Acá humo acá, allá espejos

Vibraciones.
Candelario Huízar.
Candelario Huízar. (Especial)

Ciudad de México

Querido Candelario:

Veo tu retrato y pienso en “El Chacal” Victoriano Huerta. Escucho tu música y siento el alma de un enamorado profundo. Silvestre Revueltas (1899–1940) se burlaba de ti por eso. Cuando acudió al estreno de tu poema sinfónico Pueblerinas (1931) dijo: “¡Horror! […] ¡Huízar es tan sano! […] Es un señor que, a pesar de sus anteojos, su serenidad y su gesto agrio, tiene la malicia, la mala fe, la reserva, de un ranchero bueno y sentimental”.

Revueltas no era sano. Se hinchó en alcohol y murió completamente borracho. Dejó inconcluso el ballet en cuatro cuadros La coronela (1940). Blas Galindo (1910–1933) completó la última parte y tú, Candelario, te encargaste de la orquestación íntegra de la pieza.

El influyente crítico–musicólogo catalán Otto Mayer–Serra (1904–1968) no podía entenderlo. Para él, ustedes representaban mundos musicales opuestos: el tuyo claro, ordenado, correcto (sonatas, sinfonías, y todos esos géneros germánicos rígidos), y Revueltas llevaba por dentro un volcán activo que le estremecía la sangre de los pies a la cabeza.

Y claro: existió conflicto entre sus lenguajes. ¡Cómo sufriste trabajando en el ballet de tu ígneo amigo! No entendías sus porqués ni sus maneras. Lleno de estrés y confusión te quejabas: “en cada momento tuve que luchar entre el modo de tratar la orquesta de Revueltas y el mío”. El problema principal era el desarrollo de los temas: “[Revueltas] no insiste en ellos para darles su verdadero valor y hacer resaltar su belleza”. No podías dejar de comparar y en cada pasaje imaginabas cómo lo hubieras hecho tú: “por ejemplo, la parte central de la introducción, pudo muy bien ser llevada a un gran clímax, con lo que habría ganado mucho esta sección”.

Sin embargo, Candelario, sucedió lo impensado: te abriste, agradecido y fecundo, hacia Revueltas para recibir sus enseñanzas y transformarlas. En La Coronela, el conflicto de clases durante el Porfiriato está resuelto (como lo señala el musicólogo Eduardo Contreras Soto) mediante una construcción que contrapone el ritmo binario del son al terciario del vals. Te gustó el sonido de ese enfrentamiento y de él bebiste para construir el final de tus dos últimas sinfonías: la Cuarta “Cora” (1942) y la Quinta(1960).

Pero mientras Revueltas cargó al son con indígenas y al vals con burguesas, tú liberaste los bailes de ideologías. Los dejas ahí, libres de referencias extra–musicales (aunque encerrados en la forma de sonata), ensayando en sí mismos, una y otra vez, panoramas abstractos entre el apasionamiento romántico y un sarcasmo de barrio.

Este juego de apariencia inocente, en tu Quinta se vuelve brutalmente dramático. La hemiplejia te había paralizado el cuerpo mientras dentro de ti, incansables, corrían las ideas musicales. Escribías inmóvil con dos dedos (una página podía llevarte la tarde entera), y así recibiste la muerte: como una vieja estatua de sutil expresión revueltiana y un corazón estremecido por ritmos de danza.

Han pasado, Candelario, 45 años desde que te enterraron. Hoy nadie escucha tu música. Has sido olvidado. Están, por supuesto, los extraños melómanos obsesivos (pueden contarse con los dedos de una mano) que a veces hablan de ti. Lo hacen con cariño. “¿Qué lugar ocupa Huízar en la historia de la música mexicana?”, se preguntan y concluyen solemnemente que eres un puente de fantasiosas raíces románticas que avanza sobre aguas de impresionismo con paso nacionalista hacia los inciertos territorios de la modernidad y la vanguardia.

Si por ti alguien me preguntara, le diría que escuche tu poema sinfónico Surco (1935). Es tal vez tu obra más interesante y atrevida. Acuática, casi impresionista. Hay algo que avanza de noche en el agua. No queda claro hacia dónde va o de dónde viene. Son ambiguas las formas que deja a su paso. Aquí ecos, allá sombras. De este lado humo, de ese otro espejos. Señales confusas. Indescifrables y tensas. Al fondo, un aire humano: cierta triste melodía que ha perdido los contornos y anuncia la mañana. Y de pronto, Candelario, haces salir del agua una suerte de vida nueva y secreta, física y poderosa, que impone en la tierra (con misas, caballos, marchas y luces de bengala) un discurso solar de cosas definidas.

Con admiración y cariño,

H.