La desacralización del ser humano

Arturo Rivera niega al hombre bueno por “naturaleza”, como afirmaba Rousseau, desacraliza nuestra imagen como reflejo de un ser superior, y se pliega a la determinación filosófica de Sade.
'Salomé y Juan el Bautista', obra de Arturo Rivera.
'Salomé y Juan el Bautista', obra de Arturo Rivera.

Ciudad de México

El libre albedrío es una carga insoportable. Resignarnos a la imposibilidad de cambiar nuestro destino nos permite dejar en manos de un ser superior esta difícil tarea. No vemos que somos terribles y que nos hundimos en nuestros vicios como en un designio inquebrantable. La representación artística del horror social, de la abyección humana es la revolución del libre albedrío: decide señalar, exhibir, definir. El artista que elige mostrar la desgracia humana nos hace conscientes de lo que somos.

Arturo Rivera ha construido su obra a través de la transgresión de pintar en un lienzo lo que no queremos ver, se sumerge en lo más terrible: la deformación por el exceso de dolor, de la soledad, de los vicios, del abandono. Rivera niega al hombre bueno por “naturaleza”, como afirmaba Rousseau, desacraliza nuestra imagen como reflejo de un ser superior, y se pliega a la determinación filosófica de Sade: somos terribles y esa fealdad es una versión visible del horror interno que muchas veces nos traspasa la carne. Las pinturas de Rivera de seres despojados de idealismo muestran todo lo que ocultamos y hace presente la verdadera esencia de muchos seres. No sabemos si actúa con una enorme piedad, o con la desaforada increpación de Sade, pero Rivera hace que miremos, que observemos porque pinta con la belleza del barroco, nos seduce para golpearnos. En la obra filosófica de Sade, como en la pintura de Rivera, el otro somos nosotros, no hay un él, hay un yo, compartimos esos momentos de delirio, de deformidad, de angustia. Esa manifestación física del ser que pinta Rivera se podría llevar a una metáfora de lo invisible del ser. En algún momento de nuestra vida hemos sido terribles y esa extrema versión se materializa en las pinturas de Rivera. La marginación del otro también es la de nosotros, el estado ideal de las personas, la felicidad o perfección que genera la publicidad como una imposición emocional, estética y económica obliga a la sociedad a pensar que el ideal individual sucede dentro de esos rangos, cuando eso es una invención para incitar al consumo, la realidad no es así. La realidad es dura, es un golpe que no alcanzamos a evadir y que nos involucra aunque lo neguemos con toda la fuerza del autoengaño. La pintura de Rivera nos enfrenta con un espejo que rompe con el ideal impuesto, encierra en las fronteras del lienzo a los especímenes de nosotros mismos que evadimos, narcotizamos y mentimos. Estos seres son el desdoblamiento que sufre una persona cualquiera cuando la extraordinaria presencia de la desgracia, del dolor o de la enfermedad rompe su frágil equilibrio y se apodera de su vida. La belleza de la realización pictórica, del fenómeno del color, la composición, la construcción anatómica, le da carácter de verdad, es el lienzo el que nos identifica a nosotros. Todos hemos sido en algún momento de nuestra existencia el aullido solitario de Rivera, así como hemos sido el sueño de una pareja de Courbet o hemos sido el hambre de Picasso. La pintura nos da esa realidad que no queremos darle a nuestra realidad. Hemos bebido el agua de un vaso de Chardin, o nos estremecemos con la guerra de Dix, necesitamos ese puente que tiende el arte a través de la realidad recreada, el lazo entre la realidad brutal y nosotros.

En un homenaje a Caravaggio, tomando ese juego macabro de inventar la propia muerte, Arturo Rivera hace un autorretrato: la cabeza cercenada en las manos de Salomé es él, San Juan Bautista es él. Lleva la tragedia a nivel personal para desmitificar su imagen creadora y para humanizar al personaje mítico. Con esa cabeza cercenada Rivera está expiando su propia existencia, su obra, su talento, la construcción de una identidad simbólica, es la postración ante el altar de la creación que pide lo insaciable. La libertad de pintar, de inventar en cada obra se contiene en la imposibilidad de dejarlo de hacer. Una vez que se ha probado la revelación del arte, esto no puede abandonarse. Es un ejercicio de voluntad, que paradójicamente esclaviza, es una adicción que va más allá de la razón. Ese hombre decapitado en la pintura misma es el pintor, es Arturo Rivera ofreciendo su cabeza para que sea entregada al arte.