Jaime Labastida: sin juicio literario pero con criterio musical

Jaime Labastida publicó hace unos pocos años 'El edificio de la razón' (Siglo XXI, México, 2007), ambicioso esfuerzo por recorrer gran parte de la historia de la filosofía en Occidente.
'El amor, el sueño y la muerte en la poesía mexicana', de Jaime Labastida.
'El amor, el sueño y la muerte en la poesía mexicana', de Jaime Labastida.

Ciudad de México

Filósofo y poeta, ensayista y crítico literario, director tanto de la Academia Mexicana de la Lengua como de la editorial Siglo XXI, Jaime Labastida publicó hace unos pocos años El edificio de la razón (Siglo XXI, México, 2007), ambicioso esfuerzo por recorrer gran parte de la historia de la filosofía en Occidente que arranca de los llamados presocráticos, pasa por la aportación fundamental de Descartes, continúa con varios portentos de la época (Spinoza, Leibniz, Kant), recala en Hegel, se asoma a los progresos de la ciencia desde Galileo hasta Marx, y se sigue con varios de los modernos y los contemporáneos entre los que destacan Saussure, Freud, Lacan, Einstein, Heisenberg, Kuhn y Popper. Para no quedarse atrás en el terreno de las letras, circula ya una nueva edición de la antología preparada por él mismo titulada El amor, el sueño y la muerte en la poesía mexicana(Fundación Azteca/ Siglo XXI, México, 2015). Cierto que este libro había aparecido a finales de la década de 1970 en las prensas del Instituto Politécnico Nacional, y que en esos años lo reeditó Novaro, pero como bien dice el propio Labastida, se trata ahora de un libro diferente, muy aumentado en la selección de poetas y extendido también en el estudio preliminar que corre a lo largo de 150 páginas. Un verdadero despliegue cuantitativo que logra en lo esencial el fin que se propuso: mostrar los momentos canónicos de la poesía mexicana desde los tiempos de Sor Juana y de Gutierre de Cetina hasta los de Alí Chumacero, Rubén Bonifaz Nuño y Eduardo Lizalde. Los materiales se ordenan no según el orden cronológico a que nos tienen acostumbrados las antologías, sino obedeciendo a un criterio que podríamos calificar como musical: son los grandes temas del amor, del sueño y de la muerte los que imponen el tono y la secuencia de la compilación.

El problema fundamental de este libro, que me hubiera gustado recomendar como recomendé en su momento la edición de Novaro, es que está infestado de errores tanto mecánicos como conceptuales. Se trata de una edición muy descuidada que desmerece de los estándaresde calidad en que suele moverse la editorial que Labastida dirige. Hay errores “de dedo” por decirlo así, no solo en el prólogo explicativo, sino en la transcripción de muchos de los poemas. Detecto fallas de transcripción en los poemas de Efrén Rebolledo, de López Velarde, en el epígrafe de Keats que aparece en “El tigre en la casa”de Lizalde, en “Piedra de sol”de Octavio Paz (una de las erratas, por cierto, rompe el endecasílabo), en “El sueño”de Sor Juana, en los poemas de Manuel Gutiérrez Nájera, de Manuel Acuña, Xavier Villaurrutia y hasta en el de José Gorostiza. En el caso de Rebolledo, además de los descuidos dactilares, se advierte que Labastida se basó en alguna versión previa que ese perfeccionista del verso que era el autor habría desechado. Donde la versión de Labastida deja leer “Vibra el alma en mi mano palpitante”, la que recoge Villaurrutia en Efrén Rebolledo, Poemas escogidos (Editorial Cultura, México, 1939), dispone: “Trema el alma en mi mano palpitante”. Donde Labastida recoge “calor de tus caricias, mi ardorosa”, la de Villaurrutia mejora: “crespón de tus caricias…”; en fin, donde Labastida anota: “resolviéndose solo en su lecho/ que el insomnio ha sembrado de espinas”, la de Villaurrutia lo traslada a la primera persona, lo que le confiere mayor efectividad: “resolviéndome solo en mi lecho…”. En su prólogo, Labastida pondera las capacidades de Carlos Pellicer como sonetista, y adelanta sus comentarios sobre los sonetos de Horas de junio, así como acerca de un tríptico que el tabasqueño habría dedicado a su amiga Frida Kahlo. Pues bien, los primeros sí están incluidos, pero los segundos… se extraviaron en el camino. Por cierto, Labastida recoge y da por buena la edición de Muerte sin fin que hiciera el fallecido Arturo Cantú, pero a la hora de darle su respectivo crédito el capturista le cambia el nombre por el de… ¡Antonio Cantú!

¿No es esto excesivo? Admito que los errores arriba anotados podrían mitigarse al menos con una cuidadosa “fe de erratas” que pusiera en guardia al lector de la antología. El problema es que las fallas se incrementan y se vuelven todavía más observables en el texto prologal del autor. Se trata de un texto que aglomera eruditas ideas acerca de una definición posible de la poesía, acerca de la idea de la belleza, acerca de la historia de la rima, sobre la función social del arte, sobre el arte ritual y de orden religioso frente al arte desinteresado, acerca del surgimiento de la noción de ley natural, acerca del carácter transformador de la palabra poética, etcétera. Todo esto apoyado en referencias a Homero, a Platón, a Heráclito, a Parménides, a Hegel y Kant, a Marx, a Eliot, a Henríquez Ureña, a Paul Westheim y Laurette Séjourné, y un sinfin de filósofos y poetas de primera línea. Las ideas abundan pero el hilo argumental estricto resulta confuso y poco convincente.

Así, por ejemplo, al disertar sobre el surgimiento de la ley natural, Labastida sostiene que la fisis atañe a la naturaleza, e indica enseguida que dicho concepto está tomado “de la teoría médica de Hipócrates”. Afirmación sospechosa pues se sabe que cuando menos dos siglos antes de Hipócrates ya habían surgido los llamados filósofos de la naturaleza entre los que hay que contar a Tales de Mileto, Anaximandro y Anaxímenes. La fisis, de tal suerte, sería una noción que surge del intento de desentrañar el origen y la composición última del universo, y no un resultado de las investigaciones en la fisiología del cuerpo humano.

Empeñado en denunciar que gran parte de la poesía actual ha caído en el desorden y el irracionalismo, Labastida pretende que los grandes del Siglo de Oro español como Góngora y Quevedo podrían ser difíciles pero eran siempre inteligibles. En lo esencial podría tener razón. Pero, acto seguido, ejemplifica con sendos poemas de estos autores. Para su mala fortuna, cuando intenta glosar un famoso soneto de Quevedo (“Buscas a Roma en Roma, oh peregrino”), su transcripción no solo introduce alguna errata sino que mutila uno de los endecasílabos. Un tropiezo así, cometido en esa joya de esmerada perfección que puede ser un soneto, deja mal parado al editor. El asunto se complica cuando Labastida recurre a otro soneto del mismo Quevedo, el famoso “Amor constante más allá de la muerte”, pero en este caso al infaltable error mecánico (que lo hay) lo acompaña un fallo (o sería mejor decir: un exceso) interpretativo. No puedo transcribir entero este soneto que culmina proclamando la pervivencia post–mortem de un amor intenso llevado hasta el límite: “serán ceniza, mas tendrán sentido,/ polvo serán, mas polvo enamorado”. El verso medular, que propicia el discurso de Labastida, dice así: “Alma a quien todo un dios prisión ha sido”Pues bien, donde filólogos españoles afirman que se trata de una referencia a Afrodita, la diosa del amor, que habría padecido prisión en el alma del personaje, Labastida encuentra ocasión para proclamar que en este verso Quevedo se revela como un ¡poeta materialista! Tal cual. Que no se habla ahí de Afrodita sino del cuerpo, de la envoltura carnal, transfigurada en este caso en… ¡”todo un Dios”! (ahora con mayúscula). “El poema es blasfematorio y reivindica la gloria de los sentidos”, concluye el autor. ¿Blasfematorio Quevedo? Labastida convierte de un solo brochazo a Quevedo no ya en un hombre del barroco español sino en un lector anacrónico de Feuerbach, el pensador materialista que habría fascinado en su juventud a Marx.

Por cierto, no le va mejor a Octavio Paz cuando Labastida comenta uno de los pasajes centrales de “Piedra de sol”. Acaso llevado por un exceso de confianza, o simplemente porque cita (mal) de memoria, Labastida corrompe uno de los endecasílabos más celebrados del autor. Donde el original de Paz afirma “los dos se desnudaron y se amaron/ por defender nuestra porción eterna,/ nuestra ración de tiempo y paraíso”, Labastida sustituye “tiempo” por “pan”. El asunto se recrudece porque no solo equivoca dos veces la cita, sino porque en su comentario al texto insiste en remachar el entuerto, con lo que parece darle carta de legitimidad: “El amor está uncido a la muerte, el amor es más poderoso que la muerte: nos otorga, así sea por el breve instante en que dura, una ración de pany paraíso”. Acaso de manera inconsciente, lo conjeturo, Labastida revela en su comentario cuán hondo calaron en él sus directas o indirectas lecturas feuerbachianas. Pues Feuerbach, en efecto, fue quien escribió que “El primer objeto del hombre es el hombre”.

Hay aciertos destacables en este libro, y se encuentran todos ellos a mi modo de ver en los comentarios muy específicos que realiza Labastida de cada uno de los autores que incluye en su recopilación. El texto que le dedica a Rosario Castellanos, por decir algo, me parece lo más lúcido y perspicaz que he leído en torno a la poesía de esta mujer extraordinaria. Son muy reveladores también sus textos acerca de Chumacero y Bonifaz Nuño. Su forma de elogiar el arte del soneto de Pellicer es otra muestra de sus indudables dotes de crítico. Todos estos acercamientos individuales son precisos y reveladores.

No sucede lo mismo, desafortunadamente, cuando se ocupa de sus dos mayores amores: Sor Juana y Gorostiza, a quienes dedica amplios pero quizás envejecidos comentarios. Con Sor Juana, Labastida comete por principio un anacronismo: da por buena la versión de “El sueño”que estableciera Alfonso Méndez Plancarte en su edición de las obras de la monja para el FCE que data de los años cincuenta del siglo pasado. Antonio Alatorre, cuyas posiciones pueden ser discutibles, enmendó algunos leves errores de Plancarte y fijó una versión que pienso es hasta ahora la más confiable y que dio a conocer el mismo FCE en 2009. ¿Por qué ignorar esta sensible aportación filológica de Alatorre? Por otra parte, la interpretación que ofrece Labastida del poemadespide cierto olor a naftalina. En efecto: lee el poema de la monja como si éste se ajustara a una óptica aristotélica. Es cierto que Sor Juana menciona a través de un circunloquio las categorías del Estagirita: “dos veces cinco son categorías”. Pero lo hace para decir que no le sirvieron de nada, y por si esto fuera poco, tres versos más adelante indica que dichos conceptos no son en verdad sino “mentales fantasías”. Difícil imaginar un ataque más severo contra Aristóteles, nada insólito por lo demás en una intelectual afiliada al neoplatonismo como lo era Sor Juana, como muestra de modo fehaciente Octavio Paz en Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe, libro al que elogia la hermenéutica de Labastida sin extraer consecuencias de su lectura.

Con José Gorostiza sucede algo semejante. Labastida se queda con lo que podríamos llamar la interpretación gnóstica del poema. La creación de Dios es solo un engaño de los sentidos, el universo material que conocemos y del cual formamos una parte, así sea insignificante, no es sino un sueño de Dios, ese Narciso que se contempla a sí mismo en la cárcel de su propio espejo. Para que no corra la sangre y para que no haya muerte, males terribles, lo mejor es que la creación no tenga lugar nunca. Pensamos que estamos vivos, pero todo no es más que un sueño sin consecuencias. Un microsegundo antes de pronunciar el primer Fiat creador, Dios habría escuchado la voz de la sabiduría que le habría indicado que era mejor no moverle, no complicar las cosas. Como según esta teoría ni Labastida ni yo mismo existimos, tan solo creemos que existimos, me abstengo de comentar su propuesta de lectura. Como dice el refrán: al buen entendedor, pocas palabras.