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Viernes , 21.09.2018 / 10:03 Hoy

Míster Kitsch

El autor de 'Para combatir esta era: consideraciones urgentes sobre el fascismo y el humanismo' medita sobre el primer año de la presidencia de Trump y el retorno de los fascismos y la xenofobia


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Ochenta años atrás, en febrero de 1938, un migrante llegó, por fortuna, a Nueva York y comenzó a dar una serie de conferencias de costa a costa de Estados Unidos. Quince ciudades abarrotaron sus auditorios municipales para escucharle hablar de “La próxima victoria de la democracia”.

En su ciudad natal, Múnich, este migrante, el escritor ganador del Nobel Thomas Mann, había atestiguado el ascenso de Adolf Hitler y vio cómo un movimiento fascista tomaba el poder en toda Europa. Había contemplado la desaparición del espíritu democrático en una sociedad de masas donde los demagogos eran bienvenidos con sus políticas de resentimiento, su incitación a la ira, el miedo y la xenofobia, su necesidad de encontrar chivos expiatorios y su odio hacia la vida del espíritu.

A partir de lo que había experimentado en la Europa fascista y con plena conciencia de las fuerzas siniestras que enfrentaba el presidente Roosevelt en suelo estadunidense, Thomas Mann deseaba que el país en el que recién había sido acogido se enterara de cuán fácilmente una democracia y sus instituciones podía venirse abajo cuando pierde su identidad.

En sus conferencias definió la democracia como “esa forma de gobierno y sociedad que se inspira, por sobre todas las cosas, en la sensibilidad y la conciencia de la dignidad humana”. Estas son grandes palabras y Mann sabía bien lo mezquina que puede volverse la gente cuando se entrega a su egoísmo, su crueldad, su cobardía y su estupidez. Por esa misma razón, instaba a su público a nunca olvidar que “lo grandioso y lo honorable que hay en el hombre se manifiesta en el arte y la ciencia, en la pasión por la verdad, la creación de belleza y la idea de justicia”. Estas son las cosas que cultiva una democracia auténtica, en su búsqueda de ser esa forma de gobierno que eleva al ser humano, que le permite pensar libremente y ser libre. La lección que Thomas Mann pretendía transmitir era que la meta de una sociedad democrática es educar en la nobleza de espíritu como la mayor arma contra la degeneración de esa misma democracia en una democracia de masas, en la que los demagogos, la estupidez, la propaganda, los disparates, la vulgaridad y los instintos más viles se vuelven dominantes hasta que, inevitablemente, dan a luz a ese hijo bastardo de la democracia: el fascismo.

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Ochenta años más tarde, nuestra civilización occidental está en crisis. Hay una deficiencia en nuestra cultura y debido a ella enfrentamos, una vez más, en muchos países que se consideran a sí mismos como democracias liberales, su consecuencia política: el regreso del fascismo.

¿El fascismo? Sí, el fascismo. Como Albert Camus intentó advertirnos en su novela La peste, el bacilo del fascismo nunca muere ni se erradica de manera definitiva, sino que permanece latente en la democracia de masas y eventualmente, bajo ciertas circunstancias, despierta y comienza a infectar de nuevo cada parte de la sociedad. No es difícil ver al actual presidente estadunidense como un ejemplo de la nueva dispersión de este bacilo. Por supuesto, el actual fenómeno no es comparable con el fascismo durante la Segunda Guerra Mundial, sino con el momento en que éste se gestaba. Y aunque se encuentra en una etapa temprana, no hay que ser ingenuos: debemos llamar a la enfermedad por su nombre antes de trabajar juntos en el antídoto.

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El hecho de que Trump encarna la mentalidad fascista clásica se vuelve evidente a través de una serie de características de la cultura fascista, como el kitsch, la pornografía, la política de la mentira, la demagogia y el autoritarismo.

La adoración que tiene Trump por el dinero, el oro, el entretenimiento, las grandes cifras y la apariencia física, el cultivo de una identidad basada no en quién es, sino en lo que posee, además de su irrefrenable necesidad de ser adorado, hacen de él todo un Sr. Kitsch.


La forma en que Trump acosa y degrada a las mujeres, su ansia de poder y dominación, así como su vulgaridad, vienen todas del mundo de la pornografía y esta pasión le hace acreedor al título de “la estrella más destacada del porno estadunidense”.

La política de la mentira que practica Trump (incluyendo el resentimiento, la xenofobia, el miedo y el odio) pone de relieve el acierto de Thomas Mann cuando, en una conferencia que dio en 1940 con el título “Guerra y democracia”, dijo a su auditorio en Los Ángeles: “voy a decirles la verdad: si algún día el fascismo llega a este país, lo hará en nombre de la libertad”.

La adicción a Twitter de Trump, el hábito de ofender a sus contrincantes y evitar cualquier debate intelectual serio son típicos del populista demagogo que detesta la vida mental.

La exigencia de lealtad incondicional que hace Trump, su incapacidad para aceptar cualquier forma de crítica y la convicción que tiene de ser un genio son características del autoritarismo.

El presidente, demasiados plutócratas y todo poder basado en la propaganda desprecian el espíritu de la democracia sobre el que hablaba Thomas Mann en sus conferencias, hace ochenta años. Estados Unidos, sin embargo, no es todavía un estado policial: existe aún la posibilidad de luchar contra el regreso del fascismo y por restaurar la civilización democrática. La pregunta aquí es cómo hacerlo. ¿Cuál podría ser el antídoto contra esta forma temprana de fascismo y su desarrollo hacia un estadio mucho peor?

Una deficiencia cultural no es algo que pueda “arreglarse”, así que no puede ser un trabajo para la ciencia y la tecnología.

La crisis de una civilización va mucho más allá de la crisis económica, así que tampoco podrán solucionarla un mayor crecimiento económico y una disminución de la desigualdad.

¿Mayor corrección política? A pesar de sus nobles intenciones, ella no ha logrado más que cultivar un clima enfermizo de victimismo.

¿Más filosofía posmoderna y su negación de los valores absolutos, como la verdad, la belleza y el bien, con el emblema de “todo se vale”? Sucede que el posmodernismo no es más que un nihilismo intelectual que legitima la ignorancia, cultiva la vacuidad del espíritu y ha abierto la compuerta para dar paso a la actual inundación de lo falso, disfrazado para su aceptación social con el lema de “esta es mi verdad”.

¿Más activismo político en contra de Trump? A pesar de lo importante que es, desafortunadamente no bastará. La desaparición de Trump y su familia del mapa político no traerá consigo una erradicación del bacilo del fascismo.

Thomas Mann, sin embargo, nos dio una pista central: una democracia auténtica comienza con una educación auténtica. ¡Lo que más se necesita ahora es educarnos en una nueva contracultura!

No es coincidencia que el retorno del movimiento fascista se acompañe del llamado a “hacer América grande de nuevo”, que se refiere a la grandeza de la fuerza, del poder y la falsa promesa del regreso a un pasado inalcanzable.

La nueva contracultura debiera, al contrario, educarnos en la capacidad, inherente al ser humano, de trascenderse, de tener imaginación y empatía, de vivir en la verdad, crear belleza y alcanzar la justicia. Esta es la verdadera grandeza: honrar la dignidad de cada ser humano. ¡De esto se trata la civilización democrática! Es el llamado que Thomas Mann hacía desde 1938: una educación en la nobleza del espíritu, con su exigencia perdurable de nunca conformarse con el mundo tal como es, sino tener el valor de aceptar la propia responsabilidad moral de pelear contra el retorno del fascismo y a favor de la supervivencia del espíritu democrático.


*Artículo enviado a Laberinto por el propio autor. El título es de la Redacción.

Traducción de Atahualpa Espinosa

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