Cómo mira un artista*

Para construir una obra de esa magnitud, Daniel Sada se entregó de lleno y con plena conciencia a su pasión por la escritura, sin concesiones ni componendas.
"El temple deslumbrante".
"El temple deslumbrante".

Ciudad de México

“Quizá entienda en la otra vida; en ésta solo imagino”. Tal es el texto completo del cuento más breve de todos los que escribió Daniel Sada.

En contraposición, su obra maestra más citada, la ya canónica novela Porque parece mentira la verdad nunca se sabe, consta de más de 600 páginas: 602, para ser exactos.

Dos hexadecasílabos o cuatro octosílabos resumen, tal vez, el carácter paradójico y festivo a la vez de quien es hoy, a poco más de dos años de su muerte, un clásico contemporáneo, un autor de culto, el más depurado de los formalistas del siglo XX mexicano: un escritor inmortal, por más que su profunda inteligencia y su aversión a las fórmulas solemnes lo hubieran hecho sonreír, de haber podido escuchar tantos laudos como se han venido emitiendo sobre su jugosa escritura desde que emprendió su viaje mayor.

Entiendo que ese escepticismo que permean tanto el título de su obra maestra como el texto que constituye su cuento más breve pudieran, tal vez, explicar tanto su espléndida exuberancia como su humor: sardónico a veces, a veces colmado de ternura por sus excéntricos personajes.

En esa mirada descreída y en esa devoción por el misterio que reside en lo que llamamos “realidad” —palabra que no era su preferida, por cierto— reside, así lo entiendo, la poderosa textura de sus tramas desaforadas, tan gozosas como trágicas, tan burlonas como elocuentes, tan sabias y profundas como lúdicas e inocentes.

Para construir una obra de esa magnitud, Daniel Sada se entregó de lleno y con plena conciencia a su pasión por la escritura, sin concesiones ni componendas.

No hay que mirar tanto a los lados: esto solía repetir a quienes asistían a sus talleres de narrativa.

Desaconsejaba el ejercicio del periodismo y descreía de la escritura por la escritura misma. Consolidar una obra: esa y no otra obligación tenía quien quisiera ser escritor. Escribir bien y cada vez mejor; tal era su divisa.

A lo largo de los dieciséis años que vivimos juntos, de 1996 a 2011, el año de su muerte, tuvimos ocasión de hablar mucho sobre este asunto. La literatura era su trabajo, su obsesión, su recreo y su alegría.

Mientras estaba en lo suyo, sus ojos revelaban que se había ido —como tanto le gustaba recomendar— a vivir a la novela, o al cuento si era el caso. Cuando escribía poesía no era distinto.

Con frecuencia lo escuchábamos reír, regocijado, o mascullar alguna que otra invectiva al tiempo que sus largos y elegantes dedos de pianista tecleaban con gozosa furia: en esos universos paralelos ocurrían cosas interesantísimas, fascinantes rarezas, como sus lectores luego comprobaríamos.

No fueron pocas las veces en que le pidieron escribir textos de ocasión: comentarios a acontecimientos literarios o no; reseñas, críticas, artículos de fondo. Siempre prefería trabajar sus propias imaginerías, y no porque quisiera evadirse del mundo real, como irónicamente le gustaba repetir —estaba muy consciente de que el periodismo y sus adláteres son otros tantos géneros de ficción—, sino porque le bullían las historias con tal abundancia que le faltaban manos y tiempo para trasladarlas al papel. Consideraba casi todo lo demás poco menos que una pérdida de tiempo.

Por eso es que solo de vez en cuando escribía textos de no ficción, y nada más una vez condescendió a escribir una columna, “El buscavidas”, en el periódico Reforma.

Dudó mucho en emprender ese camino tan socorrido entre sus pares, pero me consta que disfrutó de la escritura de esos textos tanto como de la construcción de sus historias desopilantes, suculentas, con ese fraseo prodigioso que sigue y seguirá sorprendiendo a los enemigos del facilismo. No quería prodigarse en ejercicios más ensayísticos que ficcionales; sentía que todas sus energías debían estar puestas en dejar que los numerosos personajes que habitaban su exuberante paisaje interior penetraran en el mundo.

Parte de esos ejercicios no estrictamente literarios está aquí. No todos, porque él nunca quiso ser recordado sino como narrador y poeta, motivo por el cual prefería destruir o arrejolar —como le gustaba decir— todo material no depurado hasta el cansancio.

El criterio para integrar este breve muestrario de escritos fue echar un vistazo a los asuntos que a un creador tan insólito como él más le importaban.

No es que a partir de esta revisión podamos comprender los mecanismos de su prosa catedralicia, ni que sea posible capturar esencia alguna capaz de explicar su maestría.

Se trata nada más que de saber, así sea en forma somera, cómo mira un artista; este artista. Atisbar por las mismas rendijas por las que Daniel Sada se asomó al mundo, con esa mirada absolutamente única, aguda, desde el asombro y la inteligencia.

No lo olviden, enfatizaba: no se trata tanto del tema ni de los personajes ni de la anécdota como de la mirada. Ante todo, lo que importa es el punto de vista.

Miremos con el artista, entonces, una parte de cuanto le llegó a importar de este mundo, por demás rico y extraño; se trata, como lo dijo muchas veces, no de desentrañar el misterio, sino de preservarlo desde el deseo y el asombro.

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*Prólogo al libro El temple deslumbrante (Posdata, 2014)