Unos cantantes y la intervención de Muti

Semáforo.
El director de orquesta italiano.
El director de orquesta italiano. (Rosenberg)

Ciudad de México

Hoy me entrego a mi placer mayor: la música. Y propongo un juego y, al final, un desafío. Unas comparaciones entre cantantes populares y de ópera. Y dejo los títulos de los videos que hallé en YouTube, entre paréntesis.

De Cecilia Bartoli podría hablar horas. No es mi favorita, pero es admirable en muchos aspectos: su técnica, su dicción, la belleza vocal, su registro amplísimo (como Mezzo lírica, incluso coloratura —aunque muchos solo aceptan la distinción de coloratura en la tesitura de soprano— y hay quien afirma que tiene un rango de tres octavas, cosa vista solo en Willie The Whale). Elijo esta grabación, defectuosa y todo (supongo que “pirata” y grabada desde algún palco, por un señor con catarro: 4:35), porque muestra la “proyección” de la voz desde un evidentemente lejano escenario. Es un aria de Rinaldo, de Häendel, una ópera muy difícil de interpretar, emocionante, desafiante... y esta pieza es un lamento (“deja que llore mi cruel suerte...”), indicada para una mezza voce, con muchos pianos y pianissimos. Cantar en un “volumen bajito” y lograr que la voz llegue a todos lados, sin perder ni musicalidad ni expresividad es muy, muy difícil. (Busque: “Cecila Bartoli: Lascia ch’io pianga LIVE 1992!”).

Barbra Streisand es una gran cantante popular (“Barbra Streisand-Lascia ch’io pianga”). Canta con la nariz y es cantante de micrófono, pero es estupenda, en lo suyo. Sin embargo, hay que oírla aquí para deslindar el terreno: el tiempo dictado por el metrónomo (e incluso lo pierde, a los 0:06’’), rapidito (para que ninguna nota exija ser sostenida por más tiempo que el indispensable), mecánica, con un registro desigual entre graves y agudos (algunos en falsete)... Zapatero, a tus zapatos. Queremos mucho a la presumida de la Streisand, pero aquí es igual que Evo Morales jugando futbol con la selección boliviana: un fiasco.

Pongo otro ejemplo, una canción famosa. La hizo más famosa Pavarotti que su compositor, Lucio Dalla. Aquél es un tenor lírico con una voz hermosa y grande, de alta técnica, de gran proyección, con un registro parejo; éste, un cantante común, con una voz que nunca fue importante, gutural, chiquita hasta en el micrófono, de registro desigual. Un gigante y un enano. Pero no: además de que Pavarotti es uno de los peores acontecimientos escénicos, es una gran voz, no un gran intérprete. Hermosa sonoridad en un saco de papas de donde, de vez en vez, emerge una mano santaclosina (“Pavarotti ‘caruso’ ”). En cambio, aquí queda una de las últimas apariciones de un Lucio Dalla ya tocado por la enfermedad: sin voz, roto, tanteando sus propias notas, a ver si llega o frena... y no importa. (Lucio Dalla-Caruso-Live In Verona).

Y, todo esto, ¿a qué viene? A una intervención que hizo Riccardo Muti, a mitad de un Nabucco, donde participa el público. Vale para Italia, pero también para acá. Se entiende: no podemos suponer que la cultura es responsabilidad del Estado. (Va’ pensiero... Riccardo Muti speaking about Italian culture, Opera di Roma, 12.03.2011).