La virtud del resentimiento

"Yo lo admiraba desde que leí los cuentos de El cobrador, en aquella edición de Bruguera que pronto se desencuadernaba, un libro que me marcó para siempre".
El brasileño Rubem Fonseca.
El brasileño Rubem Fonseca.

Ciudad de México

Fue en mayo de 2012, porque Rubem Fonseca cumplía setenta y siete años.

Lo recuerdo con claridad. También recuerdo el ambiente de espera del agasajado en ese lujoso apartamento frente a la playa de Botafogo, desde cuyo balcón se tenía la impresión de que el Pan de Azúcar y los otros morros de la bahía estaban al alcance de la mano. Éramos pocos: sus tres hijos con sus respectivas parejas, una media docena de sus amigos y un par de infiltrados, entre los que yo me contaba. Dicen que la impresión que causa un hombre no es lo importante, sino lo que se esconde detrás de esa impresión. Vaya uno a saber. Pero Fonseca entró como cualquier parroquiano, en jeans y camiseta, bajo su cachucha de beisbolista, sin ínfulas, como uno de sus personajes, me gustaría decir, pero no llevaba cuchillos y ya no fumaba puros. Yo lo admiraba desde que leí los cuentos de El cobrador, en aquella edición de Bruguera que pronto se desencuadernaba, un libro que me marcó para siempre, y mi admiración creció a medida que fui leyendo sus demás libros. Por eso esa tarde, en esa íntima celebración de su cumpleaños, temí que se me cayera, porque no es bueno conocer a los escritores que uno admira: casi siempre en persona decepcionan, el hedor del ego es más fuerte que la obra. Pero no sucedió así con Fonseca. Y cada vez que vuelvo a sus libros agradezco que el recuerdo del autor no se me interponga. Y cada vez que me harto de leer las flojedades que ahora tanto se publican, regreso a El cobrador, al resentimiento profundo que solo descubrí dentro de mí mismo cuando leí ese cuento. Porque, ¿qué es la literatura que algunos escribimos, si no un ajuste de cuentas, la labor despiadada de un cobrador?