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Domingo , 22.07.2018 / 07:56 Hoy

Misa en chino

Café Madrid



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Víctor Núñez Jaime

A seis metros bajo tierra, en la cripta de la Parroquia de Santa Rita de Madrid, un grupo de 50 chinos escucha con devoción la misa de los domingos en su lengua materna. Casi todos tienen en las manos un libro de 400 páginas, con rezos y cánticos en ideogramas, que les da seguridad para intervenir a lo largo de la eucaristía donde un hispanohablante cualquiera como yo apenas es capaz de identificar dos palabras: amén y aleluya. En un extremo, una joven de lentes finos y concentración suprema toca con delicadeza un teclado electrónico (Made in China, por supuesto) para darle ritmo a las alabanzas de los feligreses mientras, en el altar, el sacerdote se dispone a consagrar el cuerpo de Cristo, custodiado por dos niñas risueñas de túnica blanca que hoy son las monaguillas. En este rincón oriental de la Iglesia Católica española, los inmigrantes del país de la muralla han encontrado el sitio ideal para celebrar su fe y no descuidar su vida cristiana, tal y como lo siguen haciendo (“como rasgo cultural”) los españoles viejos.

Hace siete años, el padre Juan María Guo (“Juan María en español, pero Kun Peng en chino”) se propuso consolidar un espacio donde, en su lengua, por lo menos algunos de sus 180 mil paisanos que viven en este país (50 mil en la capital) pudieran asistir a clases de catequesis, recibir los sacramentos y confesarse (“todos son muy trabajadores pero, por desgracia, siempre hay tiempo para pecar”). Así que puso un anuncio en el periódico El mandarín, muy popular aquí entre la comunidad china, y pronto las bancas de su capilla soterrada y circular comenzaron a ser ocupadas por familias enteras que salen un rato de sus tiendas, peluquerías y restaurantes.

En la celebración lo acompaña el padre Guillermo Zhang (de “34 años en España, pero 35 en China, porque ahí se toma en cuenta el momento de la concepción”), que antes oficiaba la misa para los chinos católicos de Zaragoza (“unos 150”), primero una vez al mes y luego cada semana. “Ahora me vine a Madrid y se ha quedado en mi lugar un sacerdote mexicano, Rodolfo Hiela. Él no habla chino, pero le asiste un intérprete. Qué gracioso, ¿no?: un mexicano atendiendo a un grupo de chinos en España”, dice en perfecto español, y con una sonrisa, este sacerdote de los Agustinos Recoletos, una orden religiosa presente desde 1923 en China, donde una minoría de 12 millones de católicos (la mayoría de la población es budista) pertenece a la Asociación Católica Patriótica, controlada por el Estado, o al grupo semiclandestino que reconoce como única autoridad al Vaticano.

Hace un rato, la señora Linong (40 años, madre de cinco hijos y “delgada sin dietas”) estaba en los ensayos del coro. Luego se hizo cargo del salmo cantado, se esforzó por dar “la paz del Señor” a casi todos y, cuando la misa terminó, esperó en la entrada de la capilla a que su hija menor, de seis años, fuera a despedirse de su amiga que, como ella, había sido la monaguilla de hoy. La señora Linong (“católica de toda la vida”, con un marido “que dejó el budismo” por ella) me explicó que en esta parroquia nunca ha habido distinciones entre niños y niñas para ayudar al padre con la eucaristía y, según ella, eso es un signo de la iglesia inclusiva, donde cabe todo mundo, “hasta la gigantesca y milenaria China”, con su respectiva delegación en España.

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