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Lunes , 28.05.2018 / 04:10 Hoy

Montaje de Hierro /I

'El fin de San Petersburgo' es un resultado avasallador, por su tono poético y dramático concebido como una serie de contrastes y similitudes: los accionistas de la Bolsa contra los hambrientos campesinos.

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Jorge Gallardo de la Peña

Vsevolod Pudovkin cursa física y matemáticas en la universidad, estudios que abandona por el estallido de la Primera Guerra Mundial, y se convierte en soldado activo desde la trinchera; en 1915 es herido y capturado por los alemanes, pero logra escapar y regresa a Moscú. Es hasta después de la guerra cuando se inscribe en la escuela de cine que ya había fundado Lev Kulechov.

En 1926, el gobierno pide a Pudovkin y a Eisenstein dos películas para conmemorar la primera década de la revolución; el primero hace El fin de San Petersburgo, y el segundo Octubre. Ambas producciones trascienden la propaganda gobiernista para convertirse en un concepto artístico de montaje cinematográfico.

Pudovkin y Nathan Zarkhi, guionista con el que había trabajado La madre, su primer largometraje, se dan a la tarea de escribir un "guión hierro", como les gusta llamarlo; es un relato que integra lo individual y lo colectivo. Lo individual, representado por un joven campesino hundido en la miseria que emigra a la ciudad en busca de una mejor vida, se alterna con tres temas colectivos: una huelga reprimida por la policía —porque el joven campesino, por ignorancia y falta de conciencia social, delata a los cabecillas—, la llegada de la guerra y la revolución.

Al referirse a un "guión de hierro", Pudovkin no solo está preocupado por la estructura dramática y la verosimilitud de los acontecimientos, sino también por describir las particularidades de cada encuadre y dar el contenido de cada trozo de montaje, lo que implica un "encuadre de hierro" que se prevé antes del rodaje.

El fin de San Petersburgo es un resultado avasallador, por su tono poético y dramático concebido como una serie de contrastes y similitudes: los accionistas de la Bolsa contra los hambrientos campesinos; estos empequeñecidos, vigilados por la gigantesca estatua del zar; en el momento en que se grita "¡Al ataque!" en la trinchera, Pudovkin corta a la Bolsa, donde los corredores se arremolinan pendientes de cómo suben los valores; el director de la fábrica visto como un zar y los accionistas de la Bolsa vestidos de igual manera, que parece que se mueven en una coreografía ex profeso.

Cuando inicia la guerra, el Estado ruso le da la bienvenida con la intención de evitar la revolución; todos se enlistan obnubilados por la euforia y el grito de "¡La patria es primero!", pero después de tres años de trinchera, entre la lluvia, el lodo y la muerte, el campesino-soldado hace conciencia y lanza un grito de dolor: "¿Por qué nos sacrificamos?".

El fin de San Petersburgo (Unión Soviética, 1927), dirigida por Vsevolod Pudovkin, con Iván Chuvelev y Vera Baranovskaya.

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