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Viernes , 25.05.2018 / 06:58 Hoy

Nada más que intimidades

En España, uno de los países que la autora de Los recuerdos del porvenir incluyó en su exilio, lo que más importa son los detalles de su “atormentada” vida personal


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Víctor Núñez Jaime

El equipo de Drácena, una editorial española independiente centrada en “difundir textos editados y extraviados en el tiempo de autores en castellano”, llegó a la conclusión de que para vender a la nueva autora de su catálogo, una mexicana ya fallecida y poco conocida por estos lares, era necesaria una faja con “una frase de contexto” que acompañara al libro. Por eso, sobre la portada en blanco y negro de Reencuentro de personajes colocaron una tira de papel rojo carmín en la que se leía en letras blancas: “Mujer de Octavio Paz, amante de Bioy Casares, inspiradora de García Márquez y admirada por Borges”. La distribuidora envió la casi totalidad del tiraje (mil ejemplares) a las librerías y algunas de ellas pusieron en sus respectivas mesas de novedades la historia protagonizada por Verónica, amante de Frank, un asesino que se jacta de haber inspirado a algunos de los personajes de Scott Fitzgerald. Pronto alguien, en alguna librería, enfocó la cámara de su teléfono celular en el libro, colgó la fotografía en sus cuentas de Twitter y Facebook y con ello desató una ola de comentarios en contra de la “definición machista” de una de las escritoras fundamentales de la literatura en lengua española.

La frase de esa faja no solo es machista sino, sobre todo, la síntesis de la imagen que se tiene de Elena Garro en España, donde en los últimos días, debido al centenario de su nacimiento, la prensa se ha ocupado de ella. En cada reportaje se hace referencia a Los recuerdos del porvenir (solo a este libro) como una “obra clave para el realismo mágico, la corriente literaria más emblemática de Latinoamérica”, pero se abunda, sobre todo, en los detalles de su “atormentada–tremendita–fatalista” vida personal. En la civilización del espectáculo (Vargas Llosa dixit) y, concretamente, en un “país de cotillas”, lo más frívolo de la cultura es el anzuelo para atrapar al público. La vida conyugal, el divorcio, el amasiato, el espionaje, la decadencia… opacan la obra (sin analizar) en las páginas culturales que cada vez se parecen más a las revistas rosas.

Hace unas semanas, el diario El Mundo ofreció a sus lectores un amplio perfil titulado “Elena Garro: la madre maldita del realismo mágico”, en el que destacaba: “En el centenario de su nacimiento, México redime a la escritora, ex mujer de Octavio Paz, coinventora de un género literario que rechazaba, y sentenciada en su época por alta traición a la intelectualidad patria”. Incluye declaraciones de la biógrafa Patricia Rosas Lopátegui y del investigador Carlos Castañeda sobre los elementos y hechos “que permiten entender” la vida de “una mujer atractiva, rubia, parecida a Tippi Hedren, sobria y elegante”.

“Creo que Elena Garro amó a Octavio Paz, pero pronto sintió el yugo del machismo y de la egolatría de Paz. Eran dos personalidades e ideologías opuestas. Paz siempre en los linderos del poder y de la gloria, y Garro en defensa de una literatura crítica sin concesiones y en pro de las víctimas de los oligarcas. Paz en el poder; Garro en contra de él. Fueron la pareja que nunca lo fue, al decir de Elena Garro”, dice Rosas Lopátegui en El Mundo. “La culta, bella y cautivadora mujer no duda en posicionarse y reivindicar las marchas rurales frente al grupo de intelectuales izquierdistas de la ciudad de México que de alguna manera desprecia. […] Tras la masacre del 2 de octubre de 1968, queda en medio de un fuego cruzado. Para la intelectualidad mexicana es una delatora que da a los servicios secretos nombres de las personas involucradas en las revueltas. El escritor Carlos Monsiváis la califica de ‘cantante del año’. A su vez, los servicios secretos, entre los que tiene amigos y detractores históricos, le exigen colaboración para salvarse de la pira intelectual y ella entra en total paranoia persecutoria”, dice el texto sobre la escritora que “murió en una pocilga miserable, donde fumaba sin parar, entre decenas de gatos”.

Bajo el título “Elena Garro, una escritora contra sí misma”, el periódico El País subrayó: “México celebra el centenario del nacimiento de la autodestructiva autora, envés obsesivo de Octavio Paz”. El reportaje se centra en el fatalismo de la vida de la autora fallecida en 1998. “Hipérbole de sí misma, seductora y delirante, la vida de la más enigmática escritora mexicana del siglo XX es aún una herida abierta en México y Latinoamérica. […] Novelista, dramaturga y poeta, Garro hizo de su existencia un cuento absurdo, pero dio al mundo una literatura que solo ahora, en el centenario de su nacimiento, empieza a contemplarse en toda su inmensidad”, afirma. Y más adelante especifica: “El naufragio del matrimonio ­con Octavio Paz era evidente. Nada lo podía salvar, pero el divorcio no llegó hasta 1959. Y con dolor. Paz acudió a Ciudad Juárez y tramitó una separación exprés. Garro se enteró por una notificación judicial. Con aquel papel, el poeta soñó enterrar el vínculo, algo que jamás lograría. ‘Ella es una herida que nunca se cierra, una llaga, una enfermedad, una idea fija’, llegó a decir”.

El Heraldo de Aragón ha preferido centrarse en “La pasión de Elena Garro y Adolfo Bioy Casares”. En su sección de Cultura, relata a la manera de un folletín los tres encuentros que tuvieron la mexicana y el argentino, así como la relación epistolar entre ambos. “Se conocieron en París en 1949, en el hotel George V. En esa primera cita, cuando los dos tenían sus respectivas parejas, pasó algo entre el seductor y la joven escritora. Hubo una atracción inmediata, una curiosidad recíproca. Bioy hizo lo posible para concertar un encuentro en un bosque de las afueras (Paz era diplomático y estaba ocupado) y se dice que caminaron, que hablaron, que se besaron y que alquilaron una pensión para pasar unas horas juntos. A partir de entonces, Bioy y Garro iniciaron una intensa correspondencia. La remitida por el autor de El sueño de los héroes, una novela que es casi un documento sobre su relación clandestina y apasionada, consta de 91 cartas, 13 telegramas y tres tarjetas postales, enviadas durante 20 años, hasta 1969”. El diario más leído en Zaragoza, Huesca y Teruel, no escatima en detalles: “Helena Paz Garro supo por las palabras de su madre las claves de la historia de amor y en cierto modo también la vivió. En sus Memorias (Océano, 2003) revela que su madre se quedó embarazada de Bioy y que la situación provocó el enojo de su padre, Octavio Paz, que habría obligado a abortar a su esposa. Según Helena, Paz le dijo a su madre: ‘Ese niño legalmente es mío. Cuando nazca se lo voy a mandar a mi madre. Y si tú te vas con Bioy, no vuelves a ver a Helena, pues el diplomático y el que tiene el poder soy yo. La embajada me apoyará, ¡pobre estúpida!’”.

No sería de extrañar que la editorial Drácena se haya basado en textos periodísticos como éstos para hacer la faja en la que define a la nueva autora de su catálogo como mujer, amante e inspiradora, antes que novelista, cuentista y dramaturga. Después de que, en ambos lados del Atlántico, las redes sociales estallaran contra “la frase machista”, hace unos días Drácena le pidió a su distribuidora que quitara las fajas de todos los ejemplares esparcidos por un puñado de librerías españolas. Quién sabe, pero es probable que tras el escándalo pronto tenga que llevar a cabo la primera reimpresión del libro.

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