La tentación (y la vejación) literaria del reportero

La tentación literaria es la narración de hechos con buena pluma, con la destreza de una narrativa alimentada por apuntes reporteriles, docenas de documentos y una veintena de entrevistas.
Octavio Paz.

Ciudad de México

Para teclear acerca de esto, del periodismo narrativo (¿acaso no es eso una redundancia?), permítame que antes le cuente algunas historias…

El hombre, cuyo apellido no quiero recordar pero me parece atisbar en la memoria que lo bautizaron como Ataúd —se hizo a la mala de un diario y éste terminó enterrado en el más abyecto servilismo hacia el poder—, nos advertía a los más jóvenes reporteros (y a los no tan noveles también):

—No caigan en la tentación literaria. El reportero está para dar cuenta de hechos concretos, sin adornos. Reportear no es hacer una novelita que va a dar risa, es redactar una nota dura. Y ya…

“Y ya”. Él era Jefe de Información, periodista de estupendas crónicas parlamentarias tejidas a finales de los setenta y principios de los ochenta, textos reporteriles siempre cercanos (postrados, de hinojos, dirían algunos mentecatos) a los hombres del poder, a los políticos y funcionarios del entonces partido de Estado. Y ese era su concepto: no sucumbir a la tentación literaria. “El reportero no debe pensar”, dirían ahora algunos editores.

Desde el otro lado del discernimiento, El Director —en la Redacción, cuando alguien se refería a él, lo hacía así, con mayúsculas, con mucho respeto, a veces con temor que desataba temblores en no pocas piernas y sudoraciones en muchas manos— nos inculcaba las cosas de forma opuesta a las instrucciones del sepulturero. Con su intimidante vozarrón de Zeus y su penetrante mirada azul —de cuando en cuando tierna, pero casi siempre relampagueante—, nos aleccionaba:

—El periodismo siempre es narrativo. No hay periodismo narrativo y periodismo no narrativo. Eso es una estolidez. El periodismo es narración. La narrativa va implícita en su quehacer: recabar información, documentarla, verificarla, confrontarla, contextualizarla… y narrarla. El asunto, al publicar, es la forma de narrar: dónde, cuándo hay que escribir como un asceta, con frugales recursos monacales, y cuándo es válido usar copiosos instrumentos para navegar la tentación literaria de forma libérrima…

Eran los pasillos siempre excitantes de aquel diario unomásuno nacido en 1977, luego del golpe a Excélsior instigado y patrocinado en 1976 por el ex presidente Luis Echeverría. De la diáspora de aquel periódico, Julio Scherer (que había sido director de Excélsior) fundó la revista Proceso y Manuel Becerra Acosta (que había sido el subdirector) creó el unomásuno.

Los muchos reporteros que estaban dotados de una buena tecla (era una extraordinaria Redacción la de aquel periódico), esos reporteros que cada día generaban una pulcra elaboración de textos cuando aporreaban sus máquinas Olivetti para entintar con frases y párrafos cuartillas de papel Revolución —entre cigarro y cigarro y café y café—, ignoraban los lineamientos del hombre del PRI en la Redacción y se entusiasmaban con la libertad que El Director estimulaba para que cayeran en la tentación literaria.

Solo había un límite: la verdad. La verdad que no, no es subjetiva: en periodismo la verdad es lo comprobable, es la información que tiene fuentes sólidas, y por tanto, es esencialmente irrefutable, imposible de desmentir porque se trata de un hecho documentado y verificado, aunque haya otra verdad igualmente comprobable que la matice. Un ejemplo trivial, para no entrar en intensidades: “El PRI ganó ampliamente los comicios”, cabecea un diario. “El PRI tuvo el peor resultado en su historia”, titula otro. Ambos enfoques son verdaderos. Son dos verdades.

Pero volvamos…

Manuel Becerra Acosta, en charlas informales, en comidas íntimas, en largas caminatas, ponía un par de requisitos para formar parte del grupo de reporteros a quienes se les permitía y fomentaba la elaboración de narraciones periodísticas más elaboradas, más descriptivas. El primero era el apego a buenos escritores, a los mejores escritores, sobre todo a aquellos que fueron periodistas, o que de alguna manera estuvieron cerca del periodismo. Cada quien hacía su lista para abrevar estilos, artes y técnicas, según sus gustos, su educación, su cultura, sus pretensiones y sus sueños guajiros: Dostoievski, Dumas, Quevedo, Twain, Vargas Llosa, Capote, Wolfe, Cortázar, Camus, García Márquez.

El periodismo es una hoguera de vanidades (para citar el título de una novela de Tom Wolfe). Y la vanidad, desenfrenada, obnubila y genera hordas de reporteros flamazos, esos que hacen una, dos cosas destacables y luego se desvanecen, se esfuman tan rápido como el tiempo que les llevó publicar su par de excelentes trabajos, aunque eso sí, tienen numerosos fanáticos que semana a semana los santifican hasta la náusea en aulas y redacciones comandadas por profesores y jefes de dudosa procedencia y nula rigurosidad.

Por eso el segundo requisito establecido por Manuel, que buscaba contener la desmesura del pecado favorito del demonio (la vanidad, como dice el infernal personaje interpretado por Al Pacino en El abogado del Diablo), era acudir a la hemeroteca. Se trataba de una forma no solo de cultivar a los reporteros, sino de gobernar sus egos: exorcizarlos de la estulta idea que siempre tienen (tuvimos) los jóvenes más insolentes en el sentido de que nada existía hasta que, según ellos, publicaban la crónica más guapa de la historia del periodismo nacional, historia que... suelen desconocer. Y por tanto, en su desinformación, no tienen parámetros de comparación, repiten errores y vicios, o peor: no crecen como podrían hacerlo, se estancan y se extravían.

Así, la indicación era buscar los grandes reportajes, las grandes crónicas, las mejores entrevistas publicadas en el país, o cuando menos en los diarios capitalinos, durante los años cincuenta, sesenta y setenta. Cuando los reporteros se topaban con aquellos magníficos textos de la vieja guardia (leer La vieja guardia. Protagonistas del periodismo mexicano, José Luis Martínez S., Plaza & Janés, 2005), recibían una inolvidable lección de humildad.

El asunto entonces era cómo y cuándo ejercer la tentación literaria. ¿Daba lo mismo en crónicas o reportajes? ¿Se trataba nada más de darle rienda suelta a un lenguaje abundante, casi insoportable por pedante, por excesivamente meticuloso, donde se describiera hasta el más mínimo detalle y cada minúsculo objeto llevara su nombre? Y, ¿cómo evitar caer en el peor de los vicios, el más ruin de los desvaríos, el más inmoral de los libertinajes que era (y es) volar? Mentir. Inventar.

Al descubrir las voladas de dos de los más exitosos reporteros del diario (por ahí andan todavía), Manuel corrió a ambos. Y le dolió, porque a uno de ellos lo apreciaba mucho, pero no dudó en echarlo cuando comprobó que sus crónicas de guerra en Centroamérica en realidad eran textos… de taburete: no había estado en el frente, sino volando desde el cuarto de hotel. El miedo a las balas, a la muerte, nos da a todos, pero no se vale simular así. Engañar. Mejor te excusas y nadie te dirá cobarde, salvo algún pelafustán. Al otro expulsado, simplemente lo bautizó con el inolvidable epíteto del Jumbo 747, el más grande avión de la época, apodo que no se debía precisamente a su gordura.

Entre los más destacados jóvenes (o ya no tan jóvenes) periodistas de hoy, he visto, en un par de ellos, las más descaradas voladas que recuerde, una con su consabido desmentido que… ni lo inmutó. También plagios de textos de otros colegas que usaron sin el menor pudor. En el extremo, colegas fotoperiodistas me han contado cómo fue que, enviados a zonas conflictivas (o no tan peligrosas), algunos renombrados reporteros no se desplazaban al lugar de los hechos para realizar sus crónicas, sino que… se las inventaban observando las imágenes cuando los fotógrafos retornaban al hotel. Y aun así, la falta de rigor en el medio periodístico ha permitido que a esos especímenes… los vitoreen por tales mentiras o robos que nadie revisó o cuestionó. Pésimo ejemplo para los más jóvenes.

Y es justamente de ahí, de esas aberraciones premiadas, galardonadas, que en los años recientes ha resurgido, por enésima ocasión, lo de periodismo narrativo, una epidemia comercial que en buena medida se trata de la publicación de no pocos textos sin rigor: libros que son hechos pasar por grandes reportajes pero que carecen de sustento, de investigación comprobable. Historias de cantina, con uno o dos testimonios hallados al calor de las copas, bajo el techo de un picadero, o en la esquina del barrio bravo de un cuate. Un cúmulo de mentiras, inventos, voladas que no pasarían el filtro de la peor redacción pueblerina, pero que son impresos para vender con éxito humo... y escándalo. En esos textos se intenta novelar lo que no se reporteó, que no es otra cosa que darle rienda suelta a chismes, suposiciones, o nada más a la imaginación. Eso no es periodismo narrativo, es edición de falacias.

Por el contrario, sí ha habido buenas investigaciones, trabajos con rigor periodístico, como el reciente libro La noche más triste. La desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, de Esteban Ilades, editado por Grijalbo.

No hace falta vejar a los lectores, a los estudiantes, a los más jóvenes periodistas (y a sí mismos) con textos que no son novelas ni grandes reportajes sino delirios, ego trips publicados bajo el paraguas enorme de ese negocio llamado periodismo narrativo. Se puede describir, narrar acontecimientos, incluso lejanos, a punta de reporteo. Y ahí, en esas crónicas, en esos reportajes, en esas recreaciones, es donde se vale flirtear con algo que ha existido siempre: la tentación literaria, que no es otra cosa que la narración de hechos con una buena pluma, con la destreza de una destacada narrativa, sustentada y alimentada por decenas de libretas llenas de apuntes reporteriles, docenas de documentos, y una veintena de entrevistas grabadas.