La misionera del horror

[SEMÁFORO]
Nsala Wala contemplando los restos de su hija.
Nsala Wala contemplando los restos de su hija.

Ciudad de México

Durante la última década del siglo XIX, los países desarrollados, los occidentales y el temible imperio Meiji de Japón, se hallan al mismo tiempo con su vehemencia imperialista y con la autocrítica de unas sociedades que, aunque beneficiarias de la economía imperial, buscaban una política que frenara la crueldad y diera pie a un nuevo orden de justicia. ¿Cómo exhibir la crueldad del imperialismo? Hay obras estupendas, de grandes autores; el periodismo escrito era fuente de reflexión crítica, pero los defensores de la intervención "civilizadora" eran igualmente fuertes que sus detractores. Debates. Discusiones.

Alice Seely Harris (1870-1970) fue una misionera bautista. Cuando tenía 19 años viajó con su marido, John Harris, al Congo —un país que pertenecía no a la corona de Bélgica sino personalmente al Rey Leopoldo II. Corrían muchos rumores y críticas del modo en que el Rey Leopoldo gobernaba mientras se enriquecía con la nueva industria del caucho. Pero eran palabras y relatos que la corona belga refutaba y desacreditaba.

Hasta que, un día, un nativo llamado Nsala Wala llegó a la cabaña de Alice Harris, cargando un pequeño hatajo: eran el pie y la mano de su hija, cercenados por los capataces del Rey. Él no tenía a dónde más acudir y ella no imaginó otro recurso que tomar una fotografía de Nsala contemplando los restos mutilados.

La fotografía le dio vuelta al mundo. El periodismo había cambiado: la imagen se impuso por encima de los argumentos escritos y, como prueba forense, terminó enviando al infierno a Leopoldo II —donde lo toma Mark Twain para su estrujante monólogo teatral Soliloquio del Rey Leopoldo.

También cambió la historia. Hoy, el horror de las imágenes tupe los medios informativos. Se supone que el espectador se acostumbra y le salen callos en la facultad de mirar, o algo así: las imágenes pavorosas se vuelven parte de la cotidianidad; domesticamos al horror y el asombro se vuelve lejano. La insensibilidad amplía su rango.

Y, de pronto, Isis: Jihadi John, enmascarado, de negro, con un cuchillo en la mano izquierda y un prisionero de mono naranja, hincado, bajo el control de su mano derecha. Ya sé qué viene. Siempre he sido morboso, pero desde hace mucho no recordaba este terror de ver. Detengo el video. ¿Por qué puedo ver en la tele las escenas de la policía texana disparar contra un sujeto inerme, sin dejar de cenar, pero la pura posibilidad de la decapitación me estruja las tripas y me hace huir del canal o salir de la página web? Ya sé que hay mil explicaciones, pero, más allá de los juicios jurídicos o de moral y límites, la imagen nos enfrenta con los hechos, no en el orden del saber, sino de la presencia.

¿Se debe a las imágenes que el atentado contra Charlie Hebdo haya causado ríos de tinta y miles de registros mediáticos, mientras que la masacre de Boko Haram en Baga, sucedida el mismo día, pasó, se olvidó y seguirá pasando —o de plano estamos más allá de la imagen, donde las palabras ya no son suficientes para registrar la dimensión de los hechos?