita por una serie de sucesos característicos de una sociedad sostenida en la violencia, la corrupción y la hipocresía. Mucha hipocresía.

Profesores de escuelas religiosas que identifican en los “primeros torrentes de hormonas” de sus alumnos “la exhalación del diablo”.

Mujeres que, siguiendo al marido, se avecindan en provincia, donde “todo mundo odia a los chilangos hasta que cumplimos el purgatorio de inquina”.

Hombres del establishment, antes de la izquierda revolucionaria, que ya como dirigentes del partido en el poder medran con la inestabilidad financiera.

Funcionarios de gobierno que vigilan periodistas y que creen que la política “concilia realidad y deseo”.

Un traficante de arte, “vil ladrón”, que recorrerá iglesias y domicilios particulares para obtener los encargos de sus clientes, lo mismo lienzos novohispanos que de la pintora Frida Kahlo.

La pareja de hermanos adolescentes (Antonio y Frida Negrín), con “madre ausente y padre espectral”, y de quienes se sospecha una “relación temeraria”.

En medio de todos ellos Max Retana, ex agente del régimen al que se le encomiendan sendas investigaciones: explicar el suicidio del pequeño Antonio, primero; encontrar al traficante desaparecido, después. Algo así como “comprender lo incomprensible”.

Todos ellos en un escenario de crisis, la sempiterna crisis del sistema político mexicano, que encabezada por el creciente rumor de un golpe de Estado incluye una largo etcétera de registros que bien incluye el novelista.

La candidatura presidencial independiente del comunista Valentín Campa, el golpe al periódico Excélsior, la devaluación de la moneda y la previa fuga de capitales, la herida abierta de la matanza de Tlatelolco en la que el propio Retana fue partícipe como integrante del batallón Olimpia, y hasta el recuerdo de “la primera vez” que nevó en la Ciudad de México, el 11 de enero de 1967.

Tragos, acostones, rompimientos maritales, hijos lejanos, desveladas, viajes a Veracruz, ángeles caídos, muertes y zopilotes… Un incierto cuadro de la Kahlo que podría revolucionar las tesis sobre su arte, a la manera de El origen del mundo, de Gustave Courbet.

Algo de lo mucho que encontrará el lector en esta nueva novela, ¡la veintitantos!, de David Martín del Campo (Ciudad de México, 1952).