La niña y las brujas

Gloria Contreras cumplió 80 en noviembre. Es la coreógrafa mexicana más importante de todos los tiempos.

Ciudad de México

Gloria Contreras cumplió 80 en noviembre. Es la coreógrafa mexicana más importante de todos los tiempos. El origen de este perfil son las más de 100 entrevistas que el autor sostuvo con ella entre enero de 2007 y noviembre de 2011. Una fascinante historia sobre música, poesía, fantasmas, amor malogrado, pasión, tristeza, pintura, perdón, sangre, crueldad, imaginación, fuerza, coreografías, Stravinsky, Balanchine, Revueltas, cartas íntimas, recuerdos, sexo, falta de sueño, un chihuahua, una nana, pesadillas, NY, cobardía, luz confundida, fuego, tiempo, mucho ballet, enfermedad, escenarios, belleza, Cortázar, vino, muerte, miedo, y el angustioso misterio de una hermosa niña que hacia el final de su vida, ya fuera de tiempo, con terror se pregunta “¿me habré convertido en una bruja repulsiva?”.

 

El perdón

Gloria está sentada en el sillón de su sala. La única luz prendida, tenue, azul y lejana, es la lamparita de arriba del piano. Son las tres de la mañana. El cuello le huele a perfume de ciruela.

—Evito el sueño; me da miedo quedarme dormida.

—¿Una pesadilla?

—No, como en el cuento de Cortázar...

—¿”Retorno de la noche”?

—Sí, el de ese hombre (Gabriel Medrano) que se despierta, se levanta y se ve a sí mismo muerto.

Gloria bebe tinto. Una copa de metal en su mano izquierda y la botella la tiene apresada entre los muslos. Está muy fría; en su casa hay una regla inviolable: el vino tiene que enfriarse.

—No temo a la muerte, sino a ese sufrimiento horrible que Julio plantea.

—¿Despertar con tal brutalidad que tu vida se desprenda del tiempo?

—Sí,  permanecer suspendida en un abismo: sin vida, ni muerte, ni tiempo... como quedó mi maestro

—¿Eso le pasó a Balanchine?

Gloria viajó a Nueva York en cuanto supo que el coreógrafo ruso George Balanchine estaba a punto de morir. Ella tenía 49; él 79. Era abril de 1983.

—Me acerqué a la cama; pero él no estaba en ese cuerpo que aún respiraba,

—¿Viste su fantasma?

—Sentí su presencia rondando el cuarto, y sentí su horrible sufrimiento.

Balanchine le daba a Gloria clases de coreografía en el New York City Ballet a finales de los cincuenta. Fue su única alumna. Ahí estaba también Stravinsky (era el compositor residente del teatro) y Stravinsky le regaló a Gloria un piano.

Me quedé junto a la cama de Balanchine toda la noche.

—¿Te dijo algo?

—Tomó mi mano y dijo: “TIME, TIME…”

—¿Era su voz?

—Era su voz, pero no salió de su boca, sino que me llegó desde dentro: la escuché en mi interior. 

—¿Como si su espíritu se hubiera confundido de cuerpo?

—Se me metió en mí en su desesperación por encontrarse.

Balanchine aborrecía que se le impusiera una historia a las partituras. Creía en un ballet abstracto que surgiera de la música. “El movimiento sale del sonido, sus características dependen de las características de las notas”, decía.

Gloria hizo sus primeras dos coreografías (El Mercado y Huapango) con el piano que le regaló Stravinsky. Era blanco y vertical; tuvo que sacrificar su escritorio para que cupiera en su cuarto. Tocó Sones de mariachi de Blas Galindo y la famosa obra de Moncayo todas las noches de 1957 mientras imaginaba cómo cambiar de mundo esos sonidos: sacarlos del piano, tomarlos en el aire y extenderlos con su cuerpo. 

—¿Cuánto duró el espíritu de Balanchine dentro de ti?

—Un instante, el tiempo que tardó en decir esas dos palabras...

—¿TIME, TIME?

—He pensado mucho sobre eso. Creo que estaba desesperado porque su espíritu llegara a tiempo para vivir la muerte de su cuerpo.

—¿Y lo logró?

—Sí, el fantasma salió de mí e inmediatamente el cuerpo de Balanchine abrió los ojos. Sonrió y supe que ya estaba muerto.

La musicalidad de Gloria adquiría siempre formas inesperadas. A Stravinsky y Balanchine eso les gustaba mucho. En El Mercado encontraron algo de falso; colores de tarjeta postal. Pero en Huapango los movimientos se aventuraban al después de la fiesta, a cuando el baile termina, se recogen las mesas y el alma, tras la noche de confeti, alcohol y risas, se siente más sola que nunca. “El folclor en el fondo es eso: la profunda tristeza del pueblo, y tú lo has comprendido; por eso tu ballet es muy hermoso”, le dijo Balanchine a Gloria.

—¿Y qué hiciste después de que murió Balanchine?

—Regresé a México y le hice un ballet con música de Stravinsky (Homenaje a Balanchine, estrenado en 1984 en el Taller Coreográfico de la UNAM).

—¿Es la única obra que le has dedicado?

—Sí, y lo hubiera ofendido.

—¿Por qué? 

—Son seis hombres, no hay mujeres.

— ¿Balanchine no quería que hombres protagonizaran ballets?

—¡No toleraba que un hombre fuera el protagonista!

—¿Los creía accesorios?

—Sí, adornos para que las bailarinas lucieran.

—¿Balanchine se enamoró de alguna?

—Creo que un poco de mí.

—¿Y tú de Balanchine?

—Conmigo se mostraba como un hombre demasiado abstracto como para poder enamorarme de él.

—¿Abstracto?

—Amaba mi ser en movimiento, me amaba rodeada de música; amaba aquello que expresaba mi cara y mi cuerpo mientras bailaba.

—¿Y fuera de la música?

—Era frío, amable y distante: Tenía miedo de que se rompiera el encanto.

—¿Se veían después de las clases?

—Sí, pero siempre bajo las mismas circunstancias: me acompañaba a mi casa. 10 minutos caminando. Me tomaba del dedo más chiquito de mi mano izquierda y así me llevaba hasta la puerta de mi departamento, como si fuera una flor en vez de una mujer. Hacía una reverencia y se iba.

—Hablaban?

—Solo de música.

—¿Y sobre sentimientos?

—¡Nunca!

—¿Por qué se distanciaron?

—No pudo soportar mi embarazo.

—¿Te dijo algo?

—Me dijo algo horrible: “Ah, Gloria, entonces esto del arte para ti fue un mientras en lo que alguien te hacía hijos, ¿no?”, y me hirió profundamente.

—¿Qué año era?

—Finales de los sesenta, poco antes de que Eduardo Mata me ofreciera fundar mi compañía de ballet en la UNAM.

—¿Volviste a ver a Balanchine?

—No lo volví a ver hasta el día de su muerte.

—¿Y a Stravinsky?

—Tampoco lo volví a ver: supongo que Balanchine lo echó en mi contra.

—¿Perdonaste a Balanchine?

—Eso pensé cuando le coreografié el Homenaje, pero en realidad no fue así, pues ahora comprendo que el rencor me llevó a hacerle un ballet que en realidad lo hubiera ofendido.

—¿Lo has perdonado ahora?

—Sí, y por eso quiero decírselo en una nueva coreografía íntima.

—¿Sobre ustedes dos?

—Sobre mi presencia en su agonía, sobre su espíritu entrando a mi cuerpo en la desesperación de perder su muerte.

Gloria tiene un bigote de vino. La copa se ha caída. El sonido del metal contra la alfombra fue mínimo. Bastó para asustarla. Brincó como si una bomba hubiera explotado a su espalda. Está cansada. Parece triste. 

—¿Qué música vas a usar?

—Quise algo cercano a la locura.

—¿Schumann?

—Su primer romance para piano y oboe.

—¿Balanchine es el piano?

—No, yo soy el piano; él es el oboe. Era tan dulce y yo tan violenta.

—¿Por qué dices que será una coreografía íntima?

—Porque aunque te digo que el significado es mi presencia en su agonía y su espíritu entrando a mi cuerpo, lo único que va a suceder es una mujer y un hombre haciendo el amor.

—¿Y cómo se va a llamar?

—El perdón!

 

Giovanna

I

1973. Tiempo terrible para Giovanna. Entonces tenía 21. Quería ser filósofa. Estudiaba en la UNAM. Fumaba mota y se hinchaba el cuerpo con ginebra. Le gustaba escribir sus ideas. Su diario se llamaba DESTRUCCIÓN.

“Es mi cuaderno de universitaria”, dice Giovanna, que cumplió 63 en septiembre de 2014. Saca el cuaderno de su bolsa. La tapa está adornada con flores marchitas; magnolias y violetas. Son páginas viejas. El tiempo las ha pintado de un amarillo verdoso. Huelen a agua estancada. Es café el color de la tinta que alguna fue vez negra.

Abre DESTRUCCIÓN y en la primera página, del 20 de agosto, dice: “Yo, que desprecio lo cursi y la aristocracia, el arte elitista y a las niñas bonitas, los cuentos de hadas y lo falso, fui a una función de ¡BALLET! y de pronto me encontré íntimamente conmovida con el hecho de que una coreografía minimalista, para bailarina y poesía, proyectó mis más oscuros secretos sobre un escenario”.

II

A falta de un lugar dentro de la UNAM, las primeras dos temporadas del Taller Coreográfico (septiembre–diciembre de 1970 y febrero–junio de 1971) se ofrecieron en el Teatro Jiménez Rueda, en la colonia Tabacalera. Gloria Contreras, fundadora de la compañía, se reunió con el entonces rector, Pablo González Casanova. Le exigió un teatro y éste le dio el Carlos Lazo, ubicado en la Facultad de Arquitectura.

 

El Carlos Lazo era un teatro en ruinas. Un desastre realmente. Llevaba 10 años cerrado. En el centro del escenario había un agujero del tamaño de un piano y los trabajadores de la facultad habían cortado el telón para defenderse del invierno con mantas de terciopelo rojo.

 

Eduardo Mata dirigía la Orquesta Filarmónica de la UNAM. Era amigo de Gloria y consiguió que la Dirección de Música aprobara un presupuesto para remodelar el recinto. Quedó listo y en junio de 1971 el Taller Coreográfico se presentó por primera vez dentro de la UNAM.

 

La reacción de los jóvenes fue de rechazo. ¿Para qué financiar un arte elitista, superficial, relacionado con la monarquía, tan poco comprometido con la realidad social? Gloria recorrió las aulas. Una por una. Todas las facultades. Pedía permiso a los maestros para dar su mensaje. Iba al grano. Palabras directas. Explicaba quién era y qué quería, cómo era su arte y cuáles eran sus fuerzas.

 

Decía que la historia del ballet era una sobre imposiciones. El libreto iba primero: un héroe, una princesa, y de la música solo se buscaba aderezo sin complicaciones para bailar su amor perfecto. Por eso Bach, Mozart, Beethoven, Schubert, Schumann, Mahler y Wagner murieron sin danza. “¡A ellos nadie les puede imponer un amor bobo!, y yo, Gloria Contreras, voy a ellos y me someto a sus partituras; me hundo con ellos y desde ahí bailo, desde la divinidad de Bach, desde la hombría de Beethoven, desde el delirio de Schumann”.

 

La pasión de Gloria hipnotizaba. Le hablaba a algo más grande, que no pertenecía a un jueves por la mañana, a un aula, a un deseo de llenar su teatro. Los jóvenes escuchaban sus palabras que subían y bajaban, se encendían en gritos o apagaban en murmullos. Y la veían: Una hermosa mujer joven tan parecida a una leona, dispuesta a matar en defensa de lo que era suyo.  

 

“A Mahler lo obsesiona la muerte y escribe canciones sobre niños muertos y sus hijos mueren y su esposa Alma lo culpa y él sufre y todo eso está en su música. ¡Yo tengo que llevar ahí mi movimiento! O Wagner plantea un amor que necesita la desintegración del universo para poder ser y justo en ese momento, en que Tristán e Isolda entienden que deben amarse más allá de la muerte, la tonalidad tiende hacia lo ambiguo por primera vez en la historia de la música. ¡Entonces tengo que hacer que mi cuerpo salga de la melodía y anuncie la atonalidad revolcándose a ras de piso!”.

 

Y el cuerpo de Gloria, pegado a mayoncitos negros, se movía con vigor y elasticidad al ritmo de sus frases; a veces dando pequeños saltos, cuando las ideas eran imaginativas, y otras con energía de marcha marcial si se trataba de enfatizar la violencia de un pensamiento. Y los jóvenes quedaron prendados.

 

 ¿Quién es esta mujer? Parece poseída. ¿Por ángeles, por demonios? ¿Desde dónde nos habla? Parece un lugar sublime y terrible. ¿Ahí habrá rezo o habrá crimen? Sea lo que sea, es un lugar que debemos conocer.

 

 

III

Giovanna accedía a tener sexo con un hombre. Ella pensaba, “vamos a buscar juntos un orgasmo, darnos de la mano esa alegría”. Pero el hombre se venía muy rápido dentro de ella y se iba lleno de miedo; miedo de su sangre inútil. Y ese hombre que se había ido derrotado, con su pequeño pene encogido, al día siguiente presumía a sus amigos que se había cogido a Giovanna. Así uno tras otro. Y Giovanna no podía entender por qué tanto dolor, por qué tantas mentiras, por qué tanta desconfianza, por qué era tan complicado ser una mujer.

 

Esa coreografía que proyectó sus secretos íntimos era Cantos del Maldoror (estrenada en 1971), danza de Gloria Contreras que no tiene música. Solo hay una voz que lee al Conde de Lautréamont y una bailarina que se lastima a sí misma y muere muchas veces.

 

“Yo soy esa bailarina; quedo como ella: en silencio, abandonada, exhibida, con lo vital ausente y sobrando muchas mentiras”, escribió Giovanna ese agosto de 1973 en DESTRUCCIÓN.

 

El amor

Gloria está de pie junto a la ventana de su cuarto. Aún no amanece. Observa el árbol de afuera. Sintió que algo se movía en las ramas. ¿Una sombra o un pájaro? Está confundida. También hay confusión en la luz. Es oscura pero ya clarea. No sabe si sigue perteneciendo a la noche o ya es parte del día.

 

—Enrique fue estúpido y cobarde al dejarme ir.

—¿Lo querías para ti?

—Sí, pero él no se atrevió a venir por mí,

 

Gloria llegó a NY en 1956 (a los 22) sin claridades. Como bailarina tenía cerradas las puertas del New York City Ballet. Técnicamente no podía competir con las mejores. Lo suyo era la música, leerla e interpretar a los compositores con su cuerpo. Y así se lo dijo a Balanchine: “Maestro, me resulta imposible brincar, dar tres giros perfectos en el aire y caer con delicadeza, pero puedo transmitir, por ejemplo, los secretos en Silvestre Revueltas”.

El primer Revueltas de Gloria fue Ocho por radio. Lo hizo a principios noviembre de 1959: la víspera de su 25 cumpleaños. En la partitura Gloria leyó ocho temas que avanzan con trazo independiente, que tienen muy claro donde nacen, hacia dónde van y donde mueren.

 

Ocho instrumentos (clarinete solitario, fagot perdido, festiva trompeta, dos violines que bailan, chelo con sombrero charro, un contrabajo de vestido y percusiones desacompasadas) que buscan ignorarse pero por momentos resulta inevitable la convivencia. De sus vidas mezcladas surgen violencia y ternura. Algunos pasajes son coqueteos y en otros hay peleas.

 

Sobre este caos de la sangre mexicana, Gloria introdujo otras dos frecuencias: un par de bailarines: mujer y hombre que creen poder ser el uno para el otro. Pero están llenos de distracciones. A veces él se aleja de ella. Tiene un romance insensato y candente con la mujer–contrabajo o se emborracha brutalmente durante días al lado del chelo–charro. A veces es ella la que se aleja de él. Quiere estar sola como el clarinete o fantasea con tierras lejanas de percusiones sin ritmo que le provocan muchas dudas sobre sí misma.

 

Por momentos la mujer (siempre es ella la que decide) vuelve al hombre, siempre con la complicidad de los violines, y resulta evidente, por la atracción de sus pieles, por sus salivas tan parecidas, que nunca deben dejarse ir.

 

Todo eso pasa en el ballet de Gloria. Dos que se buscan entre mucha confusión. Al final la trompeta anuncia el triunfo del amor: él le tiende la mano, ella la toma y juntos salen del escenario.

 

Cuando Balanchine vio la obra, le dijo a Gloria: “oh, ya veo que estás enamorada, ¿se puede saber quién es el afortunado?”. Ella le dijo que no existía afortunado, que era simplemente su manera de leer a Revueltas. Claro: estaba mintiendo.

 

En su vida había un hombre: Enrique Echeverría (1923–1972). Se conocieron en la ciudad de México en 1952. Gloria vivía en la calle Abundio Martínez de la Guadalupe Inn con Carmen, su mamá alemana, Gregorio, su papá español, y dos hermanas: Márgara la mayor y Elsa más chica.

 

Gloria tenía 18 años. Era una bailarina apestada. “¡La clase no empezará hasta que Contreras salga!”, era el sonsonete en todas las academias mexicanas. El problema era su carácter. Respondón y violento, rebelde e inquisidor. No se sometía a los cuentos de hadas y era lo único que le enseñaban. Estaba ávida de maneras violentas de articular sonidos y poder arrastrarse por el piso.

 

La rescataron los pintores. Los jóvenes del grupo La Ruptura. José Luis Cuevas, Alberto Gironella y Enrique Echeverría. Los tres coqueteaban con ella. Cada uno a su manera. Gloria escogió a Enrique, que era el más serio y callado. También el más alto. Pálido, delgado y con un fino bigote negro. Tenía sangre vasca. Era 11 años más grande que ella. Se veían en cafés del centro. Iban juntos a galerías y conciertos. Él le hablaba de pintura y ella de música. Él le contó que Picasso casi violaba a sus modelos y ella que Brahms siempre amó a Clara Schumann pero nunca se atrevió a tocarla más que con el pensamiento por respeto a Robert, su maestro. Él le enseñó cómo trazar una figura con sombras y ella a hacer un velero con una servilleta.

 

—¿Tú le dijiste a Enrique que lo amabas?

—Eso una mujer nunca debe decirlo con palabras.

—¿Enrique te dijo que te amaba?

—Oh, sí, ¡muchísimas veces!

—¿Entonces que salió mal?

—No lo sé; a ver si tú logras entenderlo...

 

Gloria se pone de pie y sale de su cuarto. Estaba sentada en su cama, arriba de la almohada, con la espalda apoyada en la pared, bajo un retrato del Che Guevara. El cuarto de Gloria es el de la esquina izquierda (al subir por las escaleras) de la segunda planta de la casa. Dan al jardín sus dos ventanas.

 

En el jardín hay un ficus, un sauce, flores rojas, flores blancas y muchas enredaderas. Las plantas escalan por las paredes de ladrillo con ánimo reproductivo. Para alguien que ve desde la banqueta, el efecto es fascinante: una elegante casona del Pedregal de San Ángel que ha sido abandonada en medio de la selva.

 

Es la hora del alba. Todos duermen en la casa. Hay un pasillo estrecho de cinco metros rodeado de libreros (a la derecha literatura sobre música; a la izquierda sobre danza) que une (y separa) el cuarto de Gloria con el de Jaime Farrel, su segundo esposo.

 

Un hombre de negocios. Exitoso e implacable. De esos que cierran tratos en el golf matinal y ya todo está decidido para la comida. Ése fue durante 40 años. Pero en épocas recientes (de 10 meses hacia acá) le han sucedido cosas extrañas. Siente que fantasmas rondan por la casa. Su inteligencia despreció el dinero y se ha dirigido hacia el misterio de esos muertos con forma de humo. Dejó los negocios y ha comenzado, por vez primera, a interesarse por el arte de Gloria. La acompaña a las funciones y le pregunta cosas. Cosas místicas. Él intuye que ella las sabe. “¿Qué le pasa al alma cuando el cuerpo muere?”, “¿por qué en la música todo existe en un mundo diferente?”, “qué es esto, Gloria, que siento como vibraciones en el corazón cuando en tu coreografía esa mujer queda sola y llora?”. Y ahora Jaime vive en esos universos abstractos. Nadie en su antiguo círculo lo reconoce. Pidió compañía por las noches para no sentir miedo. Gloria le dio a un chihuahua. Y el señor y el perrito duermen juntos por aquello de los fantasmas.

 

En la planta baja de la casa hay dos cuartos más. En uno duerme Anita; se encarga de la cocina y de limpiar. En el otro duerme Vicky, la doncella de Gloria. Escoge su ropa, le ordena la correspondencia y acomoda los más de dos mil discos siguiendo una minuciosa división por género (oratorios, cuartetos para cuerda, piano solo, conciertos para violín, réquiems, etc.) y época (Renacimiento, Barroco, Clasicismo, Romanticismo, Primeros modernos, Vanguardias, y Bach como categoría aparte en un estante superior).

 

Vicky muchas veces funge como nana. Gloria está negada para las cuestiones prácticas. A veces, como el personaje de Cortázar, se pone un suéter y saca la cabeza por la manga y sus manos solo logran que la cabeza se pierda más en el laberinto de lana. O sale de la casa sin llaves, pero aunque tenga las llaves no sabe cómo abrir la puerta de entrada. Vicky la viste como si fuera una niña y en la calle sigue tres metros atrás los pasos de su ama (como Richard Strauss a su amada Pauline cuando ésta se enojaba).

 

Jaime, Anita y Vicky duermen. Gloria regresa a su cuarto. Se sienta en su cama y distribuye alrededor de ella muchas cartas.

 

—Son todas las cartas de amor que Enrique me escribió.

 

Escritas en delgadas hojas azules, todas las cartas están enviadas desde la galería Proteo en Hamburgo 328-1, donde Enrique trabajaba y exponía. La primera carta tiene fecha de julio de 1954.

 

—La recibí en Nueva York. Yo tenía 20 y me estaban atendiendo del síndrome de Méniére.

 

Estar enferma era el secreto de Gloria. Oía zumbidos, como si todo el tiempo tuviera abejas volándole al lado de la oreja. Le daban vértigos y náuseas. Sentía que la cabeza le iba a estallar. Vomitaba sangre y se caía.

 

En 1954 le hacían exámenes en una clínica cerca del Central Park. Pruebas de orina, ayunos y olor a medicina. Su primer recuerdo de Nueva York fue muy perecido al Paris que Rilke describe en Los cuadernos de Malte Laurids Brigge. “¿Es pues aquí que viene la gente para vivir? Más bien me inclino a creer que aquí se muere. He visto los hospitales. Vi a un hombre vacilar y desplomarse. La gente se arremolinó a su alrededor y me impidieron ver el resto”.

 

Gloria guardó la primera carta durante varias horas hasta que los doctores la dejaron libre y se escapó al Hudson para leerla al lado del río.

—¿Enrique sabía que sufrías?

—Sí, era el único que sabía de mi enfermedad además de mi familia.

 

La primera carta es muy aburrida. Enrique le explica a Gloria sobre los cuadros de la Frick Collection. Le habla de la forma tan curiosa con la que El Greco distorsiona las caras y del “San Juan Evangelista” de Pierro de la Francesca, “de él salió mucho de lo que fue Diego Rivera cuando era buen muralista”. Y en ese tenor sigue, nombrando otros pintores (de la escuela holandesa: Ruysdael, van Ostade y van Duck; retratistas ingleses: Gainsborough y Joshua Reynolds), hasta que al final, por fin, tímido, torpe y balbuceante, le dice a Gloria lo único que tiene que decirle: “con especial cariño para ti: E”.

 

Días después llegó la segunda carta. Igual de aburrida que la primera. Ahora una guía para el Museo de Modern Art con esta despedida: “ya tendremos oportunidad de cambiar las ideas y hacer comentarios de estos paseos, lo que espero con ansiedad y gusto”.

 

—Regresé al DF y Enrique me recogió en el aeropuerto.

—¿Fue entonces más cariñoso?

—Sí, pasamos juntos mucho tiempo en los días siguientes. Todavía no se atrevía a besarme pero sus cartas cambiaron vertiginosamente de tono.

 

La del 16 de agosto de 1954 dice:

 

Necesito decirte Gloria, lo hermoso que es tener contigo largas charlas silenciosas; resulta delicioso en tu compañía pasear entre la lluvia, oír el canto del agua y de tu risa…poder ver, comprender, amar las luces y sombras, los remolinos de colores entre los charcos, por la calle cuando vamos juntos en la penumbra de la tarde…todo es muy bello y también como el verano y el invierno, el sol, los niños y los viejos, son cosas viejísimas, que han alegrado a los hombres miles y miles de años atrás, pero para mí ha sido nuevo hasta ahora… cuando tuve la presencia tuya, de tu espíritu, de tu voz, de tu sonrisa, ¡de la alegría de tus ojos!... de la suavidad de tus movimientos… todo ello siempre me comunica una dulce, íntima alegría interior, que no puede comunicarme con otra persona, más que tú Gloria.

E

 

—El 23 de agosto me besó por primera vez en un jardín cerca de mi casa.

 

23 de agosto, muy noche.

…te has convertido en el centro de mi corazón, en el objetivo de mi vida… en la imagen de una unidad inmortal, que nos integrará totalmente y que nos lance con toda pasión contenida en nuestro ser, todo el poder y la fuerza de nuestra vida, hacia la resplandeciente certidumbre y el imperio y unidad inmoral del amor.

Te amo mucho Gloria,

Enrique

 

—Y desde ese día sus cartas se volvieron hermosas.

 

19 de septiembre

…y en mi sueño me deleito, te adoro y beso, y sueño que sueñas, como en los versos, que entonces, que lánguida del cielo una estrella baja y te besa enamorada y se prende temblorosa en tu boca, en tus ojos y en tu pelo y al oído te cuenta entre murmullos todo lo que te adoro y quiero.

Te amo mucho Gloria,

Enrique

 

20 de septiembre

…Gloria, si puedes escribe otras líneas.

¡Te adoro y no tardes mucho que te quiero y extraño mucho, mucho!!

 

21 de septiembre

…Cariño mío, ahora pinto y espero darte una sorpresa buena con un cuadro que es para ti…son las primeras flores que pinto en mi vida…

 

3 de noviembre

…te extraño mucho y siento profundamente que aún no me acompañes--- pero tengo confianza que ya tendremos oportunidad de andar muchos años tú y yo…

Con todo el corazón,

 

4 de diciembre

…por ti siento ambiciones, por ti suspiro, por ti y para ti la dicha anhelo, por ti adoro la vida, por ti respiro...

 

—Entonces me ofrecieron una beca en una academia en Winnipeg. Se lo dije a Enrique y se desesperó tanto con la idea de perderme que mira, aquí, de pronto, ¡me pide en matrimonio!

 

 

13 de julio

Pero como siempre te lo he repetido, te amo mucho y Gloria, quiero que seas mi esposa, mañana, pasado-mañana o dentro de dos o tres años  (…) ¡Gloria, me aterra regresar y no encontrarte! (…) estoy convencido de que te amaré así hasta mi muerte…

 

—Y luego todo sucedió demasiado rápido. Tuve que viajar a Canadá de un día para otro.

 

La vida de Gloria en Canadá fue horrible. La trataban como res. Pegaban papelitos con su peso en los casilleros todos los días. “Lunes. Contreras: 110”. “Martes. Contreras: 109”. Miércoles. Contreras: 113”. Y entonces, si alcanzaba las 113 libras (que son 51 kilos y medio), tenía que salir al ensayo con un letrero adherido al vientre que decía “¡ME GUSTA COMER!”. Una de sus amigas bailarinas se aventó de un puente al río con piedras atadas a los tobillos y a otra le operaron mal la espina dorsal y quedó paralítica. Pero esas tragedias nunca se las conté a nadie. Ni a mi mamá ni a Enrique. Me las guardé para mí. Y justo cuando comenzaba a ver cómo irme a Nueva York, Enrique me habló por vez primera del cuadro “La niña y las brujas”, que al principio pensó en llamarlo “La joven y las viejas”.

 

Septiembre 9

…pinté mucho y ha variado tu cuadro, ahora te encuentras sentada a la mesa con unas mujeres viejas, queda mejor la composición, y me gustó la idea, serás el personaje principal de una cena de mujeres, esto nunca se ha hecho y me parece muy sugestivo, muy bueno este tema, y lo estoy trabajando con entusiasmo y cariño, pues deseo que sea un buen cuadro… y más…

 

Septiembre 10

…desde hace tiempo tenía la idea de las viejas y viejos del cuadro…ahora la estoy realizando plásticamente… Se ven como entre sueños a unos ancianos, hombres y mujeres, ya sin sexo, muy viejos, de rostros arrugados, frágiles, todos iguales, sentados, juntos, apretujados… son el resultado de sus vidas… todos agachados, en secreto, con sus labios retorcidos, corazones amargados…y ahora los reúno en este grupo, no sonríen, todo está muerto en ellos… como sombras rodean una figura luminosa, dulce, pura, la figura del ser que había palpitado la inmensidad, el silencio… al ser que le temblaron sus cuerdas en la inmensidad; que buscó en el mar o en la montaña y Lo encontró… el ser que pertenece a los que comprenden el amor, lo que tiemblan de emoción y comprenden el temblor de una hoja, de una rosa… esa luz entre las sombras, ¡esa eres tú!, ese es mi cuadro “La joven y las viejas”.

Muchos besos de tu Enrique

 

 

Octubre 5

…no puedo terminar el cuadro de la joven y las viejas… encuentro gran alivio releyendo tus cartas…

 

Octubre 17

…anoche tuve una terrible pesadilla, soñé que tú caminabas por una calle solitaria de noche, yo no te conocía, es decir, eras tú, pero yo era un desconocido para ti y yo estaba en una puerta cuando pasabas tú y apunto de alcanzarte, un tipo me lo impedía, peleé de una manera fantástica contra ese tipo y después te alcanzaba yo y caminábamos hasta una gran calzada donde nos íbamos en un autobús que pasaba…

 

Noviembre 1

…a la bella joven (Gloria) y a las viejas les falta un poco más, pero no sé si te dijo que lo habían visto Cuevas y Vlady y les había entusiasmado mucho…

 

Diciembre 1

….Dime Gloria, aquella muchacha que vi partir en el aeropuerto la mañana del 27 de agosto, ¿no han variado sus sentimientos, sus ideas con respecto a mí?...

 

Diciembre 8

…hoy en la noche les llevé el cuadro de Gloria y las viejas para que lo conocieran y parece que les impresionó, a Elsa y tu mamá (que fueron las que estaban) aunque quizá no les gustó por ser un poco oscuro y macabro, creo yo, pero les impresionó de todas maneras, a mí me gusta mucho este cuadro y a ti te gustará cuando lo veas…

 

Diciembre 12

… me cuentan que tu papá, al ver el cuadro de “tú y las viejas” se emocionó hasta las lágrimas al verte ahí…

 

Diciembre 23”

…tengo tu mechón de pelo envuelto en una carta tuya que recibí en Washington, una primera carta de amor tuya que me escribiste y que guardo siempre en mi cartera junto a 7 retratos tuyos…

 

—A principios de 1956 un amigo negro me consiguió una visa y me fui a NY.

—¿Enrique siguió escribiendo?

—     Sí, cuatro años más, pero quemé muchas de esas cartas.

—¿Por qué?

—A principios, creo, de 1960 un científico de apellido Luke comenzó a ser lindo conmigo. Yo necesitaba desesperadamente que alguien me abrazara.

—¿De 1956 a 1960 Enrique y tú se vieron?

—Sí, como dos meses en total durante esos cuatro años.

—¿Y?

—Siempre hablaba de casarnos.

—¿Y tú querías?

—Lo veía como una posibilidad real.

—¿Entonces llegó el científico?

–Sí, Era muy detallista: Me llevaba comida a mi trabajo y me llenó de atenciones que yo necesitaba.

—¿Se lo dijiste a Enrique?

—Sí.

—¿Cómo?

—Le escribí: “Enrique, aquí hay un hombre”.

—¿Él cómo reaccionó?

—Escribió: “Gloria, me rompes el corazón pero lo entiendo: siempre supe que eras un castillo en el aire” Y fue su última carta.

—¿Eso fue todo?

—Sí y me puse furiosa.

—¿Qué esperabas que él hiciera?

—¡Que viajara a NY, viniera conmigo y me dijera; “¿cómo que un hombre?, ¿cuál hombre?, aquí me tienes, yo soy tu hombre y no necesitas otro!”

—¿Y tú no lo volviste a buscar?

—Por más que ame, una mujer no debe esforzarse por hacer reaccionar a un hombre que la deja ir así, sin pelear.

—¿Y tú amabas a Enrique.

—Lo amaba.

—¿Y te casaste con el científico?

—Sí, me casé con él.

—¿Por amor?

—No. Todo mi cuerpo me pedía un hijo. Era algo superior a mis fuerzas. Mi parte de creadora decía que no, que Balanchine tenía razón en decir que las artistas no deben tener hijos. Pero mi instinto era demasiado fuerte, una fuerza animal a la que quise al principio resistirme.

—¿De qué manera quisiste resistirte?

—Pensé en ligarme las trompas, pero me di cuenta que si hacía eso terminaría matándome.

—¿Enrique supo que hiciste esa coreografía sobre ustedes dos con música de Revueltas?

—No. De hecho es una coreografía que no existe. La borré de mi repertorio. Muchos años después, en 1995, volví a hacer un ballet con la misma música (8 x radio) pero es completamente diferente. 

—¿Por qué conservaste estas primeras cartas de amor?

—Porque no las tuve a la mano el día en que quemé las demás.

—¿Aún las lees?

—Últimamente todos los días

—¿Cuál es tu favorita?

—Ésta:

 

Septiembre 28 (1955)

…algún día estaremos muy juntos los dos, en compañía de la música...

 

 

La muerte

Gloria se ha puesto abrigoy lentes oscuros. No quiere que Vicky suba y descubra que otra vez no ha dormido. Es ridículo. Con un hombre en su cuarto, los labios encarnados y el vino en su mesita de noche no hay misterio posible. Gloria sonríe.

 

—¿Qué crees que vea en ti un joven mexicano del siglo XXI?

—A veces creo que un monopolio y eso me da horror.

—¿Qué monopolizas?

—Ellos podrían creer que el presupuesto que la UNAM da a la danza.

—¿Y lo monopolizas?

—Recibo cerca del 80 %, pero mi trabajo ha sido incansable: con ese dinero he montado casi 400 coreografías que van desde la monodia hasta compositores vivos como Mario Lavista.

 

Faltan dos horas para las ocho de la mañana. Entonces todo ocurrirá de manera precisa: Vicky subirá y regañará a Gloria. Luego la va a vestir y bañar. A las 8.30 desayunará fruta y yogurt y media hora después su chofer la llevará al Taller Coreográfico.

 

—¿Qué le pasará a tu Taller cuando mueras?

—Los políticos que controlan los asuntos culturales solo están esperando mi muerte para quedárselo... como el tramposo ése al que le di un zapatazo en la cara.

 

Gloria está imaginando de más. Se refiere a un episodio que ocurrió en 2010. Sealtiel Alatriste, entonces director de la Coordinación de Difusión Cultura de la UNAM, le avisó a Gloria que no podría utilizar la Sala Miguel Covarrubias durante un mes porque se montarían dos óperas de Puccini. Gloria fue a su oficina y le dijo “¿ópera?, ¿en la UNAM?, ¿a 400 pesos el boleto?, ¿eso es para los universitarios a los que damos educación gratuita?, ¿eres estúpido, mercenario o solo un cobarde?” y le aventó su mascada a la cara. Antes de irse le gritó: “¡y tuviste suerte de que no haya sido mi zapato!”.

 

—¿Tras más de 40 años de historia, la continuidad del Taller no está asegurada?

—¡Para nada!, en México es así, y es casi seguro que el Taller muere junto conmigo.

—¿Pero has preparado a un sucesor?

—No.

 

En el ensayo de hoy, Gloria debe montar Vitálitas con una nueva bailarina que le recuerda a alguien pero no puede recordar a quién. Es la tercera coreografía que hizo. Con música del compositor inglés Peter Dickinson que escribió exprofeso. Era 1958. Es música estridente; piano solo para bailarina única. El tema son los misiles cubanos apuntando hacia Estados Unidos; vivir en NY y estar a favor de Fidel Castro; sentir que la puerta de la Tercera Guerra Mundial ha sido abierta.

 

—Solo le he sido fiel a un hombre: a Panchito

—¿El fotógrafo del Taller?

—A él. Éramos vecinos en la Guadalupe Inn. Yo tenía 7 y él como 9. Me pidió permiso para tomarme una fotografía: la primera fotografía que tomó en su vida. Le dije: ”sí, claro”; me bajé de mi bici y posé para él. Fue el primer hombre que me hizo sentir idolatrada. Y eso una mujer como yo nunca lo olvida.

—¿Una mujer como tú?

—Vanidosa y apasionada.

—¿Cómo le has sido fiel?

—Cuando fundé el Taller, lo contraté como fotógrafo de planta y le he conservado el trabajo durante todos estos años. Pero ahora me pone muy triste verlo. Es un viejito encorvado, pálido, y yo me veo en él y no puedo creer que el tiempo se haya ido tan rápido.

 

Gloria comienza a tararear una melodía: la oración hebrea “Mi Ba Esh” que Leonard Cohen usó en su canción “Who by fire”, donde reproduce una tradición que ordena abrir el Libro de la Vida un día del año para inscribir todos los nacimientos y todas las muertes.

 

—Ya sé a quién me recuerda la muchacha a la que hoy voy a enseñar a bailar Vitálitas: ¡a mi amiga que se suicidó en Winnipeg!

 

Gloria se estremece. “¿Y yo para qué tengo puestos los lentes?”. Los avienta sobre la cama. Sus ojos son chiquitos y muy oscuros. Los rodean circulitos color ceniza. Miran con cansancio. Su cuerpo contrasta. Es rápido y ágil. Esbelto y fuerte por todas partes. Una mujer de 45 años envidiaría tanta vida física. El perfume de ciruela se ha diluido. Ahora el cuello de Gloria huele a vino, sudor, piel y madrugada. 

 

—Me da terror pensar en tu pregunta.

—¿Cuál pregunta?

—La de qué piensan de mí los jóvenes mexicanos del siglo XXI.

—¿Qué es lo que te aterra de eso?

—La idea de que las personas que me admiran fueron jóvenes en los setenta y ahora son viejos o están muertos. Y también me aterra la idea del cuadro que me pintó Enrique.

—¿”La niña y las brujas”?

—Me da terror la idea de que si un joven de hoy me viera quizá descubriría que la niña de ilusiones y sueños, de carácter dulce, de piedad y sonrisas y lágrimas y ternura y besos, que esa niña poco a poco ha perdido todo lo hermoso que tenía, todo lo que la hacía única, para marchitarse, para desvanecerse en el gris, para pudrirse y convertirse en otra de las repulsivas brujas que en la mesa la rodean.

 

La canción de Cohen se centra en las muertes. Busca registrar todos los medios posibles de extinción y pregunta quién morirá de qué manera. “¿Quién por fuego?, ¿quién por agua?, ¿quién por su propia mano?, ¿quién mientras ascendía?, ¿quién en soledad?, ¿quién tras un lento ocaso?”.

 

—¿Y te has convertido en bruja repulsiva?

—Me niego a pensar en eso, es inútil preguntarme ahora si me he convertido en una maldita.

—¿Te quedan ilusiones?

—La música.

—¿Te queda dulzura?

—Cada que bailo.

—¿Te quedan sonrisas?

Gloria sonríe.

—¿Por qué vives?

—Por mi muerte, porque sea digna.

—¿Y cómo quieres morir?

—Quiero morir en el teatro y te aseguro que así va a morir Gloria Contreras: bailando en el escenario de su Taller Coreográfico.