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Viernes , 19.10.2018 / 07:36 Hoy

[Multimedia] La sonrisa de la reina

Si alguien le ha mirado la vagina a alguna reina no será para andarlo contado por ahí a todo el mundo. No al menos si ese alguien, sin duda un noble, un playboy o quizá una ayuda de cámara, sabe lo que es la discreción.

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Si alguien le ha mirado la vagina a alguna reina no será para andarlo contado por ahí a todo el mundo. No al menos si ese alguien, sin duda un noble, un playboy o quizá una ayuda de cámara, sabe lo que es la discreción.

Hace unos 150 años, Gustave Courbet dejó a los franceses con la boca abierta cuando mostró su cuadro El origen del mundo, con el perfecto coño velludo en primer plano de una mujer sin rostro. Ciertamente en esa imagen sorprendente había algo de enigmático, una suerte de misterio por revelarse. Rechoncho, izquierdoso, de mirada penetrante, metido hasta las barbas en el realismo, Courbet dio tal golpe entonces que el mundo aún no se acaba de recuperar después de enterarse de pronto del significado cabal de esa suerte de socarrona sonrisa vertical.

Alguien pensó que detrás de El origen del mundo debería existir necesariamente un rostro y se dio a la tarea de buscarlo. Hace un par de años un investigador anónimo que dedicó varios años a la búsqueda de ese rostro dijo haberlo hallado. Era un pequeño cuadro con el rostro de una mujer, que contradecía con su gesto tenso, casi rígido, la serena belleza de un cuerpo relajado. Dedujo que la obra célebre por su atrevimiento habría sido mutilada en dos partes y a algunos llegó a convencer. Como sea, está claro que la esencia del cuadro que se exhibe en el parisino Museo de Orsay no está en rostro alguno, sino ahí donde todos ponen la mirada sin poder evitarlo.

El año pasado, una joven artista performancera entró parsimoniosamente al recinto museístico, se sentó en el piso bajo el cuadro de Courbet, alzó su vestido y dejó ver que el origen de todas las cosas en este mundo seguía estando ahí, en medio de sus piernas, en ese pequeño abismo generoso. Por si alguien pensaba que se había mudado a otro sitio.

A pesar de todo, muchos se siguen espantando en París con una verdad que no admite dudas. En estos días Anish Kapoor, un artista indo-británico, trae de cabeza a los franceses con una obra escultórica recién montada en los Jardines de Versalles, en las inmediaciones del antiguo domicilio de la monarquía francesa. Su pieza en acero, enorme, desconcertante, provocadora, yace en el césped entre pedruscos con sus 10 metros de altura y 60 de largo. Parece un cuerno de la abundancia, pero lleva por título Dirty Corner. Conmocionados, los franceses la han identificado como “La vagina de la reina”. No saben qué hacer para cubrir la impudicia, para apartarla de las miradas curiosas de los niños y los turistas. Viven días de escándalo, como en los tiempos de Courbet.

Tan aterrados están que no se han fijado en que ese descomunal cucurucho metálico tumbado entre los árboles en nada se parece a lo que dicen que es. La confusión se debe tal vez a que nadie ha visto la vagina de una reina, de modo que no se sabe bien a bien cuál es su apariencia. Y si alguien la ha visto no se ha atrevido a acallar el escándalo.


*Profesor-investigador de la UAM-Iztapalapa



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