Misión diletante

Escolios.
El escritor colombiano Baldomero Sanín Cano.
El escritor colombiano Baldomero Sanín Cano.

Ciudad de México

Se supo que cuando un especialista eminente perdió a su esposa en manos de un divulgador exclamó despechado: “lo que más me duele es que se haya ido con un diletante”. En un medio gobernado por las jerarquías del currículum, el peor insulto que alguien puede concebir hacia otro es el de diletante. Frente a la devota consagración a una especialidad, el diletante aparece como un advenedizo que pretende incursionar en distintos campos, sin pagar los derechos de piso correspondientes. Cierto, el diletante puede ser el odioso sabelotodo que infecta las tertulias, el saqueador superficial de jergas, el merolico de las ideas de otros; sin embargo, muy a menudo es un temperamento imprescindible para la comunicación y evolución entre distintas disciplinas. Cuenta José Antonio Portuondo que en una ocasión, cuando al gran escritor colombiano Baldomero Sanín lo llamaron diletante, este contestó: “Estudio con asiduidad y con deleite varias disciplinas a un mismo tiempo, para estar en capacidad de apreciar las ideas y nociones emanadas de la continua investigación y del constante estudio de los especialistas, no para rivalizar con ellos, sino para comunicar a lectores premurosos lo que de otra manera les pasaría inadvertido. Además, al periodista, al escritor cotidiano las matemáticas, la historia natural, la química, le ofrecen la oportunidad de hallar nuevas imágenes, formas no explotadas deexpresión, venas sin explorar en las bellas sendas de la poesía."

Si se acude a la tan en boga psicología de la creatividad puede observarse que el diletantismo tiene sus beneficios y que el pensar desde los márgenes abre vetas insospechadas. El diletante puede tener varias ventajas: por un lado, el acercarse a las disciplinas sin ser profesional brinda frescura y relajamiento; por otro lado, la vastedad de las apetencias intelectuales permite establecer conexiones insólitas entre distintos campos y, finalmente, la no pertenencia a los gremios puede alejar un tanto de los intereses e inercias internas. Con todo, el diletante debe mantener un equilibrio entre sus virtudes y sus defectos: el buen diletante juega a cruzar fronteras disciplinarias, pero conoce sus límites; enlaza ideas con libertad y placer pero también con rigor y responsabilidad; aprecia la novedad, pero no se vuelve esclavo de las modas; gusta dirigirse al público más amplio, pero no es gobernado por el aplauso y, sobre todo, sabe guardar esa sutil distinción entre ideas y estilo que permite que una intuición sea perdurable. El diletantismo es una de las formas más sonrientes del saber, el diletante es un comunicador, un transmisor de información, pero también un sembrador de zozobras e inquietudes, un curioso impertinente cuya misión no es afirmar verdades sino formular preguntas tan amables como perturbadoras. En suma, el diletante debe animar y aderezar esa conversación miscelánea que forma el núcleo de la cultura pública, aunque nunca pretender acapararla.