Intercambio sobre el tablero

Vibraciones.
El músico estadunidense Bob Dylan.
El músico estadunidense Bob Dylan.

Ciudad de México

Con blancas me enfrento en ajedrez contra Bob Dylan. El juego comienza bajo dinámica de espejo: peón cuatro dama, peón cuatro dama. Parpadeo, parpadea. Son pequeños y rápidos sus ojos. Saco el caballo del rey; saca el caballo del rey. Son delgados y precisos sus dedos. Nos cruzamos de piernas al mismo tiempo, y las suyas, enfundadas en estrechos pantalones de tela blanca, izquierda sobre derecha, lucen esbeltas y frágiles; fragilidad acentuada por pesadas botas vaqueras de piel negra con escamas y puntas de plata que de pronto se quita. Entonces todo cambia. La dinámica adquiere gestos disonantes. Adelanto un escaque el peón del rey. Saca él otro caballo. Bebo cerveza. Ordena café. Sus palabras son secas e incompletas. Pongo el alfil blanco frente a la dama. Avanza el peón para amenazar a mi alfil, que hago retroceder. Prende un cigarro. No pregunta si me importa. Casi mediodía. Miro por la ventana. Lluvia y nieve. El humo avanza entre luz blanca. Bob Dylan huele a tabaco y está descalzo.

Adelanto el peón del rey. Si se lo come, desencadenará una matanza que lo pondría contra las cuerdas. Bob Dylan fuma, espera un poco y recula. Empuja las piezas lentamente, como si pesaran mucho. Sus manos están lastimadas. Cicatrices en la palma. Los meñiques chuecos. Hundidos los nudillos. Sigue boxeando. Aun ahora que es un viejo. Cabellos plata equilibran en el gris su famoso cabello chino que alguna vez fue negro. No oculta sus canas, como tampoco oculta las arrugas que le atraviesan la cara. La aceptación absoluta de su edad lo hace honorable, libre, descarado y brutal. Este viejo Bob Dylan que boxea escribe las canciones más sucias y violentas de toda su carrera. Por ejemplo, en “Narrow Ways” (Tempest, de 2012, su disco más reciente de canciones originales), le declara abiertamente a una mujer (cosa rara en él, tan propenso en el pasado a abordar la sexualidad con sutil ambigüedad) que desea “enterrar entre tus senos mi cabeza”.

Nos enrocamos. Abro espacio para sacar la dama. Bob Dylan protege escaques del centro con los alfiles. A primera vista, se está defendiendo. Es un engaño. Modestos peones son sus piezas más adelantadas y sin embargo, detrás de una compacta construcción protectora, todo es acecho, provocación y amenaza. Los caballos tienen espacio y apoyo para realizar brincos atrevidos. El alfil de su derecha le propone a la reina cruzar el tablero con destrucción a través de las negras. Es violencia que surge de reflexión profunda. Dura y cruel; implacable y fría. La violencia forma parte de su alma. Nació siete meses antes de que Estados Unidos entrara a la Segunda Guerra Mundial. Creció entre la Guerra Fría y la Cortina de Hierro. Sus maestros le enseñaron a odiar (“nos decían que los comunistas estaban en todas partes, y con sed de sangre”).

Avanzo ambos caballos. Bob Dylan se deja atacar; incluso lo promueve. Parece decir: “ven, te tengo miedo; adelanta piezas”. Aunque no logro verla, sé que ya ha trazado una tela de araña. Y de pronto he caído en la trampa. Mis armas de vanguardia han quedado atrapadas. Ya no hay manera de regresarlas a casa. Tengo que comer: caballo por alfil y caballo por caballo. Me ha ganado los escaques del centro; mi formación perdió equilibrio y se tambalea. La de él es sólida y ordenada. Una solidez fantasmagórica de lóbrego orden. Esta arquitectura ajedrecística misteriosa y llena de peligros resulta tan parecida a ese pueblo que describe en su nueva canción “Scarlet Town” (de Tempest), sobre una ciudad donde hay hiedra, espinas de plata, calles de nombre impronunciable, mendigos, una mujer con piernas hermosas y formas humanas que parecen haber sido glorificadas.

Bob Dylan intercambia damas. Lo quiso evitar durante tres turnos. Insistí hasta provocar que fuese inevitable. Ahora intenta un ataque desesperado que resulta inofensivo sin su reina. Intercambiamos torres y ya no hay nada por hacer. Lleva un bigote diminuto impecablemente recortado. Ni una sonrisa suya en todo el partido. “¿Empate?”, pregunto. Bob Dylan asiente y comienza a calzarse las botas.