Amores difíciles

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Multimedia. (AFP)

Ciudad de México

Como sucede con la mayoría de las parejas, el cine y la literatura han vivido durante largos años una relación escasamente feliz, amarga casi siempre y a menudo marcada por la traición. Sucede con frecuencia que cuando las cosas marchan bien todo mundo celebra los esfuerzos de las partes para alcanzar un momento de armonía en la atormentada vida en pareja. Aunque hay que decir también que más de una vez los testigos ni siquiera se dan cuenta de los empeños particulares de una u otra parte para aparecer en público con cierta dignidad. Recordaba hace unos días cómo Pamela Lyndon Travers, la discreta escritora británica de origen australiano, odió hasta su último respiro a Walt Disney por la manera como redujo a escombros su fantasiosa novela Mary Poppins, poblándola en su versión fílmica de muñequitos animados y canciones ñoñas del tipo de "Supercalifragilísticoespialidoso". Dicen que cuando vio la película en la función de estreno lloró y lloró sin parar.

El realizador estadunidense John Huston construyó una espléndida filmografía incursionando muchas veces en la adaptación de obras literarias. Se le recuerda con merecida admiración por sus versiones fílmicas de Moby Dick o de Dublineses, su última película, pero cuando se aventuró con la adaptación de Bajo el volcán, la novela célebre de Malcolm Lowry, se encontró de frente con un estrepitoso fracaso. El venerado escritor británico había muerto muchos años atrás, de manera que nunca pudo reclamarle sus abundantes desaciertos. Muchos autores fallecidos han sufrido afrentas similares sin la menor posibilidad de defender su obra.

Como sucede con muchas parejas, parece que una vez consumado el matrimonio no hay nada que lo disuelva. Es como una suerte de maldición. Ni patalear es bueno, como le sucedió a Lyndon Travers cuando le suplicó a Disney que le devolviera un poco de la dignidad robada a su texto original. No le concedió ni una sola modificación.

Pero hay casos extremos. Cuando a finales de los cincuenta un oscuro productor y realizador francés, Michel Gast, se decidió a emprender la versión fílmica de Escupiré sobre sus tumbas, la prohibida novela de Boris Vian, nunca imaginó que quedaría señalado para siempre como el culpable del ingrato destino del autor. Después de muchos forcejeos, Vian entregó una adaptación kilométrica de su obra. Cuando se le pidió una versión más breve, respondió con solo cinco cuartillas. Acabó del chongo con Gast, que se lanzó por su cuenta a la adaptación de la obra. Las cosas se complicaron de tal manera que los productores le prohibieron incluso su presencia en el estreno de la cinta. Pero Vian, que no perdía la oportunidad para quejarse en público o en privado por el trato que le daban los cineastas a su texto más exitoso, se coló a la función. Hundido en su butaca, solo alcanzó a musitar con rabia: "Qué le hicieron a mi novela". Murió enseguida, fulminado por un violento infarto.

*Profesor-investigador de la UAM-Iztapalapa