Purezas e impurezas documentales

En momentos en que la prensa escrita vive tiempos inciertos aparece un recuento contemporáneo en la revista Luna Córnea que muestra la solidez de lo que fue, y es, el fotoperiodismo mexicano.
Luna Córnea.
Luna Córnea.

Ciudad de México

Ya desde el título se advierte: estas son unas aproximaciones a un oficio visual —público, informativo, creativo— de largo alcance. En momentos en que la prensa escrita y publicada en papel vive tiempos inciertos ante la consulta casi generalizada por Internet, aparece un recuento contemporáneo en la imprescindible revista Luna Córnea que muestra la solidez de lo que fue, y es, el fotoperiodismo mexicano. Parte final, eso parece, de una trilogía que deja ver los trabajos y los acervos del Centro de la Imagen, aunque en este último caso se extiende hacia otros discursos, otras historias. Es el número 35 de una publicación que —ante los libros inencontrables que hasta hoy se han publicado sobre el tema, las revistas que ya no se encuentran por ningún lado, salvo en los archivos personales de los fotógrafos o diarios que se desbaratan en la Hemeroteca Nacional— se volverá referencia obligada.

Por eso, desde los acercamientos a un complejo universo, hay aquí saltos, omisiones, hallazgos, análisis precisos; reconstrucciones históricas necesarias (con las obligadas polémicas incluidas) para nuevos lectores, y también egos más que lastimados de aquellos a los que no se les mencionó lo suficiente.

Entonces, primero los saltos. Por alguna razón que ya resulta inexplicable, se le atribuye a Rafael Reyes Spíndola ser el empresario pionero del fotoperiodismo al comenzar a publicar imágenes noticiosas gracias al fotograbado en el diario El Mundo Ilustrado, en noviembre de 1894, cuando se registró un teatro en San Luis Potosí, dato que dio a conocer Humberto Mussachio en la revista Kiosko, pero que no es exactamente así. Más bien, el nacimiento se debe de considerar más de año y medio antes en El Universal, en donde se divulga un fotorreportaje sobre, precisamente, unos periodistas detenidos en la cárcel de Belem. Pero esas son minucias de historiadores. Dejemos las reliquias y vayámonos mejor a otro lado.

Las omisiones. Isaura Oseguera, quien abre el número de la revista con un texto panorámico, pero también preciso y necesario, lo deja más que claro: “Se consideró necesario hacer estas apretadas recapitulaciones para entender la secuencia histórica a las que pertenecen las Bienales de Fotoperiodismo. Un ejercicio de ordenamiento de la información disponible”. Ya lo decíamos: las fuentes de consulta se encuentran dispersas o inhallables. Acaso por eso, en uno de los apartados, el de las revistas publicadas en los años noventa, le faltaron por lo menos dos títulos: primero Zonas de Fotografía Magazine, dirigida por Fabricio León en 1993, aunque eso sí, un solo número; después, en 1994, la regocijante Toma Click —cuatro números—, dirigida también por Fabricio León, con colaboraciones notables de Heriberto Rodríguez, Arturo García Campos, Julio Candelaria, Jorge Claro León, Silvia Calatayud y demás raza hacedora de imágenes que acompañó a Fabricio y a Alfonso Morales, en ambas jefe de fotografía, y hoy director de Luna Córnea.

Hay varios testimonios clave en este número 35: el fotoperiodismo que se hace en Coahuila, con nombres de profesionales que no habían entrado a la historia del fotoperiodismo contemporáneo (Miguel Sierra, Germán Siller, Christopher Vanegas, Enrique El Pollo Cifuentes). O el oficio en Sinaloa (con el obligado Fernando Brito por aquí y por allá), pero con nuevos nombres exhibiendo violencia tras violencia: Leo Espinoza, Pedro Guevara. Y la infaltable Ciudad Juárez, también con nuevas presencias: Mayra Martell y los sombríos paisajes de muerte de Carlos Sánchez. Mucha noche en la que se sume Juárez. Pero he aquí que un proyecto clásico —de dolor y violencia, ni modo— debió de aparecer: Juárez, The Laboratory of Our Future de Charles Bowden, libro publicado por Aperture en 1998, nacido de una exposición y de una convocatoria a trece autores: Jaime Bailleres, Gabriel Cardona, Jaime Murrieta, Lucio Soria, entre otros. Primer testimonio internacional —con imágenes de principios y mediados de los años noventa— que fue una bofetada a quienes lo querían ocultar, generado por Bowden y los fotoperiodistas de ElDiario de Juárez. Tan es así que el libro fue prohibido del lado mexicano. Otra referencia necesaria de cómo el fotoperiodismo comenzó a mostrar lo peligroso de Ciudad Juárez.

Los hallazgos. Una serie de datos, testimonio e imágenes recorren las páginas de la revista que se antojan para su consulta en directo. Digamos volver de nuevo a las páginas de Milenio Semanal, para revisar los aportes de Ernesto Ramírez, los reportajes e insólitos retratos de Adrian Mealand o los irónicos registros de Víctor Mendiola. Pero también otros tantos documentos de los que aquí se hace referencia: el libro 15 aniversario. Asociación Mexicana de Fotógrafos de Prensa, 1946–1961; o esas rarezas que son los libros Narco Estado. Drug Violence in Mexico (2012), de Teun Voeten, y Heavy Hand, Sunken Spirit(2012), de David Rochkind, sin circulación normal por acá (exactamente como pasó con Flesh Life. Sex in Mexico City, 2006, de Joseph Rodríguez).

Los análisis y testimonios. Juan Manuel Aurrecoechea recupera las batallas intelectuales de Fernando Villa del Ángel sobre el respeto que merece la obra del fotoperiodista ante editores ineptos que no saben nada de fotografía. Un veterano autor que justamente “se indigna cuando la gráfica de algún compañero o las suyas propias son maltratadas, manipuladas, recortadas, reencuadradas o usadas fuera de contexto”. Y alude precisamente a Milenio Semanal, al trabajo de Villa del Ángel ahí o al de Mealand: “desde su primer número la revista busca proyectar una nueva imagen y apuesta por una manera inédita  de fotografía periodística, una fotografía editorial que no se conforma con registrar y consignar sino que se atreve a opinar, comentar e interpretar”, como debe ser ya en ese medio de esquematismos. Pero también Aurrecoechea apunta otro hecho clave: que los fotoperiodistas “no dejan de aspirar al libro bellamente editado ni a ver sus imágenes colgadas en muros de museos.” No por nada varios profesionales de estos tiempos cuentan ya con libro autorales, más allá de la página periodística de la que  muchos han huido.

Mientras, un testimonio invaluable —ofrecido al director de Luna Córnea— es el de Narciso Contreras, ese fotógrafo freelancer que fue despedido de AP por eliminar una cámara en una de sus imágenes en el conflicto de Siria. Acto de revuelo mediático que sigue hablando de la supuesta “pureza” que debe poseer el fotoperiodismo: “No estoy avergonzado de hacer lo que creo firmemente que es mi deber en la vida, como persona y como fotógrafo… No es una excusa por haber hecho algo que estaba penado fuertemente por la pureza del fotoperiodismo”.

Lo que nos llevaría a la reconstrucción histórica de la polémica de la Sexta Bienal de Fotoperiodismo en donde Giorgio Viera —un fotógrafo que no tuvo las herramientas intelectuales necesarias para defenderse— fue acusado de plagio de la obra de un fotógrafo chino, Chien–Chi Chang, suceso que demostró cuánto anquilosamiento existe entre cierta comunidad fotoperiodística —en ese caso comandada por Ulises Castellanos— que sigue pensando en la “credibilidad” de la fotografía periodística. Un hecho tan absurdo como si se acusara a W. Eugene Smith de fusilarse a La Piedad de Miguel Ángel con su obra El baño de Tomoko (1972) que apareció en Life. De toda esa comedia de enredos (e ignorancias) lo único bueno que quedó fue el libro Ética, poética y prosaica. Ensayos sobre fotografía documental (Siglo XXI, 2008), primer libro teórico que revisa los conceptos de verdad, realidad y ficción.

Número monumental éste, más de 400 páginas, con una información que reactualiza lo conocido y que se adentra en los resquicios de lo poco visto y/o apenas asomado.