El intelectual absoluto

Diego Moreno, director editorial del sello Nórdica, acaba de publicar una antología bilingüe de la poesía de Pasolini titulada La religión de mi tiempo.
El escritor y director de cine Pier Paolo Pasolini.
El escritor y director de cine Pier Paolo Pasolini. (Especial)

Madrid

Cuarenta años después de su muerte, ocurrida el 2 de noviembre de 1975, la vida y, sobre todo, la condición sexual y las circunstancias en que murió Pier Paolo Pasolini siguen siendo más conocidas que su obra. Sin embargo, como afirma el editor español Diego Moreno, es hora de alejarlo de esos focos que han deslumbrado la visión de su obra, en este caso la de un grandísimo creador como pocos pueden encontrarse en la historia del siglo XX, un intelectual tan brillante en tantas áreas de la cultura que es indispensable conocer su trabajo y recuperar sus libros y a partir de ellos juzgar su vida sin prejuicios y sin ningún tipo de dogma, partiendo de la base de que era un creador inclasificable, lingüista, filólogo y teórico de la literatura, un humanista y políglota que se movía con soltura en el mundo de la filosofía, el psicoanálisis, la antropología cultural y la historia del arte y las religiones.

Con el propósito de que acercar nuevamente sus libros al gran público, Moreno, director editorial del sello Nórdica, acaba de publicar una antología bilingüe de la poesía de Pasolini titulada La religión de mi tiempo, que abarca un periodo entre 1957 y 1971 y resume perfectamente las preocupaciones de Pasolini: “Se consideraba sobre todo un poeta, aunque su obra abarcara diversos planos artísticos y fuese mundialmente reconocido como cineasta. De hecho, él mismo decía que sus películas eran cinepoemas, de manera que esta antología que recorre su obra poética abrevando en sus principales libros muestra cuáles fueron sus intereses”.

El arte de Pasolini, sostiene Moreno, se basa en dos pilares fundamentales: “Por un lado su necesidad e interés por narrar la realidad —él decía que su trabajo era ‘rascar’ hasta encontrar el sustrato de la realidad—, y al mismo tiempo su pasión por el lenguaje, pues a partir de su impronta familiar —su padre era rico y su madre pobre— utilizó dos clases de lenguaje para narrar a la sociedad, la vida política, la intelectualidad, la religiosidad y los conflictos de su época. Así que estamos ante un personaje literariamente fascinante”.

El legado de Pasolini cuarenta años después de su muerte, considera Moreno, aparte de la ingente obra que rebasa con mucho cualquier clase de límite establecido y que no pasa de moda, “puede encontrarse en su faceta de intelectual comprometido con su época, su sociedad y los más desfavorecidos, al tiempo que guarda una visión heterodoxa”. En ese sentido, el editor señala que Pasolini “fue un hombre odiado tanto por la izquierda como por la derecha, y esa condición marcó incluso su muerte, que nunca fue juzgada con objetividad, porque había complicidades en muchos sectores. Y esa parte de intelectual incómodo, a quien le interesaba por sobre todas las cosas la sociedad, el lenguaje y todas las manifestaciones culturales, es algo que podríamos reseñar como muy interesante. De lo que queda de Pasolini, a modo de legado, debe rescatarse la idea de un intelectual completo, en un momento en el que había muy pocos intelectuales de ese tipo, muy parciales y socialmente poco comprometidos”.

En el terreno poético, la influencia de Pasolini en los poetas actuales, dice Moreno, es notoria. “Pero más allá de esa obra, hay que tener en cuenta su planteamiento vital, su posición de intelectual, que es muy importante. La religión de mi tiempo describe a un poeta que no es monolítico. Hay una evolución clara que mezcla tragedia, lucidez crítica y goce dionisiaco, que abre los sentidos a la experiencia física y metafísica de la vida siempre al borde de la catástrofe. Pero si hay algo que la cruza es el conflicto: el conflicto social; el conflicto entre marxismo y religión; el conflicto del lenguaje como expresión del poder y al mismo tiempo de las clases desfavorecidas, como queda patente en su primera novela, Chavales del arroyo, en la cual se aprecia la importancia que otorgaba al habla popular. Esos conflictos dialécticos están en la base de todo, tanto en la parte política como en la parte social. Podemos apreciar muchos elementos de concomitancia con la realidad actual, pues Pasolini venía de una crisis tras la Segunda Guerra Mundial, y ver cómo expresa esto en su narrativa y en su obra poética. Así que, resumiendo, podemos afirmar que la poesía era para Pasolini la puerta que le abrió el mundo de la cultura, la que imprimió en su forma de narrar una mirada poética”.

Nórdica acaba de publicar también su primera novela, Chavales del arroyo, en la cual Pasolini muestra con claridad sus preocupaciones sociales. Moreno dice que se trata de una pieza fundacional no solo de la obra del propio Pasolini, sino de todo el neorrealismo italiano, pues cuenta la vida de unos chicos de los arrabales de Roma, ciudad que es el protagonista absoluto de esta novela al igual que de muchas otras. “Es un libro precursor de todo el neorrealismo no solo por el protagonismo de la ciudad y de las clases desfavorecidas, sino por la manera de narrar. Al mismo tiempo, pueden verse el ambiente y las atmósferas presentes en el neorrealismo. Debo añadir que se trata de un libro cuya lectura es muy fluida y no presenta dificultades de comprensión para cualquier lector actual. En ese sentido, es mucho más complicado su lenguaje cinematográfico que su lenguaje narrativo, que es más sencillo y cuenta historias de la calle, de la realidad de la época”.

Moreno aclara que es importante observar que la condición sexual de Pasolini, que siempre se ha querido relacionar con las circunstancias de su muerte, sobre todo ahora que parece que vuelve a recibir la atención mediática a raíz del biopic del cineasta Abel Ferrara, titulado Pasolini, que acaba de estrenarse en Europa y que se centra en las últimas 48 horas de vida del artista, es ajena al peso de su obra. “Pasolini es un escritor y un creador a cuya obra hay que acercarse sin prejuicios y olvidando cómo fue su vida sexual y su muerte. Era un provocador, y no le importaba hablar de las cosas claramente, como es el caso de su condición sexual. Pero en su obra ese es un tema absolutamente menor; en sus poemas y en su literatura no tiene mayor importancia. No tenía ningún problema en reconocer su sexualidad y cómo vivía su vida, a pesar de que le acarreó muchos problemas. Creo que hay que olvidar ese capítulo así como las circunstancias de su muerte, porque al final podemos convertirlo en el típico escritor del que se habla más de cómo murió que de cómo vivió. Y en todo caso, lo más importante es su obra, mucho más que su vida y que su muerte”.

Por otra parte, el filme de Ferrara —escrito por Murizio Braucci, con Willem Dafoe en el papel protagonista— también alude a esta idea de valorar más la obra, el trabajo y la pasión artística de Pasolini y no quién estuvo detrás de su trágico deceso, preocupándose más en traducir en imágenes el universo Pasolini mediante un relato que entrecruza fragmentos de películas, dramatizaciones de entrevistas y la intimidad familiar, así como la citada fascinación del realizador por las clases bajas y aun su pasión por el fútbol. De esta forma, el largometraje de Ferrara termina convirtiéndose en una experiencia casi filosófica, como gustaba a Pasolini, permitiendo entrever la potencia de su cine y rindiendo homenaje a su carácter renovador.

Sin embargo, Diego Moreno reitera que para acercarse a la obra de Pasolini es mucho más directo el camino de su obra literaria que su cine, paradójicamente más popular a pesar de su hermetismo. “Si se leen sus libros”, concluye, “uno podrá encontrar a un Pasolini diferente, con los mismos intereses y las mismas inquietudes que en sus películas, pero más accesible. Como escribió Alberto Moravia, Pasolini era lo que puede llamarse un ciudadano poeta, un ser que estaba preocupado por su patria y expresó sus sentimientos en su trabajo, llorando sobre las ruinas de Italia pero sin una pizca de retórica. Moravia decía que era un moderno que utilizaba la tradición clásica y que se adhirió, como muchos de sus compatriotas, a una forma poco ortodoxa de comunismo, que era a la vez cristiana y utópica, y estos sentimientos hacia los pobres y desfavorecidos motivaron sus obras, a través de las cuales uno descubre por qué puede ser considerado un creador prácticamente incomparable con ningún otro intelectual del siglo XX”.