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Viernes , 25.05.2018 / 03:07 Hoy

Mirar al alma

Lo que contemplas.

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Adriana Díaz Enciso

Alrededor de siglo y medio separa dos visiones fotográficas del alma en las salas del Museo Victoria and Albert. Las mueven similares convicciones. Ambos artistas penetran el secreto que vuelve a la tecnología instrumento para sacar a la luz, y a través de la luz, no la apariencia de sus sujetos sino su ser verdadero: un silencio que elude las interpretaciones posibles en otras disciplinas. Ambos trabajan en formatos grandes en comparación con las convenciones de su época, y adoptan técnicas laboriosas sin escatimar tiempo ni riesgos para que la imagen final sea un testamento irrepetible de la realidad que intentan apresar.

Richard Learoyd trabaja, en estos tiempos de portátil tecnología digital, con el primitivo método de la cámara oscura; sus modelos de años pasan largas sesiones en una habitación que es la cámara misma, y la imagen es tomada directamente, sin negativo de por medio. Es una imagen única de tamaño natural que nos enfrenta a sus sujetos como hiperrealidad, nítidos hasta el más mínimo detalle, ya se trate de la base opaca de un espejo, animales aún hermosos en la inmovilidad de la muerte, o sus modelos, retratados una y otra vez en innumerables manifestaciones de sí mismos. Si aparecen distintos no es porque sean otros, un personaje, sino porque el ojo de Learoyd sabe que un ser humano es muchos, muchas, que en el paso del tiempo nunca somos una misma. Seguimos, por ejemplo, los cambios de Agnes, su modelo más constante, con la fascinación de estar atisbando en la intimidad de alguien que es y, sin embargo, permanece inasible. Los múltiples retratos expuestos en la sala son un paradójico ejercicio de exposición e introspección, y quién sabe en qué pensarán los modelos de Learoyd durante las solitarias horas en la cámara oscura, pero la suya es siempre la mirada interior, la esencial soledad de eso que, a falta de mejor palabra, llamamos alma.

Ciento cincuenta años antes, Julia Margaret Cameron también sometía a sus modelos a sesiones de larga exposición (mucho más de lo que aun en sus tiempos se consideraba necesario) para lograr la imagen justa, y en la inmovilidad éstos se adentraban en esa misma mirada que aún nos ofusca porque es de nuevo alma que asoma, suspendida entre la intimidad y la distancia. Si en su caso un aparente fuera de foco y los elementos teatrales con que Cameron recreaba escenas literarias o bíblicas podrían hacernos juzgar sus imágenes como artificio, la artista buscaba también, a su manera, la manifestación de su propia concepción de la realidad (por ello se negaba a retocar sus fotografías). Su aspiración era “combinar lo real y lo Ideal sin sacrificar nada de la Verdad mediante toda la devoción posible a la Poesía y la belleza”.

El contraste de estas dos miradas lado a lado en estos tiempos de furia, prisa e impaciencia es una conmovedora invitación a mirar en el alma humana vuelta visible como rostro, piel y mirada y descubrir que es, en toda su belleza, incognoscible.

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