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Martes , 23.10.2018 / 18:25 Hoy

Ni pensar ni imaginar

Resulta cada vez más frecuente la proliferación de libros que, incluso si se inscriben en el dominio de la ficción, lo hacen sin despegar jamás los pies de la realidad o del propio entorno.

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Hace poco leía un artículo sobre Camus, donde se abordaba la distinción que este hacía entre los filósofos de la Antigüedad y los contemporáneos, en el sentido de que los primeros dedicaban la mayor parte de su tiempo a la reflexión, y no tanto a la lectura, y cómo se había invertido en tiempos recientes, de manera que en la actualidad el oficio de filósofo consiste mucho más en leer (y comentar) filosofía, que en dedicar tiempo a reflexionar sobre las preguntas esenciales que dieron origen a la disciplina. Pocos días después leía por casualidad una entrevista con la escritora Ursula K. Le Guin (quien es, junto con Philip Roth, la única escritora que ha entrado en vida a la canónica colección de literatura gringa The Library of America), donde se lamentaba de la falta de imaginación contemporánea: “Es posible unir una gran cantidad de orcos y unicornios y guerras intergalácticas sin estar realmente imaginando nada. Uno de los problemas con nuestra cultura es que no respetamos ni entrenamos a la imaginación. Necesita ejercitarse. Necesita practicarse”.

Y es que si bien es indudable que tanto en términos filosóficos como literarios la lectura del canon precedente constituye un elemento crucial en la formación, también es cierto —y quizá es lo que señalan tanto Camus como Le Guin, cada cual a su manera, e incluso creo que hay por ahí un aforismo de Schopenhauer donde postula algo muy similar— que existe en ambos casos un elemento que no solamente no puede aprenderse por mayor erudición que se posea, sino que si el estudio sofoca ya sea a la reflexión o a la imaginación, posiblemente pueda terminar resultando contraproducente, y dar pie a obras impecables desde un punto de vista técnico o formal, pero que no produzcan ni evoquen mayor cosa en aquellos que las lean.

En términos literarios, quizá por la sobresaturación de imágenes, videos, noticias, series de televisión y demás intrusiones constantes de la realidad en nuestro espacio mental, así como por los talleres de escritura creativa que a menudo delinean una arquitectura narrativa común, que hace reconocibles las obras que de ahí emanan, resulta cada vez más frecuente la proliferación de libros que, incluso si se inscriben en el dominio de la ficción, lo hacen sin despegar jamás los pies de la realidad o del propio entorno, como si la imaginación fuera un elemento en retirada en términos narrativos. Como el mismo Camus lo dice respecto de la filosofía, no es que una cuestión sea mejor que la otra, simplemente son distintas, y dan lugar a estructuras de pensamiento o a obras literarias distintas. Quizá lo único que valdría la pena sería procurar que las modas no arrasen con todo lo precedente, pues en un caso límite en el que la filosofía terminara reducida a ser únicamente discusión académica, o la literatura a ser un registro subjetivo-periodístico de lo que sucede en nuestro mundo, aderezada por los orcos y unicornios que han estado tan en boga, seguramente perderíamos obras como las del propio Camus o Le Guin, que si bien claramente están respaldadas por cientos de lecturas específicas, adquieren una enorme unicidad al apartarse de ellas.

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