Mi juego favorito

Toscanadas.
Mi juego favorito.
Mi juego favorito.

Lisboa

Ahora que estoy en Lisboa me puse a leer y releer a algunos escritores en lengua portuguesa; entre ellos, uno de mis preferidos: Machado de Assis. Ya cerca del final de su novela Memorias póstumas de Brás Cubas, aparece la frase: “meu espírito era naquela ocasião uma espécie de peteca”. El símil es tímido. Quizás un escritor contemporáneo hubiese escrito derechamente que su espíritu era una peteca. Machado de Assis le llama comparación de “uma criança”, de un niño. Pero ya la mera mención de una peteca me había lanzado a mi infancia.

Cualquiera que tenga más o menos mi edad, recordará que algún empresario aprovechó la afinidad con lo brasileño después del Mundial de 1970 para ponernos a todos a jugar con la peteca. Bastó que Pelé la declarara “mi juego favorito” para que todos quisiéramos poseer eso que la publicidad llamaba “un artículo deportivo novedoso y atractivo para todas las edades”. Se podía echar en la mochila. En los patios de las escuelas se miraba ir y venir por los aires las petecas durante el recreo.

Por aquellos días tuve también una bicicleta Chopper, cuya rueda delantera era más pequeña que la trasera. Dado que el diseño rompía con el modelo estético, la publicidad enfatizaba que era “bella como la juventud”. Al principio padecí burlas por montar una Chopper. Luego fue normal y hasta deseable poseer una.

Supongo que fue por aquellos días cuando calcé orgulloso unos zapatos con plataforma y mucho tacón.

Más allá de los años setenta, me cuesta trabajo ubicarme en el mundo de alguna moda. Hoy mismo, sin televisión y sin ver cine, puedo entrar en un centro comercial con la actitud de Sócrates cuando dijo: “Cuántas cosas hay que no necesito”. Distingo la abundancia de fealdad en lo contemporáneo porque nadie me calienta la cabeza con las “tendencias” que deben seguirse. Como amante de lo clásico, siempre me ha parecido más elegante Frida Kahlo que cualquier primera o segunda dama que acuda a los modistas de moda.

Jamás me he sacado una selfie en tanto veo que gente pierde su empleo y hasta su vida con tal de sumarse a esa moda. No tengo ni Facebook ni Twitter por mucho que me aconsejan que los tenga.

Con estas líneas no pretendo despotricar contra las modas. Sí, en cambio, me gustaría saber cómo operan esos mecanismos para que alguien desee algo indeseable, para que le parezca bello lo horroroso y hasta emocionante lo aburrido. Me gustaría que esos llamados genios de la moda y la publicidad buscaran el modo de que la educación estuviese en boga para que el estudiante promedio quisiera derrotar la ignorancia de su maestro y se aceptara que la nacura nada tiene que ver con la cartera sino con la ignorancia.

Supongo que es posible, pues allá en esos días cuando jugaba peteca, pedaleaba una Chopper y calzaba esperpénticos zapatos, también tenía televisión. Entonces miraba El gran premio de los 64 mil pesos. Era un programa con altos ratings, o sea, programa de moda. Muchos de nosotros admirábamos muy sinceramente al conductor y a los participantes, y queríamos emularlos. Para jugar ese juego, había que leer, acumular información, dominar un tema, hacerse de cultura general y específica.

Hoy, todavía gozo de las prestaciones de la moda que impuso Pedro Ferriz y su concurso de conocimientos. En cambio, los cientos de miles de petecazos no sumaron nada y se fueron todos al carajo.