Quién dice la verdad

Umberto Eco entrega 'Número Cero' como si fuera el escritor incipiente que publica su primera novela. Es, sin duda, la más sencilla de todas las que ha escrito.
El escritor y filósofo italiano Umberto Eco.
El escritor y filósofo italiano Umberto Eco.

Ciudad de México

Umberto Eco es un narrador poco frecuente. Lo ha sido durante los treinta y cinco años que lleva como novelista. Antes de adentrarse en los terrenos de la ficción, ya era una celebridad en el complejo mundo de la academia. Razones no han faltado: es un pensador profundo, un estudioso dedicado, un polemista serio y un divulgador por demás efectivo. Esta última característica ha permitido que sus libros teóricos y sus ensayos se vendan por millares en todo el mundo. Algo que es muy difícil de conseguir. Sobre todo, si se considera que no trata temas simples.

Una de sus mayores virtudes como ensayista es su claridad. Sus ejemplos son contundentes, al alcance de los no iniciados en sus campos de conocimiento. Tal vez por eso es que el periodismo de opinión supo acogerlo tan bien. A lo largo de varias décadas ha escrito artículos y columnas en las que lo mismo habla de un dato críptico sobre algún personaje de la Edad Media, que de superhéroes y caricaturas. Tal es la versatilidad de su pensamiento. Tal el alcance de sus palabras.

Sus novelas, por otra parte, tienen el encanto de lo complicado. Baste hacer un breve repaso de ellas. El nombre de la rosa exigía al lector por ser una novela de varios niveles oculta bajo una trama policiaca. En ella era fácil toparse con discusiones teológicas en torno a la sonrisa de Cristo o con las pulsiones carnales de un joven seminarista. En El péndulo de Foucault las cosas eran aún más complejas. Era fácil perderse en la petulancia de sus protagonistas, quienes buscaban descubrir oscuros secretos de los Templarios mientras dirigían una editorial. La isla del día de antes no solo partía de un problema conceptual demasiado abstracto, sino que se regocijaba en un lenguaje marinero casi inasible. Baudolino fue la prodigiosa novela medieval publicada en el siglo XXI en donde sumó todo lo aprendido en sus novelas anteriores. Luego vinieron dos entregas menos poderosas. La misteriosa llama de la reina Loana hablaba más de sus obsesiones y hasta podía leerse como una novela de despedida. En El cementerio de Praga ya no se sentía el poder pleno de su capacidad fabuladora. En todas, sin embargo, hay elementos comunes que las hermanan. El más importante de todos es, quizá, esa habilidad que tiene de encontrar huecos históricos. Rendijas por las cuales colar una anécdota que navegará entre una verdad posible y una ficción real.

Y todas, por supuesto, tienen un alto grado de complejidad. De ahí que, incluso, se pueda afirmar que sus ensayos y sus textos periodísticos son más accesibles que sus novelas. Al menos hasta ahora.

Número Cero es una novela diferente. Se nota con solo verla: su grosor es mínimo comparado con las demás. En ella, Colonna, un viejo periodista, recibe una doble encomienda: será el jefe de redacción de un periódico inexistente, comandado por Simei, y escribirá un libro alrededor de ese ejercicio. El periódico no será del todo inexistente. Estará formado por doce “números cero”. Es decir, por doce bocetos que nunca serán publicados. Las razones son claras: con ellos, el dueño del diario podrá chantajear a importantes empresarios y políticos hasta acceder a la cúpula del poder. El libro, por su parte, le servirá a Simei para chantajear al propio chantajista y así garantizar una cuantiosa jubilación.

Así de simple es el planteamiento. Así de simple será su desarrollo. A lo largo de la novela seremos testigos de una de las obsesiones de Umberto Eco: el propio periodismo. Tanto en sus artículos como en entrevistas y conferencias, se ha dedicado a cuestionarlo. Más ahora, que los medios digitales han invadido el espectro. Número Cero bien podría ser leída como un tratado sobre periodismo. En la novela se muestran las estrategias para construir esa verdad a modo que conviene a los jefes del periódico. No solo consiste en falsear las noticias porque eso sería demasiado burdo. El trabajo debe ser tan sutil como la elección del orden de las notas, la jerarquía de las noticias, el manejo de los supuestos, el alcance de las palabras dentro de un encabezado.

Mientras la clase de periodismo discurre, Colonna se da el tiempo de enamorarse de Fresia, una joven periodista salida de las revistas de espectáculos. También (de lo contrario Eco dejaría de serlo) de enterarse de una historia de intrigas. Braggadocio, un colaborador, toma al protagonista como confidente al hacerlo partícipe de una retorcida trama que busca dejar en claro que Mussolini no murió como se ha asumido todos estos años. Como siempre, la capacidad del autor de sembrar dudas alrededor de un hecho histórico es de un nivel superior.

Umberto Eco entrega Número Cero como si fuera el escritor incipiente que publica su primera novela. Es, sin duda, la más sencilla de todas las que ha escrito. Tanto, que se puede leer de una sentada sin problemas. Eso sí, oculta en esa aparente simpleza hay todo un tratado alrededor de la verdad. Algo que, al parecer, debería preocuparnos cada vez menos.