• Regístrate
Estás leyendo: Mis amigos
Comparte esta noticia
Miércoles , 19.09.2018 / 06:24 Hoy

Mis amigos

Toscanadas.

Publicidad
Publicidad

Siempre me ha intrigado el gusto de la gente por hablar. Hasta quien no tiene nada que decir suele platicar. Cuando se reúnen correligionarios de la ordinaria cultura televisiva, la charla salta de un lugar común a otro. Sin revelaciones. Sin nuevos conocimientos. Sin opiniones informadas. Sin la pimienta de una buena expresión oral, sino con frases llenas de vicios y muletillas, con una sintaxis que debe descifrarse jeroglíficamente.

Nunca me interesé en conversar con un taxista ni con otros en una sala de espera ni con mi vecino en la cabina de un avión ni con nadie que no conozca. Qué calor. Qué frío. ¿Y tú a quién le vas? ¿A qué te dedicas? ¿De dónde eres?

Por supuesto que tengo amigos inteligentes, de enorme cultura y excelente conversación; pero sentarse a hablar con ellos equivale a bailar sin música. El cuadro solo está completo con buena comida y bebida. Por eso, cuando los recibo en casa, es porque los invité “a cenar”, no “a conversar”.

Siempre he sentido nostalgia por aquel mundo que pinta Benedetta Craveri en su libro La cultura de la conversación, en el cual la agudeza, las lecturas, la elegancia, la palabra justa, el ingenio y la ilustración eran importantes para ser alguien. Éste, por supuesto, era un mundo casi exclusivo de nobles y aristócratas.

Al mismo tiempo me pregunto cómo eran las reuniones de los iletrados, pues no existía una cultura pop ni televisores ni deportes–espectáculo que les proporcionaran la artillería de lugares comunes.

Tengo también otros buenos amigos. Están entre los mejores conversadores y vienen a casa sin que siquiera les ofrezca un vaso de agua. Apenas en este mes, me visitaron cuatro premios Nobel: dos de literatura, uno de física y otro de medicina. Además, como tenía ciertas dudas sobre evolución y genética, invité a un especialista de la Universidad de Zúrich, a otro de la Universidad de Sidney y también vino ni más ni menos que uno de los descubridores de la estructura del ADN. Por si fuera poco, desde la Universidad de California me visitó un experto en asuntos religiosos, específicamente para hablar del Corán. Su conversación fue sabrosísima, aunque me pareció que justificaba más de la cuenta los disparates del islam.

Ya tengo una lista de invitados para el mes de octubre. Esta vez solo uno de ellos es Premio Nobel. Como ahora estoy muy picado con ciertos temas científicos, vendrán unos amigos del Instituto Tecnológico de Massachusetts, del Instituto Max Planck y de Cambridge. También me visitarán algunos importantes historiadores y magníficos novelistas y poetas. Aclaro que el Premio Nobel que me va a visitar no es Mario Vargas Llosa ni Orhan Pamuk. Al primero lo conozco muy bien y no nos hace falta vernos pronto; el segundo ha venido ya tres veces, pero me parece banal y por eso nunca hemos terminado una conversación. Creo que no lo vuelvo a invitar. Tampoco se trata de un Premio Nobel de la Paz, pues ellos suelen ser la casta de menor inteligencia entre los galardonados, aunque algunos tienen biografías interesantes.

Otra cosa buena de estos amigos es que nunca me dejan plantado. Al contrario, si no los puedo recibir por algún contratiempo, ellos esperan con paciencia hasta que les abra la puerta. ¿Quién iba a decir que tanta gente tan brillante iba a querer visitarme en mi modesta casa de la rúa Marcos Portugal?

Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.