Arturo Rivera: Indagaciones del murciélago

¿Qué nos muestra y qué nos oculta el pintor en sus múltiples y renovados autorretratos?
Obra de Arturo Rivera.
Obra de Arturo Rivera.

Ciudad de México

1. Nacido en la Ciudad de México el 15 de abril de 1945, la educación elemental de Arturo Rivera en el Colegio Alemán lo marcó, al mismo tiempo, en los rigores de la disciplina como en lo curiosidad por lo oculto y lo terrible. A su manera, como Caspar David Friedrich, asumió que “El pintor únicamente debe pintar. Ya que el ojo espiritual capta, por mediación del ojo corporal, lo que el vulgo considera pretensión y pecado”. 2. ¿Conservará, en la entrada de su casa de la calle Amatlán, en la Condesa, ese cuadro titulado La medusa (2001), singular ama de llaves que da la bienvenida a los visitantes, de rodillas, mostrando la desnudez del vientre y de un pubis lampiño, enjoyado el cuello y la cintura, cubiertos los senos con una mantilla de luto que hace eco con el color de sus ajustadas medias? Fascina e intimida el porte de la bella terrible, la mirada inclemente, el movimiento de las manos, sensual y enigmático que nos pone sobre aviso de los objetos que, ahora mismo y por la eternidad de la pintura, están cayendo ante la mirada hueca del cráneo serpentino de Medusa dispuesto en un platón. Me pregunto: ¿qué pasatiempos tendrá la codiciada y temida sirvienta de Arturo Rivera durante su día de descanso? Obedeciendo la cartilla de la lógica, es dable imaginarla como una asidua visitante del serpentario de Chapultepec y pensar, por supuesto, que gasta la mitad de su salario en depilar “a la cera perdida” la selva selvaggia de su monte de Venus. Desde otro territorio de la razón, inhóspito y en permanentes metamorfosis, imagino a la diligente mucama emplear buena parte de su tiempo libre en el lavatorio de los ojos del pintor, dispuestos en una pecera compartida —al menos en las horas que corren en esta jornada de un abril no demasiado cruel— con un par de cangrejos azules, un reloj de bolsillo detenido a las 3:45 y unas espigas de trigo verde que se agitan con el movimiento de los crustáceos. 3. En lo que dura un eclipse lunar, su colección de animales disecados —armadillos, lechones, murciélagos, liebres, búhos, coralillos…— recuperan la vida pero no pueden moverse; estatuas de escritorio, repasan con sus húmedas pupilas el instrumental y los materiales del pintor, los cuadros concluidos y a medio hacer, incluso se conmueven al observar las sombras de sí mismos proyectadas en los muros. Cuando sus figuras sean llevadas a un lienzo, semanas o meses después del fenómeno celeste, conservarán ese brillo ocular de vida quieta pero amenazante y, tal vez, algún espectador minucioso descubra la tensión y el impulso contenidos en esos ejemplares como de fábula narrada por un idiota “entre el sonido y la furia”. 4. En 1981, por invitación de Fernando Gamboa se presenta una amplia muestra de su trabajo en el Museo de Arte Moderno; los reflectores de la caprichosa fama caen sobre su joven talento. Sin embargo, los frutos del éxito comercial y de crítica arrojarán al pintor al “corazón de las tinieblas”, “a la noche de Walpurgis y a la más oscura del alma”. El alcoholismo y las adicciones químicas aceleran y agravan la caída. Con toda seguridad, durante esa etapa crucial, esta cuarteta de Manuel José Othón cumpliría las veces de un retrato de su atormentado espíritu: “Quise entrar en tu alma y ¡qué descenso!/ ¡Qué andar por entre ruinas y entre fosas!/ ¡A fuerza de pensar en tales cosas/ me duele el pensamiento cuando pienso!” El reposicionamiento posterior trajo, a la superficie de lo visible, a un pintor para quien el virtuosismo técnico quedaba ahora en un plano netamente artesanal; en este nuevo escenario, el riesgo y la aventura de su obra por venir se localizaban en la capacidad de ampliar el espectro de visión sobre realidades apenas intuidas por la inteligencia y los sentidos. La múltiple lección de Velázquez fue medular para la consecución de sus planteamientos plásticos de aquel periodo. La exposición compilada en el catálogo Historia del ojo (1991) nos entregaría piezas en las cuales la composición del todo y las partes trasciende el tema a recrear o deconstruir; ahora, el ojo del espectador es “tocado” por algo más que una ilusión o una representación con aspiraciones de verismo. A partir del “trazo escénico” de los personajes y elementos del cuadro, de sus correspondencias y tensiones, de sus lenguajes secretos y misterios solo entrevistos, sumando además su (in)acabado material, entre borrones y veladuras, luces y sombras alejadas de todo realismo, la pintura de Arturo Rivera mostrará, desde entonces, la nervadura, las vísceras y el esqueleto de las pasiones humanas, metafórica y literalmente. 6. Una mañana, compartiendo un expreso doble, en una mesa de la Fonda Garufa, le arrojo a mansalva esta provocación: “Tú deberías pintar el pasaje del Canto XXXIII del Infierno de Dante, donde el conde Ugolino le come los sesos al arzobispo Ruggiero”. 7. Una tarde del lejano 2000, en su taller, me confiesa que viene cavilando pintar un lienzo con el pasaje bíblico de Susana y los viejos; incluso, en aquella plática me compromete en calidad de modelo, llegado el momento en que pintara canas o calva, para ejecutar dicha pieza. Me temo que ha llegado la hora de pasarle la esponja y el jabón —cerrando los ojos del alma, claro está— a la perturbadora doncella pintada por Tintoretto, Rubens, Guercino y tantos otros pinceles. 8. Su Homenaje a Sor Juana (1999), “ese silogismo de colores” de belleza íntima y serena, me recuerda su cercanía vital y su complicidad propiciatoria con la poesía y con algunos poetas: Eduardo Lizalde, Juan Gelman, Francisco Hernández… 9. En sus mocedades, en la Escuela Nacional Preparatoria, Manuel Rivera Silva, futuro miembro de la Suprema Corte de Justicia en tiempos de López Mateos y padre del pintor, colaboró en la revista Barandal (1931–1932) al lado de los juveniles Octavio Paz (Lozano), Salvador Toscano y Julio Prieto. En el número 2 de la publicación, debutaría con un ensayo titulado tímidamente “Algo sobre la poesía”. Al final de esas cuartillas anota una suerte de credo de ímpetus rupturistas: “Una poesía espontánea, sin ninguna raíz en el pasado, poesía que es instante y no arqueología ni futurismo; poesía que es leño que se está consumiendo y no pavesa o leña por quemar”. 10. Como su venerado capitán Julio Ruelas, pasaría una estancia en Alemania, valiosa en su formación artística y vital. Invitado por Max Zimmermman, a quien había conocido en Nueva York en 1979, trabajaría como su ayudante en la Kunstakademie de Múnich durante dos años. Al legado del “entusiasmo y la quietud” de raíz romántica, en esta residencia sumará una enseñanza sustantiva para conectar su lenguaje visual en ciernes con obras y corrientes del arte contemporáneo: Paul Klee, Max Ernst, Vasili Kandinski o Franz Marc, figuras estelares de la renombrada academia fundada por Maximiliano I de Baviera. 11. En 2005, de nueva cuenta, la filiación germana tocaría a su puerta para anunciarle que compartía el premio internacional de la II Bienal de Beijing con los pintores Anselm Kiefer y Gerhard Ritcher. En octubre del año 2000, en conversación con el poeta venezolano Rafael Cadenas durante su primera visita a México, coincidíamos en resaltar la extraordinaria exposición El rostro de los vivos,presentada en el Palacio de Bellas Artes. Palabras más, palabras menos, me confió que “antes de conocer la obra de Arturo Rivera solamente Anselm Kiefer me había conmocionado cuerpo y alma de tal forma”. 12. Si me dieran a elegir tres piezas ejecutadas en los noventa me quedaría con Ecce Homo (1993), Angelito (1995) y Saturno (1997). Pero apenas termino mi avara lista, a toda costa deseo incorporar La dulce espina dorada (1990), Ejercicios de la buena muerte (1999), El ángel necesario (1994) y cinco o seis cuadros más. Mi antología de los siguientes tres lustros arrojaría una docena de indiscutibles capolavoros que toda pinacoteca de mérito, en cualquier punto del planeta, soñaría en reunir dentro de su colección. 13. ¿Qué nos muestra y qué nos oculta el pintor en sus múltiples y renovados autorretratos? Más allá de los datos de su biografía y de los avatares del tiempo en su cuerpo, esas indagaciones, a un mismo tiempo, anatómicas y psicológicas nos revelan, sin temor al equívoco, el arte de la pintura en todo su esplendor y extrañeza. En obras como El cirujano y el pintor (1992), Autorretrato a tres manos (2003) y Autorretrato (2003) encontramos respuestas tácitas e irrevocables en torno del valor y del lugar de la pintura en nuestros actuales “tiempos de miseria”. 14. ¡Feliz cumpleaños y larga vida para Arturo Rivera!