Cien años con Raúl Anguiano

El jalisciense fue uno de los artistas plásticos más importantes del siglo XX mexicano.
Anguiano, considerado el último muralista de la Escuela Mexicana de Pintura, plasmó en dibujos, litografías, lienzos y muros del México rural e indígena.
Anguiano, considerado el último muralista de la Escuela Mexicana de Pintura, plasmó en dibujos, litografías, lienzos y muros del México rural e indígena. (Cortesía del INAH)

Ciudad de México

"Me gusta que la gente vea mi obra, que opine, que la analice, que le cause satisfacción", decía el pintor Raúl Anguiano, de quien hoy se conmemora el centenario de su nacimiento. "El arte es mi religión. Me he dedicado a él por muchos años y sigo pintando todo el tiempo, todos los días, hasta que se acaba la luz", dijo alguna vez.

Considerado el último muralista de la Escuela Mexicana de Pintura, Anguiano plasmó en dibujos, litografías, lienzos y muros el México rural e indígena, sus fiestas, tradiciones, religión, paisajes, faenas y vida cotidiana. Parte del legado de este notable artista son dos murales que realizó en 1964 en el Museo Nacional de Antropología (MNA).

La creación del hombre maya —inspirado en el Popol Vuh— y Deidades de Mesoamérica realzan la historia de las antiguas culturas en las salas Maya y de Servicios Educativos del MNA, donde, a invitación del presidente Adolfo López Mateos y del arquitecto Pedro Ramírez Vázquez, Anguiano creó estas dos obras monumentales en las que aborda la cosmología maya y mesoamericana.

En La creación del hombre maya, el artista alude al origen divino de los hombres a partir del maíz, según el libro sagrado de los quichés de Guatemala. En este mural, Anguiano optó por la libertad interpretativa de las religiones antiguas y muestra a un pintor de estilo realista, cuyas figuraciones contrastan con el empleo de una superficie cóncava y el uso de modelos plásticos tomados de códices.

En tanto, Deidades de Mesoamérica recrea mitos y símbolos con una función didáctica, destacando la personal idiosincrasia y estilo artístico de Anguiano.

El pintor reconocía en su obra la influencia de diversos estilos, pero sobre todo del arte mexicano, en particular —decía— del arte azteca, que produjo obras tan extraordinarias e imaginativas como la Coatlicue o la Coyolxauhqui. "Es un arte fantástico, con un sentido simbólico muy fuerte. El arte prehispánico se defiende solo. Es parte de nuestro pasado y nuestro presente. Ha influido en diferentes pintores de profunda sensibilidad, como Rivera, Orozco, Siqueiros y Tamayo; también en Alfredo Zalce, José Chávez Morado y en mí, quienes hemos continuado con esta tradición, pero renovándola".

Nostalgia del paraíso perdido

Nacido en Guadalajara, Jalisco, el 26 de febrero de 1915, desde pequeño dibujaba a toda hora y en cualquier espacio, por lo que su madre, Abigail Valadez, le compró cuadernos para que no rayara las paredes. De esta primera etapa, Anguiano conservaba dibujos de los actores cinematográficos Elmo Lincoln y Mary Pickford, a quienes admiraba, así como del matador taurino Rodolfo Gaona y de Venustiano Carranza.

La observación constante de la reproducción en blanco y negro de la Sagrada Familia, del pintor florentino Rafael Sanzio, que colgaba en una de las paredes de la casa de su abuela paterna, desarrolló en él un particular gusto por lo clásico y una inclinación por el dibujo fuerte, preciso y riguroso.

A los 12 años, ingresó a la Escuela Libre de Pintura, en el Museo Regional de Guadalajara, y fue así como despuntó su carrera de pintor, apoyado por el director del colegio, el maestro Juan Ixca Farías. Posteriormente, conoció a José Vizcarra, con quien tomó clases de pintura y alentó fuertemente su vocación.

Decidido a probar fortuna en la Ciudad de México, a la cual llegó en 1934, estableció contacto con los pintores Roberto Reyes Pérez, Máximo Pacheco y Juan Manuel Anaya, con quienes formó una sociedad denominada Alianza de Trabajadores de Artes Plásticas, a la que también pertenecía Jesús Guerrero Galván. Dicho grupo se unió posteriormente a la Federación de Escritores y Artistas Proletarios, encabezada por el escritor José Muñoz Cota.

Influido por los grandes muralistas como Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco, a quien Anguiano consideraba el más grande pintor del siglo XX, también admiró la obra de los impresionistas, como Paul Cézanne, Claude Monet y Édouard Manet, así como de Diego Velázquez y Francisco de Goya. Sus viajes a Europa y a Nueva York generaron en él una gran creatividad y poco a poco fue desarrollando su propio estilo.

"Para mí, el arte es la nostalgia del paraíso perdido, una vuelta al origen, a lo primitivo, hacer híbridos como el cubismo, que es una mezcla de la construcción geométrica de Cezzane y del arte africano", decía sobre su quehacer artístico.

Nacional, no nacionalista

La espina, su obra cumbre, está inspirada en María, una mujer lacandona a quien Anguiano conoció en una salida a esa selva chiapaneca en 1949. Tras este suceso, el pintor dedicó un espacio muy amplio en su pintura a las mujeres indígenas, pintando sobre todo a tehuanas, juchitecas, y en general dedicó a las mujeres del Istmo, vivamente interesado en el colorido y la plástica étnica de esta entidad.

Luego de ese viaje, realizó más de 70 dibujos y acuarelas sobre diversos aspectos de la vida cotidiana de las comunidades lacandonas. También pintó a grupos mayas, chamulas y huicholes.

"Siempre he plasmado lo que he visto: los paisajes, los habitantes, los campesinos y peones de los ranchos..., he pintado México. Mi obra está enraizada en la tierra y cultura que me formó. Mi obra es nacional, no nacionalista", decía Anguiano con vehemencia.

En 1935 presentó su primera exposición en el Palacio de Bellas Artes titulada Raúl Anguiano y Máximo Pacheco. Ese año se fundó la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios. Los artistas más activos abandonaron la agrupación y fundaron el Taller de Gráfica Popular, con creadores como Leopoldo Méndez, Alfredo Zalce, Ignacio Aguirre, Ángel Bracho y el propio Anguiano.

Participó en bienales internacionales de Tokio, Venecia y Brasil, donde le otorgaron una medalla de oro por su óleo Dolientes, así como en exposiciones colectivas de pintura mexicana en Los Ángeles, San Diego y Sacramento, California, en Estados Unidos.

Su obra pasó por diferentes etapas: surrealista (1938-1942), realista (años cuarenta), expresionista (1957-1966), cinética (1962-1969) y nuevamente realista (a partir de 1970). Ejemplos de su trabajo muralístico pueden apreciarse en la Cámara Nacional de Comercio de la Ciudad de México, el Museo Nacional de Antropología, la Secretaría de Relaciones Exteriores y la Procuraduría General de la República, entre otros espacios. En su trayectoria como muralista es considerado parte de la segunda generación, junto a figuras como Juan O'Gorman, José Chávez Morado y Jorge González Camarena.

Para la consecución de su obra también le fueron favorables las musas; una de las más importantes fue Brigita Anguiano, su compañera de vida.

Entre los reconocimientos que obtuvo destacan el Premio Nacional de Ciencias y Artes (2000) y la Medalla al Mérito Cívico Eduardo Neri, otorgada por la Cámara de Diputados (2005). En 1968 fue nombrado vicepresidente de la Asociación Mexicana de Artes Plásticas, y en 1982 pasó a ser Académico de número de la Academia de Artes de México.

Anguiano continuó su trabajo plástico hasta el 13 de enero de 2006, cuando falleció en la Ciudad de México.

La figura adusta del longevo maestro convocaba la respetuosa atención de quienes tenían oportunidad de encontrarse con él, porque la honda espiritualidad que animaba su personalidad, parecía emanar cada uno de sus gestos y palabras.

Raúl Anguiano fue uno de los grandes pintores de México; nunca hizo falta ser un especialista para llevar impresas en la memoria algunas de sus obras. Gracias a él tenemos claro que el maíz es el centro vital de nuestra patria y que provenimos de grandes culturas ancestrales.