La inesperada secuela del ruiseñor

'Matar a un ruiseñor' de Harper Lee obtuvo en 1960 el Premio Pulitzer, pero antes de que eso ocurriese, recibió la propuesta de escribir la novela desde otro punto de vista. Y al parecer lo hizo.
El escritor Harper Lee.
El escritor Harper Lee.

Ciudad de México

A sus 89 años, Harper Lee es mundialmente célebre por su aclamada novela Matar a un ruiseñor, que en 1960 obtuvo el Premio Pulitzer, convirtiéndose de inmediato en filme hollywoodense con Gregory Peck y Marie Badham en los papeles estelares, y en un longseller y una obra de culto que ha llegado incluso a ser lectura obligatoria en institutos y escuelas de Estados Unidos. Pero antes de que todo ello ocurriese, en los despachos de su editor, Lee recibió la propuesta de escribir la novela desde otro punto de vista. Y al parecer lo hizo. La historia del manuscrito, del que su autora jamás habló en público, permaneció oculta hasta que, en el otoño pasado, se anunció que entre las cuartillas que Lee había dejado a resguardo en una caja en su pueblo natal, Monroeville, una serie de escritos que al ser revisados en 2011 por Tonja Carter, su abogada, revelaron entre sus páginas el codiciado texto.

El resultado de esta controvertida novedad, contenido en 269 páginas, es desigual, más complejo en su ambición pero mucho menos absorbente y fascinante que su antecesor. Las primeras 100 páginas son inconsistentes, aunque crean una sensación y un ambiente de anticipación. Comienza 20 años después del momento en que termina Matar a un ruiseñor; cinco décadas y media después del inicio de su historia, la historia del abogado Atticus Finch y su familia, su hija Scout y su hijo Jem y su compañera Calpurnia, quienes protagonizan la famosa novela de Lee sobre la dura situación racial en el estado de Alabama. Así que, en toda regla, es una segunda parte, una secuela.

En Ve y pon un centinela, Scout, esta vez Jean Louise, de veintitantos años, vuelve de Nueva York a su tierra natal, Maycomb, para visitar a su padre, ya viejo y artrítico. Y aparte de los bíblicos títulos, los textos mantienen una independencia y se estructuran de forma distinta: uno está contado en primera persona (Matar a un ruiseñor) y el otro es narrado en tercera persona; el más reciente consta de siete partes que incluyen 19 capítulos y el primero está organizado en 30 capítulos divididos en dos secciones. Solo unos cuantos pasajes coinciden, en especial las escenas que describen Maycomb, así como algunos aspectos del folclor local. Un par de párrafos hacen alusión a la revuelta de Tom Robinson en 1930. Pero la cuestión central que los diferencia se extiende como una red a lo largo de todo el libro y, como dice Randal Kennedy, la parte más dramática de la novela es la revelación de que Atticus, el supuesto emblema de probidad, coraje y sensatez, era un blanco racista que llega a defender la propaganda segregacionista de la década de 1950, en una época en que las luchas sociales de los negros estaban cada vez más caldeadas, e incluso escribe un panegírico titulado “La plaga negra”, y ridiculiza a asociaciones pro derechos humanos. Le preocupa, en suma, que los negros dejen de estar en el sitio que ocupan. “¿Quieres que haya negros llenando los asientos de nuestros autobuses escolares y de las iglesias y teatros?”, le pregunta Atticus a Jean Louise, cuyo pretendiente, Henry Clinton, quien aparece por primera vez trabajando a las órdenes de Atticus, se une a él en el Consejo de Ciudadanos Blancos. “Su desencanto”, observa Kennedy, “deviene enfado e indignación, sugiere y brinda la oportunidad de explorar un denso, fértil y complicado tema: ¿cómo debemos tratar con alguien que te ha amado sin reservas cuando descubres que esa misma persona alberga desagradables y peligrosos prejuicios sociales?”.

Para encontrar una respuesta propia, obviamente hay que leer Ve y pon un centinela; pero la Harper Lee de esta novela no es la misma en intensidad y altura literaria que la autora de Matar a un ruiseñor. Y su personaje no acaba de definirse y titubea ante el dilema moral que, como bien apunta Kennedy, fluctúa en toda esta obra: amar a alguien cuya postura política uno no comparte. Hay que preguntarse, como ha hecho Kennedy en el New York Times, si ha valido la pena la publicación de esta temprana novela, aunque en efecto no represente su mejor obra, donde el lector admira la complejidad del carácter de personajes como Atticus Finch, todo un arquetipo. Scout, en cambio, sigue siendo como fue creada: con el atractivo del protofeminismo del momento, cuando es educada en los modales de una dama y dice que no está particularmente interesada en serlo, algo que en el nuevo libro de Lee se expande de manera conmovedora mostrando su rechazo a entregarse a una vida doméstica y convencional. Pero como remacha Kennedy, este es solo un intento que, de llevarse a cabo, hubiera dado como resultado una obra maestra de la literatura moderna: la historia, apenas trazada en este libro, de una chica, Jean Louise, y sus conflictos en el terreno del amor, la lealtad, la decencia y la justicia.

Más allá de su intrínseco valor literario, que cada lector debe juzgar por sí mismo, el hecho de su publicación, como reseñó el crítico inglés Mark Lawson, es un placentero, revelador y auténtico acontecimiento literario, parecido al descubrimiento de una sección entera de The Waste Land (La tierra baldía) de Eliot, o al hallazgo de un acto perdido de Hamlet en el que aparecen indicios de que el príncipe ha matado a su padre. ¿Habrán de cambiar las tesis universitarias, estudios, ensayos, redacciones de examen y trabajos escolares que se han escrito a partir del valor de un personaje como Atticus Finch, cuyo rostro ahora vemos desde otro ángulo? “Podrán comparar y contrastar”, responde Lawson, “mientras llega la oportunidad de hacer una nueva película cobijando ambos géneros que tanto gustan en Hollywood: la secuela y el remake”.

Hasta entonces, Ve y pon un centinela agitará la visión establecida tanto de su autora como del libro, y a menos que caiga otra sorpresa parecida, esta publicación intensificará la pena de que Harper Lee haya publicado tan poco.

La inesperada secuela del ruiseñor

Carlos Rubio Rosell

Reseña

A sus 89 años, Harper Lee es mundialmente célebre por su aclamada novela Matar a un ruiseñor, que en 1960 obtuvo el Premio Pulitzer, convirtiéndose de inmediato en filme hollywoodense con Gregory Peck y Marie Badham en los papeles estelares, y en un longseller y una obra de culto que ha llegado incluso a ser lectura obligatoria en institutos y escuelas de Estados Unidos. Pero antes de que todo ello ocurriese, en los despachos de su editor, Lee recibió la propuesta de escribir la novela desde otro punto de vista. Y al parecer lo hizo. La historia del manuscrito, del que su autora jamás habló en público, permaneció oculta hasta que, en el otoño pasado, se anunció que entre las cuartillas que Lee había dejado a resguardo en una caja en su pueblo natal, Monroeville, una serie de escritos que al ser revisados en 2011 por Tonja Carter, su abogada, revelaron entre sus páginas el codiciado texto.

El resultado de esta controvertida novedad, contenido en 269 páginas, es desigual, más complejo en su ambición pero mucho menos absorbente y fascinante que su antecesor. Las primeras 100 páginas son inconsistentes, aunque crean una sensación y un ambiente de anticipación. Comienza 20 años después del momento en que termina Matar a un ruiseñor; cinco décadas y media después del inicio de su historia, la historia del abogado Atticus Finch y su familia, su hija Scout y su hijo Jem y su compañera Calpurnia, quienes protagonizan la famosa novela de Lee sobre la dura situación racial en el estado de Alabama. Así que, en toda regla, es una segunda parte, una secuela.

En Ve y pon un centinela, Scout, esta vez Jean Louise, de veintitantos años, vuelve de Nueva York a su tierra natal, Maycomb, para visitar a su padre, ya viejo y artrítico. Y aparte de los bíblicos títulos, los textos mantienen una independencia y se estructuran de forma distinta: uno está contado en primera persona (Matar a un ruiseñor) y el otro es narrado en tercera persona; el más reciente consta de siete partes que incluyen 19 capítulos y el primero está organizado en 30 capítulos divididos en dos secciones. Solo unos cuantos pasajes coinciden, en especial las escenas que describen Maycomb, así como algunos aspectos del folclor local. Un par de párrafos hacen alusión a la revuelta de Tom Robinson en 1930. Pero la cuestión central que los diferencia se extiende como una red a lo largo de todo el libro y, como dice Randal Kennedy, la parte más dramática de la novela es la revelación de que Atticus, el supuesto emblema de probidad, coraje y sensatez, era un blanco racista que llega a defender la propaganda segregacionista de la década de 1950, en una época en que las luchas sociales de los negros estaban cada vez más caldeadas, e incluso escribe un panegírico titulado “La plaga negra”, y ridiculiza a asociaciones pro derechos humanos. Le preocupa, en suma, que los negros dejen de estar en el sitio que ocupan. “¿Quieres que haya negros llenando los asientos de nuestros autobuses escolares y de las iglesias y teatros?”, le pregunta Atticus a Jean Louise, cuyo pretendiente, Henry Clinton, quien aparece por primera vez trabajando a las órdenes de Atticus, se une a él en el Consejo de Ciudadanos Blancos. “Su desencanto”, observa Kennedy, “deviene enfado e indignación, sugiere y brinda la oportunidad de explorar un denso, fértil y complicado tema: ¿cómo debemos tratar con alguien que te ha amado sin reservas cuando descubres que esa misma persona alberga desagradables y peligrosos prejuicios sociales?”.

Para encontrar una respuesta propia, obviamente hay que leer Ve y pon un centinela; pero la Harper Lee de esta novela no es la misma en intensidad y altura literaria que la autora de Matar a un ruiseñor. Y su personaje no acaba de definirse y titubea ante el dilema moral que, como bien apunta Kennedy, fluctúa en toda esta obra: amar a alguien cuya postura política uno no comparte. Hay que preguntarse, como ha hecho Kennedy en el New York Times, si ha valido la pena la publicación de esta temprana novela, aunque en efecto no represente su mejor obra, donde el lector admira la complejidad del carácter de personajes como Atticus Finch, todo un arquetipo. Scout, en cambio, sigue siendo como fue creada: con el atractivo del protofeminismo del momento, cuando es educada en los modales de una dama y dice que no está particularmente interesada en serlo, algo que en el nuevo libro de Lee se expande de manera conmovedora mostrando su rechazo a entregarse a una vida doméstica y convencional. Pero como remacha Kennedy, este es solo un intento que, de llevarse a cabo, hubiera dado como resultado una obra maestra de la literatura moderna: la historia, apenas trazada en este libro, de una chica, Jean Louise, y sus conflictos en el terreno del amor, la lealtad, la decencia y la justicia.

Más allá de su intrínseco valor literario, que cada lector debe juzgar por sí mismo, el hecho de su publicación, como reseñó el crítico inglés Mark Lawson, es un placentero, revelador y auténtico acontecimiento literario, parecido al descubrimiento de una sección entera de The Waste Land (La tierra baldía) de Eliot, o al hallazgo de un acto perdido de Hamlet en el que aparecen indicios de que el príncipe ha matado a su padre. ¿Habrán de cambiar las tesis universitarias, estudios, ensayos, redacciones de examen y trabajos escolares que se han escrito a partir del valor de un personaje como Atticus Finch, cuyo rostro ahora vemos desde otro ángulo? “Podrán comparar y contrastar”, responde Lawson, “mientras llega la oportunidad de hacer una nueva película cobijando ambos géneros que tanto gustan en Hollywood: la secuela y el remake”.

Hasta entonces, Ve y pon un centinela agitará la visión establecida tanto de su autora como del libro, y a menos que caiga otra sorpresa parecida, esta publicación intensificará la pena de que Harper Lee haya publicado tan poco.