[Multimedia] Eterna agonía

Tal vez sea verdad. Unos cuantos días antes de la última ceremonia de entrega de los premios Oscar en el Teatro Dolby de Los Ángeles, alguien dio la voz de alarma: en el lugar había cucarachas.
Al comienzo de 2012 se hizo público lo que era un secreto a voces: la Kodak estaba al borde de la quiebra.
Al comienzo de 2012 se hizo público lo que era un secreto a voces: la Kodak estaba al borde de la quiebra. (Reuters)

Ciudad de México

Dicen que en los desastres solo se salvan las cucarachas. Tal vez sea verdad. Unos cuantos días antes de la última ceremonia de entrega de los premios Oscar en el Teatro Dolby de Los Ángeles, alguien dio la voz de alarma: en el lugar había cucarachas más o menos dispuestas a compartir la glamorosa jornada con un montón de celebridades.

Es posible que los bichos fueran los sobrevivientes de los viejos tiempos, cuando el Teatro Dolby, un inmueble construido prácticamente de acuerdo con las necesidades de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Estados Unidos, era conocido como el Teatro Kodak. La empresa fabricante de una vasta gama de artículos para la fotografía y el cine presumía su marca con grandes letras doradas en la fachada del edificio a cambio de 75 millones de dólares pagaderos a lo largo de 20 años. El gasto no significaba prácticamente nada para un consorcio que controlaba en los hechos el mercado entero.

Al comienzo de 2012, cuando un buen número de sus ejecutivos comenzó a buscar trabajo en otra parte, se hizo público lo que era un secreto a voces: la Kodak estaba al borde de la quiebra. En poco menos de 10 años, sus ventas se habían derrumbado hasta 96 por ciento. Las tecnologías digitales, un mercado que muy poco se había preocupado por explorar, la habían destronado estrepitosamente.

Con miles de empleados gestionando sus centenares de patentes, la empresa hizo circo y maroma para no hundirse del todo en el desastre financiero: pidió créditos, vendió parte de sus activos, trató de hacerse chiquita. Hasta que finalmente se declaró en quiebra en aquellos días, con una deuda encima de casi 7 mil millones de dólares.

Las letras doradas con el nombre de la firma cayeron enseguida de la fachada del Teatro Kodak. Solo quedaron ahí las cucarachas. Ahogada en compromisos y deudas de todo tipo, incluidas las obligaciones con sus empleados despedidos y jubilados, la empresa pasó luego por un periodo de profunda reconversión. No solo quería sobrevivir, también deseaba recuperar en lo posible su posición. En medio de los progresos constantes de las tecnologías digitales, sus aspiraciones parecían más bien sueños imposibles.

Sin embargo, Kodak vivió hace unos días una experiencia semejante a un milagro que la hizo suspirar aferrada a la esperanza, al menos por el momento. Nadando a contracorriente, consiguió concretar un acuerdo que negociaba desde el año pasado para seguir fabricando película con las grandes productoras cinematográficas de Hollywood como clientes, entre ellas Disney, Fox, Paramount y Sony.

Tal vez las letras con el nombre de la firma no regresen nunca al escenario de los premios Oscar, pero Kodak ha logrado en lo inmediato otro milagro a medias, más allá de su angustiosa sobrevivencia: conseguir que el cine se siga haciendo en celuloide mientras la mayoría de los realizadores están emigrando hacia los formatos digitales.

*Profesor-investigador de la UAM-Iztapalapa