Sus niños desamparados

José Revueltas llevaba varias existencias paralelas a la de padre, de luchador social, de escritor furioso, de gran bebedor, de amador de mujeres y de rebelde indomable.
José Revueltas.
José Revueltas. (Cortesía)

Ciudad de México

Un padre está ahí, primeramente, como una presencia. Luego, al pasar de los años, se vuelve un recuerdo. O un anhelo. O muchas otras cosas. El mío, como llevaba varias existencias paralelas de luchador social, de escritor furioso, de gran bebedor, de amador de mujeres y de rebelde indomable, se aparecía episódicamente en casa cuando yo era niño. Esa fugacidad suya esculpió una figura que me resulta, hasta estos días, un tanto distante pero con la que me puedo hermanar, por así decirlo, a través de una visión compartida de algunas cosas y, creo, de cierta sensibilidad. Digo esto para dejar más o menos claro que ser hijo de un personaje como José Revueltas no da pie, en manera alguna, a una historia familiar en la que se consagren los papeles tradicionalmente adscritos a los padres (y, bueno, a los hijos) de siempre.

No fuimos, pues, una familia como las otras o como se supondría que fueran (tampoco es enteramente cierta esta suposición porque, como bien decía mi psicoanalista de cabecera en sus días de talante subversivo: “en el origen de cada familia hay un hecho de sangre”) y, de tal manera, la escena hogareña que más me viene a la memoria, a estas alturas de la vida todavía, es la de mi padre cuando volvía a casa, se sentaba a la mesa del comedor, se ponía a beber y comenzaba a contar sus historias.

Yo no era tampoco, por lo tanto, un hijo típico —tendría unos diez o doce años en aquel entonces— sino un simple espectador. Un atento —aparte de fascinado— oyente de cuentos tan fantásticos como tremendos. Y algunas de esas fábulas —implacablemente reales todas— dejaron una marca indeleble en mi persona aunque apenas he venido a darme cuenta de ello en tiempos recientes. Hay un suceso, sobre todo, que me impresionaba grandemente porque, al terminarlo de relatar, en el rostro de mi padre se advertía una expresión de desolado abatimiento y parecía que le caía encima todo el dolor del mundo: contaba que, cuando estuvo preso en las Islas Marías, tenía lugar una obligada comparecencia diaria de reclusos —una suerte de ceremonia estúpida y humillante en la que el jefecillo de turno debía recordarles a todos su condición de vasallos sometidos— y que, en una de esas sesiones, un perro no dejaba de ladrar (en este país, siempre hay perros por ahí); el milico, encolerizado porque el chucho empañaba el rígido protocolo de su labrada solemnidad, mandó que atraparan al animal y lo ahorcó ahí, delante de todos.

El horror, pues. La brutalidad desembarcada, de pronto, en la mesa familiar. Y consignada, de manera punzante, por un hombre que parecía deshacerse al reconstruir sus memorias, así fuere para aliviar un poco la carga que le oprimía el corazón, ahí, delante de la mujer y de un hijo que lo miraba (creo) con unos ojos desmesuradamente abiertos.

Hasta aquí, un mero episodio, una simple remembranza de una escena en el comedor de la casa de Cuernavaca, ha muchos años ya. Pero resulta que existe también la literatura de mi padre. Y, por poco que me haya yo aventurado a recorrer sus novelas y (sobre todo) sus cuentos, ese ser atormentado y lleno de angustia que conocí de pequeño ha vuelto a surgir casi en cada párrafo y en cada página, describiendo de manera implacable —aparte de intensa y tremenda— el dolor de los hombres simples.

Hay algo más, sin embargo. Y, aquí, me permito registrar ante ustedes el permanente y perturbador desasosiego que tengo, en lo personal, ante el hecho, terrible, de que algunos niños se encuentren en una situación de absoluto desamparo ante sus maltratadores, sean éstos quienes puedan ser. Pues bien, este sentimiento de desaliento que experimento en mi condición de simple espectador (horrorizado) de la realidad lo encuentro, una y otra vez, en unos relatos de mi padre que consignan despiadadamente el sufrimiento de los pequeños como si el mundo entero no fuera otra cosa que eso, a saber, un escenario donde se perpetran inexplicables maldades contra los inocentes.

No puedo, en este sentido, imaginar relato más estremecedor que “Dormir en tierra”, un cuento donde a una prostituta, afincada en un puerto del Golfo, le es devuelto de pronto un hijo que ella había enviado a Veracruz con gente que ahora ya no puede ocuparse de él. Trata entonces la mujer de colocarlo en la tripulación de un remolcador, comandada por un capitán que sabemos bondadoso pero que no puede dejar que aflore la piedad que trae dentro. Al chaval lo lleva ella al muelle, todos los días, a que convenza al hombre de que lo acepte. Y ahí está el chico, al rayo del sol, horas durante, esperando como una piedra a que ocurra el milagro de ser el grumete encargado de las tareas más ingratas o de que le concedan el uso del camarote más roñoso del barco desvencijado. Ha dejado las cosas bien claras desde un principio: ha avisado, al rudo marino, de que “mi mamá me pide por favor que me lleve con usted porque dice que ella no me puede tener porque soy hijo de puta” (la que viene siendo una de las declaraciones más desgarradoras de toda la literatura). Llega el momento en que el tal capitán, enfrentado a la imposibilidad de contar con los servicios del muchacho y llevado, paralelamente, por un sentimiento encontrado de compasión y rechazo, decide disuadir al aspirante rociándolo con los desperdicios e inmundicias del barco: le avienta una cubeta de porquerías que lo cubren de pies a cabeza. Pero, ni así: sigue el niño en el muelle, salpicado de desechos malolientes, estoico e imperturbable. Luego, llega la madre, que intenta negociar: pide, ruega, suplica. Nada que hacer, sin embargo. No hay manera. Su hijo no subirá al barco. Y, ahí, ese chico que parecía inmune a todas las durezas y que aparentaba la solidez de un insensible mineral, comienza a llorar. O sea, que se rompe por dentro. Es el instante, digo yo, de la suprema debilidad de los humanos cuando nos enfrentamos a lo incomprensible, a lo injusto y a lo abominable. Y ese momento, como tantos otros en diversos relatos y episodios de su obra escrita, mi padre lo plasmó de manera tan intensa como descorazonadora.

Y así aparecen, de forma recurrente, los niños indefensos y las víctimas candorosas, en una galería de individuos prematuramente despedazados que José Revueltas exhibe, muy seguramente, como una auténtica declaración de inconformidad con la realidad de las cosas, una especie de protesta formulada desde las entrañas —aderezada, hay que decirlo, de un lenguaje excesivo y tremendo— pero que, después de todo, viene siendo también un escrupuloso recuento de nuestros horrores, nuestras miserias y nuestros infiernos.

Resultó de tal manera que aquel señor, el padre que caía abatido luego de relatar sucesos atroces en la mesa familiar, deseaba también comunicar su desesperación al mundo entero contando historias de niñas que se suicidan, de chicos torpes que no advierten la prometedora luminosidad del sol o de pequeños que mueren porque alguien olvidó darles de comer. El suyo es el duro testimonio, pensaría yo, de la inocencia cuando desembarca en un universo sin piedad; y es, también, el llamamiento impotente de un hombre que quiere darle una voz al más inexplicable de los dolores: el que sufren los niños, seres fatal e irremediablemente desamparados.

Hoy, recordando todavía la imagen del perro ahorcado que me vino a la mente aquella tarde, viviendo ese horror ya no como un espectador sacudido sino desde la precaria seguridad que te ofrece el tiempo ido, me reencuentro con mi padre precisamente ahí, en las más terribles de sus escenas literarias. E, impregnado de su angustia y su desaliento, me digo que el único posible beneficio del negro vacío de la muerte será ya no saber más de estos infiernos terrenales.