La muerte está muriendo

Ambos mundos.
Las tres edades del hombre
Las tres edades del hombre (Giorgione)

Ciudad de México

¡Cuánta longevidad vivimos hoy! Hombres de 70 años visitan a sus padres de 95 en los hospitales, y si alguien muere de 50 se dice que murió joven. En 1945, con solo 22 años, Jorge Semprún ya había sido resistente armado en Francia y pasado dos años en el campo de concentración de Buchenwald. Hoy un joven de 22 es un niño dependiente de sus padres, que duda y se pregunta qué quiere hacer, qué le gusta, adónde ir. Los tiempos de incorporación a la realidad son cada vez más tardíos y lo mismo los de salida, en la vejez. La vida en sociedades prósperas y pacíficas es como un hotel que extiende el horario de su check out, pero, ¿hasta dónde? De ahí la frase de George Steiner, “la muerte está muriendo”, pues se pone en duda la propia esencia de la vida.

Para el filósofo Luciano Manicardi, la consecuencia de esto es que la humanidad pierde la “memoria de la muerte”, que equivale a decir: la memoria del propio límite, de ese umbral a partir del cual la vida debe concluir. La sociedad “postmortal” plantea un problema y es el de la extensión artificial de la vida. La vida en demasía. El médico deja de ser un hombre de ciencia y se convierte en un sacerdote del rito, en un gurú. En el Eclesiastés se dice: “Hay un tiempo para vivir y un tiempo para morir”. Pero la medicina ha logrado la esterilización de la muerte y la ha convertido en un error científico. Ya no parece un destino.

Spinoza afirma que un hombre libre no debe pensar en la muerte sino en la vida. Pensar en ella es no vivir, lo que quiere decir que la paz nos hace libres. Hay un comentario medieval al Eclesiastés en este sentido donde se hace la siguiente pregunta: ¿Por qué dios no le dio al hombre la fecha precisa de su muerte? “Porque si la supiera no se habría levantado cada mañana y no habría arado el campo”. En la tradición cristiana, en cambio, la vida es un tránsito, y la muerte es necesaria para ganar el paraíso.

Pero ahí están la nanorrobótica, la clonación, las terapias genéticas, siempre empujando hacia delante, convenciendo al pequeño hombre de que la inmortalidad está cerca. De ahí que la omnipotencia científica sea un problema más de ideología que de realidad: cada avance técnico aleja a la especie de su ciclo. ¿Y a dónde lo lleva? A un camino que nunca antes ha transitado. Por eso la mitología científica y médica debe tener un límite. Hay ancianos que ya no pueden más de estar vivos, que no soportan y no quieren más tratamientos salvadores ni sorpresas tecnológicas. Para ellos la muerte es una insurrección a la técnica. Pronto querer morir al final de la vida se convertirá en un acto subversivo, pues el hombre no es como el elefante, que se aleja para morir cuando entiende que le llegó la hora.

De ahí la urgencia de replantearse, ¿qué es la vida? ¿es tan solo estar vivo? Bastaría con mirar ese cuadro de Giorgione, Las tres edades del hombre. El joven, el hombre, el anciano. Pero muy pronto la ciencia hará obsoleta esta bella imagen.