ENTREVISTA | POR VIANEY FERNÁNDEZ/ LABERINTO

En 'Santo y seña', 30 autores evocan al hombre que lo mismo se descontaba en un dos por tres a las momias de Guanajuato que mandaba a su contrincante a volar fuera del ring de una sola patada.

A dos de tres caídas: 'Santo' en la literatura

'Santo y seña' (Instituto Sudcaliforniano de Cultura).
'Santo y seña' (Instituto Sudcaliforniano de Cultura).

Ciudad de México

Santólogos, así se ha bautizado un grupo de norteños para expresar su devoción por Rodolfo Guzmán Huerta, a quien se le conoció como el amo del pancracio bajo el nombre de Santo. De esa admiración y con la página en blanco como su ring side, surgió el proyecto Santo y seña (Instituto Sudcaliforniano de Cultura), una antología realizada por los escritores Mara Romero y Miguel Ángel Avilés.

En esta especie de relevos literarios, 30 autores del noreste del país evocan al hombre que lo mismo se descontaba en un dos por tres a las momias de Guanajuato que mandaba a su contrincante a volar fuera del ring de una sola patada.

Frente a esa imagen, endiosada ya, la del luchador que domina a su enemigo con una llave a caballo, la imaginación de los escritores puesta contra las cuerdas crea estampas variopintas: una niña que narra cómo a los 9 años se enamoró de un hombre con máscara de plata y, tras escribirle una carta de amor en una revista, éste la invita a conocerlo; un niño que, cansado de burlas y golpes, al ponerse una máscara de Santo se envalentona y le propina una golpiza a su agresor o hasta un poema creado a partir del chorro de sangre que El Enmascarado de Plata le saca a Blue Demon en una cruenta batalla.

De este homenaje literario al, tal vez, más grande luchador mexicano, habla Miguel Ángel Avilés, originario de La Paz, Baja California, y radicado en Hermosillo.

 

¿Cómo surgió el proyecto Santo y seña?

Nació de la inquietud de quienes coincidíamos en la admiración de Santo como personaje y desde luego de la afición por la lucha libre. Mara Romero (de Ciudad Obregón) y un servidor, decidimos lanzar una convocatoria enviada por correo electrónico que decía así: “estamos haciendo una luchística invitación a todos los aficionados, admiradores, biógrafos, enamorados, ex novias, escritores profesionales o amateurs, rudos, técnicos, pica ojos, enmascarados o desenmascarados, a participar en lo que pretende ser un homenaje al Enmascarado de Plata”. La respuesta nos sorprendió, pues empezaron a llegar textos de varias partes del país.

 

La obra está dividida en tres “caídas” con un límite de 30 textos.

Recibimos todo tipo de textos, desde remembranzas hasta cuentos y poemas. Los dividimos en tres apartados: “Memorial de Santo”, que es la historia vivida con el Enmascarado de Plata desde los ojos y el recuerdo de quien escribe. “Imaginando al Enmascarado” es el personaje vuelto literatura; la ficción sobre la ficción que fue él mismo. Y la tercera, “Imágenes de Plata”, recreación poética del personaje. ¡Santo hecho poesía!

 

¿En qué se diferencia esta publicación de la veintena que ya existe sobre el mítico luchador?

En la admiración que le tenemos todos los que participamos en la antología, en la recuperación de historias personales, en la manera como el culto a Santo continúa en nosotros, ya sea como aficionados a la lucha libre o como observadores literarios del personaje. Somos antólogos y santólogos no por encargo, sino por pasión.

 

¿Por qué a 33 años de su muerte, Santo sigue robando suspiros?

Creo que lo genuino perdura y trasciende. Santo, como personaje, lo era. Santo representaba y partía de elementos que reforzaban su presencia en la sociedad mexicana, o en una gran parte de ella. Para muchos, era el referente de la justicia, de la bondad, de la lucha del bien contra el mal, anhelos no satisfechos en un sector social del país. No sé si Santo habrá perdido popularidad, pero creo que todavía hay chicos y grandes que con ojos de niño lo seguimos admirando.

 

¿Qué hay del valor simbólico de la máscara de Santo?

Una máscara es un símbolo y a su vez es el otro rostro de un rostro. Es lo mítico pero a la vez es un espejo. En el caso de Santo, su nombre, y desde luego su máscara, eran el reflejo donde podíamos mirarnos. Ya que en México un personaje se llame Santo tiene un gran peso y si este es símbolo de bondad, de honestidad, de humildad, de generosidad y además lo hace desde el anonimato al ocultar su rostro tras una máscara, encarna valores preciados.

 

¿Por qué en los últimos años el arte ha volteado de nuevo hacia el pancracio?

No estaría tan seguro que esto sea en los últimos años. Lo que quizás ha pasado es que el abanico artístico con respecto a este tema se ha ampliado, se ha desprejuiciado en el sentido de que es algo a lo que un mayor número de artistas han recurrido sin ser aficionados pero sí interesados, desde lo visual, desde lo literario. Todo lo que gravita sobre la lucha libre, las funciones en las arenas, los luchadores como ídolos populares, el enigma de sus máscaras, la duda sobre la veracidad de sus combates, todo eso hace que los ojos del artista se vuelvan hacia ese espectáculo.