[Multimedia] Un cura endiablado

El Cine Arte del Centro Universitario Cultural fue fundado por el hermano Óscar Mayorga a mediados de los setenta en un auditorio de unas 700 incómodas butacas de madera.
Emmanuel Lubezki asistía al cineclub del CUC.
Emmanuel Lubezki asistía al cineclub del CUC. (Reuters)

Ciudad de México

El de cineclubista es un trabajo en vías de extinción. En nuestros días es muy difícil sacar a los cinéfilos de su casa. Pocos se juegan el pellejo en nuestra fea y peligrosa ciudad, como quiera que se llame: nadie se expone a un asalto, un secuestro, una tanda de tiros, un clima indescifrable con tal de ver una película de Fellini, de Bergman, de Kurosawa. Ya no tiene caso pelearse a muerte con los distribuidores por una película de arte, regatearles, suplicarles de rodillas. Tampoco hay ya salas dispuestas al sacrificio de la exhibición fílmica como una experiencia cultural, lejos de los negocios habituales en el comercio del cine. El cine en la tele y las cadenas de exhibición de paga tienen al futuro agarrado por las orejas.

Sin embargo, hay quien ha vivido esta aventura como una fantasía aspiracional. Y desde ahí, desde la nada, insiste en mantenerse vigente. Julián Pablo, un cura de la comunidad de los dominicos que trabaja en Copilco, a un lado de la Ciudad Universitaria, se ha ostentado durante largos años como responsable de la programación del Cine Arte CUC que durante años funcionó en su auditorio los sábados y los domingos. Lo he visto en la tele y en los diarios ofreciendo confusas entrevistas sobre una labor con la que en realidad nada tuvo que ver, por fortuna.

El Cine Arte del Centro Universitario Cultural, el CUC, fue fundado por el hermano Óscar Mayorga a mediados de los setenta en un auditorio de unas 700 incómodas butacas de madera. Funcionaba con unos desvencijados proyectores de carbones, pero se exhibían ahí películas de arte, clásicas de todos los tiempos y cine de autor. Acudían con frecuencia cineastas en formación y profesionales del cine que veían y reveían lo que ahí se exhibía, al lado de un nutrido público leal, curioso y a veces hasta solemne.

Al comienzo de los ochenta, el padre Mayorga recibió nuevas encomiendas de la Orden de los Dominicos y debió alejarse del Cinearte. Lo dejó en mis manos. Siempre he agradecido su confianza. A partir de sus criterios lo dirigí durante 10 años, hasta 1990, cuando se hicieron frecuentes los amagos de censura de un prior ignorante y autoritario de apellido Ulloa, que exigía la programación del año entero para tachonearla. Antes de irme le programé La vida de Brian y El exorcista, en plena Semana Santa. Poco después el cineclub desapareció.

Leí hace unos días en el diario español El País un texto que recoge como cierta la versión de que Julián Pablo se hizo cargo del Cinearte CUC. Mientras recrea brevemente la trayectoria de Emmanuel Lubezki, el texto asegura que las películas del cineclub “organizado por Julián Pablo” se proyectaban en la capilla, donde el público recibía “el sacramento de Pasolini, Bergman y Fellini”. Puras tonterías, por supuesto.

Tengo que insistir en que ese cura frívolo y mentiroso nunca tuvo que ver nada con el Cinearte CUC ni con la formación profesional de nadie. Gracias a Dios.

*Profesor-investigador de la UAM-Iztapalapa