En manos del destino

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Ciudad de México

Jodie Foster ha vivido con miedo cada minuto de los últimos 33 años. Como una exitosa Lolita de su tiempo, joven, bella y muy talentosa, su futuro parecía de fama y fortuna en Hollywood, lejos de cualquier adversidad. Pero la tarde del 30 de marzo de 1981 su vida cambió de golpe. John Hinckley Jr., un desequilibrado mental, arremetió a tiros ese día contra el entonces presidente estadunidense Ronald Reagan a su salida de un acto público en un hotel en Washington. Interrogado por la policía, dijo que había planeado el atentado para impresionar a Foster. El rostro de la actriz no salía de su cabeza. La niña prostituta que interpretaba en Taxi driver se le había convertido en una obsesión. Es posible que Martin Scorsese, el realizador de la cinta, viva con miedo desde entonces. El actor Robert de Niro también.

Poco después del atentado contra Reagan, Foster hizo un alto en el camino. Se tomó un tiempo para ocuparse de sus estudios universitarios, aunque en realidad trataba de sacudirse el fantasma de Hinckley. Para entonces, una casa de subastas había puesto a la venta una carta de su autoría en la que mencionaba su intención de asesinar a Foster y suicidarse después.

Reagan, que había llegado a la presidencia poco más de dos meses antes, salió de la balacera con un pulmón agujerado a la altura del corazón. Dos agentes de seguridad y James Brady, el jefe de prensa de la Casa Blanca, resultaron heridos también. Hinckley fue remitido enseguida a un centro de atención psiquiátrica.

Entre todas las víctimas directas o indirectas de los desvaríos de Hinckley, incluida Foster, quien sacó la peor parte en el atentado fue Brady. Una bala se alojó en su cabeza y lo mantuvo a las puertas de la muerte durante un buen rato. Las imágenes que lo mostraban tendido en el suelo en un charco de sangre y consciente conmocionaron al mundo. Inteligente y carismático, quedó atado a una silla de ruedas luego de una serie de cirugías que milagrosamente salvaron su vida. Sin embargo, hasta su muerte, el 4 de agosto a los 73, sufrió con problemas en el habla y la memoria y agudos dolores permanentes.

Con unas cuantas semanas en el cargo, tal vez no tuvo tiempo de formarse una idea clara a propósito de los proyectos de Reagan, un presidente guerrerista, empeñado en el ruidoso y sangriento monólogo del armamentismo. Apenas recobró lo que quedaba de su zarandeada existencia dedicó toda su energía a luchar por el control de las armas en Estados Unidos, un país en manos de sujetos como Hinckley y Reagan. En eso estaba cuando se fue para siempre.

Como la de Foster, la de Scorsese y De Niro, su suerte fue marcada por la fatalidad. Los forenses sostienen que Brady murió a consecuencia de las graves lesiones que le causó la bala de Hinckley, pero parece imposible emprender cualquier acción legal contra el responsable de tantas desgracias. Hace tiempo fue declarado inocente por insania mental.

 

*Profesor-investigador de la UAM-Iztapalapa