La muerte de la novela

Lo que probablemente sí ha menguado es la idea del escritor, o el intelectual, que educa a las masas y les señala qué es lo que deben de pensar acerca de los temas sociopolíticos relevantes.
La literatura, un asunto minoritario.
La literatura, un asunto minoritario. (Especial)

México

Desde hace ya varias décadas se ha convertido en una especie de moda literaria profetizar, o decretar, el fin de la novela. Por una parte, frente a la aparición de nuevas expresiones artísticas (el cine) o comunicativas (la radio, la televisión), constantemente se ha pronunciado que los libros serán obsoletos, pues no podrán competir con el nuevo medio en cuestión. Y, a más recientes fechas, entre el apocalipsis digital y el auge de las series de televisión consideradas de calidad, es muy frecuente leer artículos de escritores consagrados (cuyas novelas, paradójicamente, les siguen reportando cuantiosos adelantos por derechos de autor y siguen gozando de buenas ventas) que anuncian que ahora sí se acabó, que estamos ante el fin de la literatura y el comienzo de la era del mero entretenimiento.

Lo curioso es que es posible que hoy en día se publiquen más novelas que nunca antes en la historia, y no sólo eso, sino que prácticamente todas las tradiciones literarias podrían nombrar escritores contemporáneos de gran prestigio, que a juicio del canon de dicha tradición se encuentran a la altura de lo mejor que se ha producido con anterioridad. Es decir, que en cuanto a volumen y calidad, la proclamada muerte de la novela parecería ser desmentida de inmediato.

Entonces, ¿de qué hablamos cuando hablamos de la muerte de la novela? Lo que probablemente sí ha menguado es la idea del escritor, o el intelectual, que educa a las masas y les señala qué es lo que deben de pensar acerca de los temas sociopolíticos relevantes. También es probablemente cierto que la literatura ha dado paso al cine y a la televisión en términos de impacto, y que un guionista de cualquiera de los dos géneros anteriores percibe mayores ingresos que literatos consagrados, que a menudo deben dedicarse al periodismo, la docencia o la edición para poder subsistir. De ahí que probablemente el fin de la novela sea más bien el fin de la idea del escritor que, al educar a la sociedad, goza de fama, dinero y prestigio en el proceso.

Sin embargo, si consideramos una perspectiva más amplia, la literatura de calidad siempre ha sido un asunto minoritario, como pueden serlo el teatro, la música clásica, la ópera o la poesía. Y si bien a todos los exponentes de estas artes seguramente les agradaría que su labor fuera apreciada (y pagada) por millones de personas, el que no ocurra de esa forma no significa que estén en vías de extinción. Quizá la literatura deba tener cuidado de no incurrir en una falacia común a buena parte del arte contemporáneo actual, y asumir que es el mercado (y las ventas) el único juez sobre la vigencia y la calidad de una disciplina artística. Incluso, puede ser que a la larga no sea tan mala noticia que la novela deje de ser mayoritaria, pues podría ocurrir que si los exponentes de la industria literaria que buscan a toda costa beneficios exorbitantes se dieran cuenta de que se encuentran en el ramo equivocado, se retiren y dejen el campo libre para todos aquellos que, más allá del afán de enriquecerse o ser famosos, aún gozan de la escritura o la lectura de un libro de calidad.