Un joven músico lunar

Vibraciones.
 Ensamble Tempus Fugit.
Ensamble Tempus Fugit. (Conaculta)

Ciudad de México

I

Christian Gohmer habla con las manos metidas en los bolsillos interiores del saco. Quiere que descansen. En media hora dirigirá La violación de Lucrecia al frente de su orquesta, Tempus Fugit, nombre que establece una declaración de principios: la música existe en el tiempo y el tiempo se fuga. Casi todo el tiempo, las manos de Christian sirven a la música. Sin música, están quietas y son mudas.

En México, La violación de Lucrecia es una rareza. Pero es el lado en el que respira Christian: en el de los raros, en el de los olvidados. Cualquier gran música que muere en silencio, la defiende a muerte. Y algo hay de guerrero en su apariencia: lleva barba de candado recién cortada y en el lóbulo izquierdo luce un pequeño arete blanco.

Está de pie en los jardines del Centro Nacional de las Artes. Extrañamente inmóvil. Sobre él brilla la incompleta luna de febrero. Su luz transmite claridades angustiantes. Tonos chillones. Amarillos y naranjas. Luna que no infunde quietud; tampoco calma. Se parece tanto a la que, de acuerdo con el poemario de Albert Giraud, envenenó a Pierrot Lunaire con siniestras fantasías (“¡tú, Luna nocturna, mortalmente enferma sobre el lecho del cielo!”).

 

II

Los poemas sobre Pierrot Lunaire inspiraron a Arnold Schöenberg (1874–1951) el primer ciclo de canciones atonales en la historia de la música (escrito en 1912): una partitura obsesionada con los números (tres partes de siete poemas para siete intérpretes) que narra (a través de un canto–recitado conocido como sprechstimme se recomienda a la soprano) las alucinaciones (religiosas y sexuales), pesadillas (zombis que profanan sarcófagos y mariposas gigantescas) y el triunfal regreso a casa (“¡con anhelo alegre vuelvo al placer que ha mucho tiempo descuidé!”)de un payaso enfermo de intoxicación lunar (“Pierrot, con el rostro de cera, permanece meditabundo y piensa: ‘¿cómo maquillarme hoy?’ Rechaza el rojo y el verde de Oriente, y engalana su faz de gesto solemne con un espectral rayo de luna”).

Christian grabó Pierrot Lunaire por primera vez en Latinoamérica al frente de su Tempus Fugit (2009, FONCA) y así entró al mundo de la música clásica mexicana: a través de una puerta propia, cantando un inexplorado himno de expresionismo atonal. Su entrada fue innovadora y disonante. Desconcertó por atrevida y sorprendieron los inexplorados sonidos que traía consigo. Desde entonces, dedica sus días a difundir importantes obras del siglo XX que nadie en México toca (como The Medium de Gian Carlo Menotti o la Sinfonía para ocho voces y orquesta de Luciano Berio) y a estrenar música de gente viva (como Las cartas de Frida de Marcela Rodríguez o For Those Who Secretly Listen de Georgina Derbez).

 

III

Se ha oscurecido la luna. Christian habla. Su inmovilidad es extraña porque contrasta con sus ojos rápidos y traviesos: suben al cielo y a saltos atraviesan el panorama para contemplar las formas de una muchacha mientras el cuerpo permanece rígido, con sus manos musicales muertas en los bolsillos interiores del saco.

Viste negros pantalones estrechos y camisa blanca sin moño. Mañana debe estar en Sonora. Lo nombraron director artístico de la Filarmónica. Le encanta la idea de llenar con música nueva las calles, teatros y edificios de la ciudad. Sueña con montar, por ejemplo, la mini–ópera El niño polilla del mexicano Ricardo Zohn–Muldoon, sobre un niño que (para gozo de sus padres, pues se lo advirtieron) muere despedazado a causa de una enfermedad desconocida que contrajo por mal portado.

Pero Christian debe tener cuidado de no ir demasiado rápido con sus elecciones. Juntar en el mismo programa a Olivier Messiaen (1908–1992), George Crumb (1929) y Theo Loevendie (1930) es peligroso. El riesgo es que nadie vaya a la sala. Entonces es inevitable acudir a Chaikovski, Mozart y Beethoven. Pero en el fondo se trata de una trampa. Son anzuelos. Quien los muerda, poco a poco va a ser arrastrado hasta Mario Lavista (1943), Georg Friedrich Haas (1953) y Hebert Vázquez (1963).

Christian tiene que irse. Faltan cinco minutos para que suba al pódium del Teatro de las Artes y reviva a Lucrecia, la heroína de Britten más turbulenta, y confundir los ambientes de una lunar noche de viernes entre lóbregos elementos de ópera inglesa: hombres que beben y mujeres hilando; traición; flores rotas; seres crueles que en el vacío se desvanecen, y el horrible sacrificio de una mujer pura.