“Las mujeres, más libres de lo que nos hacen creer”: Melissa Fernández

Su pasión son los hombres y por eso los estudia. Le gusta la danza porque la música cobra vida en su cuerpo; es viajera, no turista, y una lectora incansable de poesía y filosofía que se mantiene ...
Melissa Fernández Chagoya
Melissa Fernández Chagoya (Arturo Bermúdez)

Ciudad de México

Melissa pertenece a la cuarta generación de mujeres nacidas en la Ciudad de México. Mujeres, señala, “poderosas, admirables, valientes”. “De niña me imaginaba usando tacones —como lo hace mi mamá, lo hacía mi abuela—, vistiendo traje sastre y medias de seda. Con ese aspecto deseaba luchar por las causas perdidas, quería ser abogada. Un amigo antropólogo me invitó a hacer trabajo de campo. Ahí descubrí que había otros mundos. Resolví estudiar antropología social en la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Estuve en comunidades indígenas purépechas y nahuas de Michoacán. Mis temas desde entonces eran sexualidad y género. Me volví feminista. Una feminista rara porque estudiaba a mujeres y hombres, y a ambos como sujetos genéricos, sexuados”.

 

¿Por qué te interesa la sexualidad?

Además de experimentarla a temprana edad, comenzar a disfrutarla años después y gozarla enteramente en la actualidad, opté por investigar las costumbres de las y los indígenas, sobre aquello que no era capaz de responderme a mí misma. Finalmente me titulé con una tesis sobre estos temas, realizada en Ostula y Colola, en el municipio de Aquila, Michoacán; justo donde hoy vemos que se da el fenómeno de las autodefensas.


Después fuiste a estudiar a Santiago de Chile, ¿por qué?

Chile representaba dos cosas: la promesa de América Latina por tener una presidenta de izquierda en Michele Bachellet, y la nostalgia de Salvador Allende. Estudié la Maestría en Estudios de Género y Cultura en la Universidad de Chile. Como dice Virgine Despentes, cineasta y novelista francesa, “yo nunca fui temeraria pero sí muy inconsciente”. Me fui sin beca ni dinero, con dos maletas y mucha ansiedad por descifrar lo que tenía para ofrecerme el mundo. Hice una maestría en género, y me especialicé en los hombres y sus masculinidades.

Fui hija única, la princesita consentida; no había vivido sola, ni trabajado. Llegué en 2007 a Santiago de Chile con inocencia y agallas. Fui mesera —uno de los oficios más nobles y explotados del mundo— en un bar con estilo folclor “mexicano” donde yo era parte de la variedad y del folclor. Compartí departamento con cualquier cantidad de sujetos genéricos y, finalmente, me emparejé, jugué a la casita, adoptamos a un precioso gato negro que a la fecha sigue conmigo: me lo traje de Chile porque en la ruptura y repartición de bienes gané la patria potestad, nada más.

Me titulé de la maestría con mención honorífica. Mi tesis fue publicada por excelencia académica. El Comité Académico, conformado por feministas históricas sudamericanas de los años setenta y ochenta, encontró novedoso que una mujer joven hubiera estudiado a los hombres sin que por ello estuviera siendo desleal a la causa de las mujeres.

A mi regreso de Chile encontré un trabajo bien pagado en el Inmujeres; aguanté la burocracia federal un año y renuncié. Así llegué a Género y Desarrollo, donde soy investigadora. Gendes es una asociación civil de hombres y mujeres feministas que buscan desafiar la masculinidad imperante. Ese lugar cambió mi vida regalándome amistades y enseñanzas. Otra pasión son mis clases, en la ENAH doy Antropología sexológica y Teorías contemporáneas de género.


Mujer feminista, heterosexual, que estudia la masculinidad…

Estoy por terminar en la UAM-X el Doctorado en Ciencias Sociales con una investigación en Mujer y relaciones de Género. Hice una estancia doctoral en París, en la Université de Paris 7. París, París… je t´aime Paris. Ahra trabajo mis pasiones: los hombres y el feminismo, mediante una polémica tesis intitulada: “¿Hombres feministas? Activistas contra la violencia hacia mujeres en México. ¿Los hombres pueden ser feministas?”. Es una pregunta que he tenido respondido a profesores y profesoras, colegas feministas e incluso a quienes no tienen acercamiento alguno al feminismo y, aún así, les suena raro.

En mi adscripción política al feminismo tampoco fue casual hacer un doctorado feminista y estudiar en éste a los hombres, sé que es una paradoja. Algunos días amanezco optimista y convencida de que sí pueden ser feministas los hombres, y me conviene creerlo ya que hasta ahora no conozco otra vía teórica y política para lograr la igualdad entre mujeres y hombres, para desestabilizar la lógica de género que durante siglos ha mantenido, a nosotras las mujeres, sometidas, y a los hombres de una o varias maneras también.

Mi postura no siempre es bien recibida por feministas de los sesenta y setenta, algunas me han llamado “postfeminista”, otras “desertora del feminismo”. En fin, de opiniones está hecha la verdad. Mi verdad es que siendo mujeres no hay manera de no relacionarnos con los hombres, nuestra lucha ha cambiado al mundo y en el mundo hay mujeres y hombres. Es el momento de cambiar, renunciar a los imperativos del género que nos resultan cómodos, pero también costosos; y es en esas facturas que nos pasa la historia, donde cabe preguntarnos si el camino a seguir es reconstruir identidades genéricas. Las mujeres somos, en palabras de Monique Wittig, filósofa francesa, lo que no es, la creación del género por oposición. Somos el polo opuesto, pero complementario. Somos mujeres en contraparte de los otros, que son los hombres.


¿Tu propuesta es dejar de ser “hombres” y “mujeres”?

Me encanta ser mujer pero estaría dispuesta a renunciar a esa identidad pues el género, categoría política que da cuenta de las relaciones de poder entre los cuerpos socioculturalmente sexuados, es tan permisivo como cruel y vertiginoso. No existe una esencia ni femenina ni masculina, mucho menos una naturaleza femenina o masculina, luego entonces, renunciemos al género. ¿En qué nos convertiremos? El destino lo hacemos nosotr@s. Lo que sé y me consta es que vivir el género desde la feminidad y la masculinidad no se traduce en justicia: en prácticas sociales y culturales igualitarias, dignas. Michel Foucault, filósofo francés, dice que “quizás el objetivo de hoy en día no sea descubrir lo que somos sino rehusar lo que somos… tenemos que imaginar y desarrollar lo que podríamos llegar a ser”.


¿Qué deseas?

Que “en mi país la gente viva feliz aunque no tenga permiso”, tomo prestada la frase de Mario Benedetti para manifestar que deseo que se acabe el feminismo, es decir, que no haya necesidad de él: que la igualdad y la justicia no sean utopías. Deseo que no sea un acto revolucionario salir con minifalda a la calle, que no vivamos con miedo, que hagamos uso de los espacios de día y de noche, ocupemos lugares de poder y lo ejerzamos, que derrumbemos al Estado patriarcal y no haya necesidad de que éste “nos proteja” pero sí el imperativo de que nos respete, a nosotras, las mujeres. Deseo que la dignidad sea lo que nos abandere, que seamos capaces de tomar decisiones, tengamos conciencia, memoria histórica, nos demos cuenta de que podemos, y en efecto somos, mucho más libres de lo que nos han hecho creer… de que creamos en nosotras; y de que hagamos de tod@s un nosotr@s que vaya más allá de la supuesta complementariedad, la falsa tolerancia y la presuntuosa y mal entendida equidad.


Tu placer.

El momento en que mi cuerpo experimenta más placer es cuando bailo. Soy bailarina de flamenco. Bailé siete años danza árabe y de niña ballet clásico. Me gusta la danza porque con ella logro estar en un aquí y ahora, encuentro mi centro y percibo que la música cobra vida en el cuerpo. Suelo ser muy autoexigente pero también creo que puedo despistar al enemigo, es decir, al miedo.


¿Cuáles son algunos de tus sueños?

Me haría muy feliz dar clases, como ahora, toda la vida. Escribir más, conocer el mundo. En Venecia experimenté la genuina melancolía de no poder ser eterna. Siento un impulso por hablar muchas lenguas; quiero ser astrónoma, poetiza. Cantar en ópera historias de un mundo postfeminista. No me dará tiempo, la vida me resulta corta y no soy lo suficientemente joven a mis 31 años para lo que me falta hacer. Tendría que nacer unas cinco veces más. Siento un extraño amor incondicional por la vida, qué pena saber que es finita.