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Sábado , 22.09.2018 / 18:00 Hoy

Miserias y desventuras

Café Madrid


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Poco antes de morir, Francis Scott Fitzgerald (1896–1940) le escribió a su hija Scottie: “Tienes dos acabados ejemplos de malos padres. Haz todo lo que no hemos hecho nosotros y estarás siempre a salvo”. El novelista falleció seis días después, el 21 de diciembre de 1940, en los brazos de Sheilah Graham, su amante y una de las más temidas columnistas de chismes de Hollywood. Los detalles de las miserias y desventuras de su vida no tardaron en conocerse, sobre todo, gracias a la publicación de buena parte de su correspondencia. Sus cartas más emblemáticas han sido recogidas ahora en El arte de perder (Círculo de Tiza) y, durante estos días de frío despiadado en España, no queda más que encender la calefacción y sumergirse en ellas, pues constituyen una “selección que abarca toda la etapa de madurez de Fitzgerald, coincidiendo con sus dos décadas de actividad profesional, desde el momento en que vende su primera novela a la editorial Scribner’s hasta sus últimos días como guionista en Hollywood”, cuando era un novelista olvidado y tenía “la salud hecha pedazos”, explica el traductor Martin Schifino en la introducción del volumen.

Francis Scott Fitzgerald es famoso por ser el autor de El gran Gatsby. Su vida (donde reinan la ambición, el egocentrismo, la falta de dinero y la abundancia de alcohol), en solitario y al lado de su mujer y su hija, así como sus “amistades” en el mundillo literario, darían para una novela o una película. Bueno, si han visto Genius (que aquí en España titularon El editor de libros), dirigida por Michael Grandage, es probable que se acuerden de un par de escenas en las que aparece este atormentado autor, pero quizá, como yo, se hayan quedado con ganas de saber más.

También es legendaria su amistad con Ernest Hemingway y, cómo no, sus acercamientos y desavenencias (literarias y personales) han quedado registradas en las cartas. En junio de 1926, por ejemplo, Fitzgerald le escribe a Hemingway: “Creo que algunas partes de Fiesta están descuidadas y son innecesarias. Como te dije ayer (y, según recuerdo, cuando quise convencerte de que quitaras la primera parte de ‘Cincuenta mil de los grandes’), veo en ti una propensión a envolver o (a la larga) embalsamar en pura verbosidad una anécdota o un chiste que te ha hecho gracia, algo parecido a mi tendencia a conservar un fragmento de ‘buena escritura’. Tu primer capítulo contiene unos diez ejemplos de ello y da una sensación de condescendiente informalidad”.

Pero quizá lo que a Fitzgerald le fue más difícil de afrontar fue el amor–odio con su hija, pues consideró la fría relación entre ambos como una de las grandes derrotas de su vida. Hay, sin embargo, otra carta enviada a Scottie en donde el escritor se anima a darle una lección paternal y le enumera una serie de cosas de las que debe preocuparse y de las que no. “Preocúpate del coraje, de la higiene, de la eficacia, de la equitación... No te preocupes por la opinión de los demás, por el pasado, por el futuro, por el triunfo, por el fracaso, por que alguien te supere”. Es decir: que hiciera todo lo que él no hizo

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